El director francés Pascual Laugier parece tener mucho que decir en Ghostland, y se nota. Su nuevo film es barroco -estética y argumentalmente- pero también intenso. Contiene ideas suficientes para varios films, eso sí, todos de terror. La historia propone a tres personajes principales, una madre y sus dos hijas, que se mudan a vivir en una casa, algo aislada, que, en palabras de ellas mismas, parece decorada por Rob Zombie. Efectivamente, la vivienda en cuestión está repleta de antigüedades, de inquietantes muñecas que harían las delicias de James Wan, de espejos, y armarios con fondos secretos. Una casa en la que se escucha constantemente un viejo tocadiscos. Otro dato importante, es que la protagonista, Beth (Crystal Reed), quiere ser escritora y tiene como modelo nada menos que a H.P. Lovecraft.

A partir de esta premisa, Laugier recorre con soltura varios subgéneros y registros del terror. Es verdad que no propone nada nuevo, pero también es cierto que cuenta su historia con una entrega total. Y no da descanso al espectador: en la película encontramos la amenaza del slasher, la brutalidad del home invasion, incluso coquetea con la inquietud sobrenatural de las casas encantadas y las posesiones diabólicas. Pero sobre todo juega con el terror psicológico y, en algún momento, este film llega a ser sofisticado y sugerente, como casas de muñecas dentro de casas de muñecas. Ghostland es capaz de recordar a ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) para luego suponer el regreso del director al torture porn de Martyrs (2008), que le hiciera famoso. A Laugier la brutalidad se le da bien, los golpes de sus villanos -que parecen salidos de la versión francesa de La matanza de Texas (1974)- realmente duelen.

Giro tras giro, Ghostland sorprende, es rabiosamente entretenida, está repleta de sobresaltos y contiene una suculenta ración de gore. En el Festival Nocturna Madrid se ha llevado los premios a la mejor película y al mejor director.