Una buena razón para volver a los cines es Godzilla vs. Kong. Si los meses de pandemia nos han permitido una saludable dosis de cine independiente, de autor, documental y español, la cartelera llevaba meses huérfana de un buen blockbuster con el que engordar nuestro michelín cinéfago. La película es de esas que pide a gritos una pantalla lo más grande posible: nada de quedarse en casa. Estos monstruos necesitan espacio para ser verdaderamente gigantes. Godzilla vs. Kong es aparatosa, muy ruidosa y estúpidamente divertida. Porque King Kong (1933) es un clásico del cine indiscutible, pero su premisa, hay que aceptarlo, es absolutamente delirante e incompatible con el realismo. Adam Wingard entiende esto perfectamente y fabrica la película más divertida del Monsterverso y eso lo consigue a pesar de ser una secuela simultánea de sus predecesoras inmediatas, tanto de la estupenda Kong: La isla Calavera (2017) como la fría Godzilla: Rey de los monstruos (2019).

Inteligentemente, aquí, el protagonismo recae en el simio gigante, mucho más cercano que el saurio radioactivo. Kong contagia de su sentido aventurero a la mayor parte del metraje, la más entretenida a mi parecer, con un grupo de exploradores embarcados en una aventura a lo Julio Verne que me parece lo mejor de la función. Los impresionantes efectos digitales no tienen la magia del viejo stop motion y aquí Kong no parece un monstruo salido del sueño de la razón; esta película tiene más que ver con su antecedente japonés de 1962, King Kong contra Godzilla, de Ishiro Honda, porque es igual de colorida, desenfadada y psicotrónica. Los nuevos personajes interpretados por Rebeca Hall, Alexander Skarsgard y la niña Kaylee Hottle proporcionan la dosis justa de corazón a la propuesta para evitar la frialdad de las películas anteriores de Godzilla. Esa parte -la más plomiza- la vuelven a encarnar Millie Bobby Brown, ahora emparejada con Brian Tyree Henry como el autor de un podcast conspiranoico que, por pura casualidad me temo, da en el blanco por una vez. Los personajes humanos, por esta vez, cumplen mínimamente, aunque no hacen sombra a los monstruos gigantes. Las luchas entre los titanes son brutales y las escenas imposibles de sus peleas son bastantes creativas, como la batalla sobre los portaviones o el enfrentamiento entre neones en Hong Kong. La película esconde varias sorpresas, tanto para los fans del kaiju-eiga como en el desarrollo, hasta ahora nunca visto, del simio gigante como personaje.

Ver Godzilla vs. Kong es volver a ser niño y volver a disfrutar del olor de las palomitas en una sala de cine que, más que nunca, no puede competir con el televisor de casa.