Algunas reseñas hacen especial ilusión. Es el caso de esta inesperada colección de textos titulada Hambre que nos trae la insigne Anagrama. Porque me brinda la oportunidad, finalmente, de hablar del gran John Fante en la sección. Dieciocho escritos rescatados del olvido —diecisiete fueron publicados en revistas ya desaparecidas y no se habían reeditado—, donde nos reencontramos con viejos y queridos conocidos. Así como la prosa maestra, vehemente, entusiasta, abierta en canal y corrosiva del escritor de Denver, Colorado, pero por siempre ligado a sus raíces italianas y la ensoñación de Los Ángeles. 

Hijo de emigrantes muy pobres, John Fante (1909-1983) combinó su vida literaria con la de guionista —a su pesar— en Hollywood. Sólo logró el reconocimiento de crítica y lectores de forma póstuma, sobre todo gracias al entusiasmo de Charles Bukowski, clave en su redescubrimiento. Anagrama atesora su obra en castellano, siete novelas de las que resultan imperdibles el cuarteto protagonizado por Arturo Bandini, Camino de Los Ángeles, Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo y Sueños de Bunker Hill —haceros con el volumen compilatorio—, y los libros de relatos El vino de la juventud y Al oeste de Roma —inolvidable «Mi perro Idiota»—. Además, John fue el padre de Dan Fante, otro escritorazo borbotónico, más visceral si cabe, cuya obra —corred a por Chump Change y Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia, memorias repletas de relación paterno-filial— ha publicado mi querida Sajalín

La génesis de Hambre tiene lugar en 1994, cuando Stephen Cooper, biógrafo de Fante y editor del libro, accedió a una habitación secreta del autor donde se hallaban manuscritos, borradores, revistas antiguas y otros papeles. Entre ellos, el material que configura este volumen. Fechados entre 1932 y 1959, el lector tiene entre manos un suculento «cajón de sastre» del escritor en su período más prolífico, tenuemente ordenado por la edad de «sus Bandinis» —no siempre—. Hay múltiples cuentos «al uso». También capítulos de novelas inacabadas y un prólogo para Pregúntale al polvo. Un muestrario completo de un autor pionero, que abrió camino tanto a los «realistas sucios» como a los Beats. Y asimismo, entronca con la tradición satírica de titanes de la forma breve como O. Henry o Mark Twain

Como sucede en este tipo de volúmenes recopilatorios, Hambre tiene varias historias olvidables —sobre todo en el arranque—, meramente sostenidas en un personaje estimable —reconocible, además— o un giro de guión. No obstante, los titubeos pronto dan paso a las certezas marca de la casa Fante. Relatos que pasan de lo desgarrador a lo cómico en un suspiro. Abordando cuestiones familiares, especialmente italo-americanas, de clase humildísima. Tan rebosantes de pasiones —rápidamente tornándose obsesiones—, ya sean la escritura o los amores desesperados y volubles, como de locos beodos, patéticos, hermosos y malditos. En fin, el sueño americano revelándose en su cruel y mordaz mascarada.  

Comencemos, pues, a destacar —a mi juicio— lo más granado del lote. Respecto al Bandini pequeño, sobresale la tripleta formada por «Póngalo en la cuenta», «El delincuente», y «Una mala mujer», demoledoras disecciones de la famiglia en las que John Fante demuestra no sólo su pegada, sino su superlativa habilidad para aunar humor, desoladora tristeza y punzante realismo en apenas un puñado de páginas. Y ya con nuestro héroe crecidito —aunque no siempre es nombrado, el trasunto a su creación más célebre es constante—, no hay que perderse el estilizado «El caso del escritor obsesionado», un antecesor de Raymond Carver jugando con fantasmas y la pura imaginación. 

Hay mucho más en Hambre. Por ejemplo, tenemos la dupla filipina, «Viaje en autobús» y, singularmente, el estupendo «Mary Osaka, te quiero». Dos bocetos para una novela inconclusa en los que John Fante ahonda en la temática migratoria desde una premisa menos doméstica y costumbrista que su característica mirada «a la italiana», atisbando comentario social, racial y político. O el ya mencionado prólogo para Pregúntale al polvo, cuya magnética prosa, casi poética, mana en todo su esplendor y le da un vuelco de 360 grados a la novela, pasando ahora de la farsa a la tragedia. 

Me he dejado mis predilectos, dos verdaderas joyas, para el final. Me refiero a «El sueño de mamá» y «Los pecados de la madre». Excelsas sublimaciones de la quintaesencia Fante, en el primero, de sencillísimo planteamiento, asistimos a un drama nacido del absurdo y que, cuál bumerán, regresará al mismo lugar. Y en el segundo, de nuevo, una estampa y situación próxima a la de «Una mala mujer», Fante retrata como nadie un hogar, un matriarcado, y un matrimonio —inmensas creaciones Donna y Giovanni Martino—, ahogado por deudas y dolores, con un desenlace que te desarma y alcanza el tuétano. 

John Fante es «un grande» —me temo— aún a descubrir. Literatura en estado puro, correosa e innegociablemente vitalista —plenamente reflejada en la traducción de Antonio-Prometeo Moya—. Y su obra breve, como la aquí reunida, puede ser una magnífica puerta de entrada a su universo. En Hambre el lector encontrará múltiples ejemplos, algunos de ellos primorosos, de ese viaje sin escalas y sin filtros, al dolor y la fractura emocional… junto a la algarabía del dislate, la socarronería y la empatía. Los elementos que hacen de su obra algo único. Hambre canina por la vida…