Virtuosismo guitarrero

La vez anterior que pudimos ver a Gary Clark Jr. fue en el MadCool de 2017, cuando aún no había publicado su último trabajo (‘This Land’, 2019) y a una hora con demasiada luz ambiente. El pasado lunes en La Riviera, cinco años más tarde, ofreció al público madrileño un concierto en el que demostró su cada día más evidente virtuosismo como guitarrista y, por otra parte, su cuestionable eclecticismo musical. Demasiados estilos en un repertorio corto de canciones (pero largo de duración) y, en algunas ocasiones, con un sonido algo “mainstream” que lo acerca más a Lenny Kravitz que a Prince.

Con casi media hora de retraso, Gary Clark Jr. salió al escenario de La Riviera acompañado por otros cuatro músicos (teclado, batería, bajo y guitarra) y comenzó la noche con “Feed The Babies”, tema de su tercer y último álbum. Desde los primeros minutos se adivinaba por dónde iban a ir los tiros: temas alargados a base de solos de guitarra y mucho falsete, especialmente en los medios tiempos. Y no puede haber queja, ya que tanto los solos de guitarra como su voz fueron de lo mejor de la velada. El problema fue que, como en otras ocasiones, el sonido de la sala dejaba un poco que desear y, además, entre canción y canción se podía oír un molesto zumbido por los altavoces que estuvo presente durante toda la actuación.

Sonaron principalmente temas de ‘This Land’, prácticamente sin descanso entre uno y otro (se dirigió al público tan sólo en un par de ocasiones y las únicas paradas entre canción y canción fueron para cambiar de guitarra, porque el sombrero no se lo quitó en ningún momento). Las influencias de Hendrix, Curtis Mayfield o Prince eran obvias y bienvenidas, y el sonido pareció mejorar hacia la mitad del concierto, cuando interpretó “Our Love”. Algunos medios tiempos, como “You Saved Me”, del álbum ‘Blak And Blu’, se hicieron pesados (daba la sensación de estar escuchando a Peabo Bryson haciéndose pasar por Lenny Kravitz); pero entonces llegó “Gotta Get Into Something”, que es puro rock and roll de estadio, y el público revivió.

Fue una noche entretenida, con altibajos, pero con un balance más que positivo. Seguro que disfrutaron mucho más los de las primeras filas, porque verle tocar la Gibson es un lujo, pero en general el público se lo pasó en grande. En resumen: virtuosismo a la guitarra, buena voz y un falsete muy bonito y, para el que firma esta crónica, un sonido un poco “mainstream”.

Fotos: Adolfo Añino