Nuestro primer Sajalín «cosecha 2016» —y Al Margen número treinta, cuantas lecturas inolvidables— se titula Glanbeigh y nos lleva de vuelta a Irlanda. Concretamente al pueblo imaginario que, bajo dicho nombre y situado en el condado de Mayo, ha sido ideado por el joven escritor Colin Barrett. Pero olvídaos inmediatamente de verdes, suntuosas praderas, acantilados de vértigo, épicos mares enfurismados, u otros parajes de ensueño. Quitaos de la cabeza castillos medievales de leyenda o folklore salpicado de elementos mágicos. No, Glanbeigh es gris, plomizo, hosco, deprimente, opresivo… y perfectamente reconocible. Una mazmorra para sus jóvenes, los desesperados protagonistas de estos siete relatos de marcado corte realista y descomunal pegada.

Glanbeigh es uno de esos raros debuts incontestables para crítica —premio Guardian al mejor debut, National Book Award en la categoría de autores menores de 35 años, Premio Internacional de relato Frank O’Connor— y lectores. Y no es de extrañar. Su primera obra es oscura y, sin embargo, transparente. Es cruda y, no obstante, singularmente poética. Es el inesperado análisis social detrás del canto, mitad fúnebre mitad sardónico, del No future de los Sex Pistols. Como bien apunta Kiko Amat en su efervescente —aunque quizás demasiado cáustico, Barrett no es Irvine Welsh— prólogo, es Owen Jones enseñando que los chavs son la clase obrera humillada por la verdadera escoria que, en este caso, ocupa Tithe an Rialtais en Merrion Street —substituir aquí por Downing Street, Moncloa, White House, etc.—. O son las cámaras de Mike Leigh y Ken Loach: duras, dignas y honestas, poniendo rostros y lugares a la derrota.

Glanbeigh se abre con «El chico de los Clancy» y su demoledor «No conoces mi pueblo, pero seguro que te suena» como lapidaria primera frase —desde ya, al panteón de mejores arranques literarios—. Barrett, dominador del arte de la palabra precisa —gran suerte la nuestra que la traducción haya recaído en una persona sabia como es Celia Filipetto—, necesita apenas una página para situar al lector en este «ninguna parte, cualquier lugar sin esperanza». Es un relato de barrar de bar —la banda sonora correría a cargo de los Pogues y los Dropkick Murphys, por supuesto— en el que Jimmy, nuestro protagonista y narrador de viveza deslumbrante, nos relata su propia historia… lo que es, lo que pudo ser, lo que no será y, con ayuda de su «jodido» amigo Tug —marcado por otro tipo de daño—, acomete una absurda, patética, violenta última tentativa, también una suerte de fútil venganza contra su situación. La potencia simbólica de ese puente en ruinas que nuestra pareja de jóvenes maltrechos aún confía en cruzar es sencillamente magistral. ¿Qué tierra firme les aguarda al otro lado? Menudo comienzo.

En la siguiente historia, «Carnada», Barrett desvía el protagonismo narrativo al tipo inofensivo, al «aguantavelas», para contarnos toda la aspereza e intrascendencia de una noche de fiesta en el pueblo, aparentemente otra más. Hay chicas mortalmente aburridas, sabedoras de su poder. Hay matones de poca monta y el amigo enamorado jugando a ser el «gallo del corral» en una partida de billar. Cafres, tarugos y… una sorpresa final. Más enjundia contiene «La luna», una colisión en forma de fugaz relación entre el portero de un bar y club nocturno y la hija del jefe. Quienes están de paso y quienes están condenados a quedarse —«alguien tiene que quedarse aquí de guardia», otra frase inmejorable para encapsular mil y un motivos—. Distancias siderales. Arañazos físicos y SMS infructuosos. La «misma mierda de siempre».

En el ecuador de Glanbeigh nos topamos con «En su propio pellejo», una de las joyas de esta breve colección de relatos gracias al personaje de Eamonn «Bat» Battigan, relegado a su miserable existencia de aislamiento, penosas resacas y trabajo de mierda, en parte provocada por un incidente brutal y atroz, pero principalmente autoimpuesta. Como en «La luna», Barrett hace chocar al protagonista con una generación más joven e inquieta, solo de paso en ese rincón olvidado del mundo. Pero aquí, en esa fiesta —de nuevo el bar— a la que nunca debió asistir, el dolor de este cobarde y vencido ser humano se revelará tan palpable como aterrador. —«Sigo vivo»— le espeta a su madre antes de volver a encerrarse en sus aposentos. Y en la página 102, con el autor haciendo gravitar el foco hacia la madre, se nos ofrece la terrible revelación. Un golpe sordo, definitivo y, sin embargo, profundamente humano.

Y luego llega «Tranquilo entre caballos», la absoluta obra maestra del libro, una pequeña novela —casi noventa páginas— que, por favor, alguien debería hacer caer en las manos del director de cine James Gray. Muestra la lamentable espiral de violencia generada por las servitudes: al clan familiar y su trasnochada idea del honor, al modo de vida despreciable y criminal, a un microcosmos ridículamente pequeño y cerrado. Barrett desgrana ante nosotros el particular viaje al infierno, con asideros hacia otros escenarios ilusionantes que sabemos imposibles de antemano, del personaje de Arm, una creación colosal. Un hampón de cuarta, el esbirro responsable de los escarmientos del camello del pueblo Dympna, pero también padre separado de la madre de su hijo autista. Toda esa carga en las espaldas de alguien con veinticuatro años. No hay efectismos, no hay condescendencia. Únicamente la disección clínica de seres humanos tan perdidos que están fuera de control. Extraordinario.

Tras semejante hazaña literaria, Glanbeigh nos da un pequeño respiro con «Diamantes», una historia menor construida gracias a la fuerza de un personaje en constante tránsito hacia ninguna parte, un reverso de los protagonistas anteriores, anclados dentro de los límites de este no-lugar. Aquí cazamos al anti-héroe huyendo de cualquier clase de ataduras, responsabilidades y vínculos emocionales. En definitiva, huyendo de sí mismo. Algo imposible.

A Barrett aún le queda una bala en la recámara. Una en la que recupera su portentoso pulso y que, bajo el título de «Les ruego que se olviden de mi existencia», nos sitúa en un contexto tan irlandés —tan católico sería más apropiado— como la Guiness bien negra: un entierro. O la antesala del mismo, una taberna donde dos amigos con la fallecida en común se arman de valor/alcohol para afrontar el cierre definitivo de ese episodio del pasado, entablando conversación con el camarero de origen serbio y su propia historia. Impregnada de un lirismo elegíaco, Barrett consigue que al cerrar Glanbeigh el lector tenga la extraña sensación de que sus hombres y mujeres, sus fracasos y sus miserias, trasciendan el papel y permanezcan en nuestra imaginación por largo tiempo. Son relatos con alma. Por si no ha quedado claro, formidable debut. Formidable escritor.