El ajedrez está de moda. El confinamiento y la miniserie de Netflix Gambito de dama han logrado que este deporte mental con mucho de ciencia y algo de arte se convierta en un fenomeno. Pero, como suele ocurrir, el origen de este exitoso producto audiovisual, el más visto hasta la fecha en la historia de la plataforma —más de 60 millones de usuarios al mes de su estreno, el 23 de octubre de 2020, top 10 en 92 países, número 1 en 63—, es un libro. Lo escribió Walter Tevis en 1983 y Alfaguara, bien atento a «la jugada», lo acaba de publicar.

Nacido en San Francisco en 1928 y fallecido en Nueva York en 1984, Walter Stone Tevis fue profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Ohio, además de autor de una antología de relatos y seis novelas. Entre ellas, se incluyen tres popularizadas por sus adaptaciones a la gran pantalla. La magistral El buscavidas; su notable secuela, El color del dinero; y El hombre que cayó en la Tierra, con David Bowie como profético extraterrestre —Contra nos la trajo en 2016 y servidor la reseñó aquí—. A la que se le añade este inesperado «bombazo» de la serie Gambito de dama, dirigida por Scott Frank cuando, hasta ahora, era una obra de culto —con abundantes elementos autobiográficos— para ajedrecistas. 

Un estatus que tiene toda la lógica, ya que Gambito de dama tiene muchísimo ajedrez en sus trescientas páginas. De hecho, las partidas, auténticos duelos sin tregua —pese a la posibilidad de aplazamientos o tablas—, son uno de los ejes principales del relato, así como uno de los motores de la vibrante narración. Sin embargo, la primera sorpresa es que eso no es óbice para que, incluso para quienes apenas sabemos cómo se mueven las piezas, no disfrutemos la novela. Resulta demasiado absorbente para que su goce quede reservado exclusivamente a los connoiseurs

En mi opinión, Walter Tevis logra atrapar al lector yendo «al ataque» desde el principio. Y es que Gambito de dama posee un ritmo endiablado. Es todo músculo literario, armado mediante una prosa directa al tuétano —la traducción de Rafael Marín no pierde comba—, y una estructura clásica de «viaje del héroe» en emocionante crescendo. Y, por supuesto, tiene a una protagonista absolutamente magnética, Beth Harmon —parece que estupendamente trasladada a la pantalla por la actriz Anya Taylor-Joy, asesorada nada menos que por el mítico Garry Kaspárov—. Una joven genio del tablero cuyos problemas digamos sociabilidad y de adicción —tranquilizantes, alcoholismo, elementos en común con el propio autor— son tan colosales como su talento e intuición en la competición.  

Así, en Gambito de dama seguimos el periplo de Harmon durante los 50 y 60, desde su desdichada infancia en Kentucky, marcada por su paso por el orfanato, al singular estrellato —y  servitudes— del «juego de reyes». Traumatizada por la muerte de sus padres, en las desoladoras paredes del Hogar Methuen de Mount Sterling, desarrollará su carácter hermético, frágil, presa fácil de los barbitúricos que se suministraban a los niños en esa época para fomentar su «docilidad». Pero también descubrirá el ajedrez —a través de la figura del improbable aunque imprescindible maestro, que aquí recae en el bedel Shaibel— y, con éste, su válvula de escape y el azote de su obsesiva competitividad.

La novela gravita entre dos líneas narrativas, indisociables la una de la otra. Por un lado, está su imparable, no obstante tortuosa y sacrificada carrera ajedrecística —con el nada baladí «añadido» de ser mujer—, que la llevará a enfrentarse a los mejores en torneos nacionales e internacionales, con épico periplo final en Moscú, luchando contra el imbatible Borgov, entre otros campeones soviéticos de leyenda —la Guerra Fría con torres y alfiles en vez de armamento nuclear—. Por el otro, tenemos su flirteo constante con el abismo, un quebradizo devenir en el que el solitario «bicho raro» sucumbe a sus demonios, angustias, deseos de compañía y… ¿algo parecido al afecto? 

Si habéis leído este tipo de libros, o su equivalente visual, en los que la heroina lidia con su excepcional don y la cruz que asimismo carga —un gran poder conlleva una gran responsabilidad—, va superando pruebas cada vez más complejas, cae pero renace de sus cenizas, y así hasta la batalla decisiva, quizás podéis tener la sensación de que no hay demasiado espacio para la sorpresa. Además, diría que Tevis se desdice de la subtrama politoxicómana, que no acaba siendo tan relevante como el relato parecía indicar, o queda en un segundo plano que simplemente apoya el desarrollo de la novela, eso sí, siempre sugestivo y poderosamente vivo. 

En cualquier caso, ambas se antojan menudencias frente a una lectura trepidante, que consigue que algo en apariencia tan estático como el ajedrez se disfrute como un thriller psicológico de inusitada ferocidad, combinada con un seductor halo de misterio y fascinación a través de un memorable personaje central. Un mundo soterrado, cerebral, especulativo, que en Gambito de dama se muestra pasional, algo oscuro e irresistible. Una inapelable victoria por rendición.