Estrenamos el nuevo año con nuestros admirados y queridos amigos de Sajalín. Y lo hacemos volviendo al Sur de los Estados, ese lugar mítico, duro, oscuro y, con mucha frecuencia, desolador, para darle una nueva “vuelta de tuerca”. De la mano maestra de Charles Willeford, más conocido como autor de hardboiled y el creador de la serie de novelas negras del detective Hoke Moseley —aunque en España poco tenemos que rascar de su obra, a excepción de Miami Blues— vamos a sumergirnos en un submundo muy particular. El de las aberrantes, deleznables, peleas de gallos.

Gallo de pelea, llevada al cine en 1974 por Monte Hellman —producida por Roger Corman— y cuyo guión adaptó el propio Willeford para la gran pantalla, se sale completamente del patrón del género policíaco que llevaría a la fama —tardía, eso sí— al autor de Little Rock, Arkansas. Estamos ante una novela que sería plenamente del gusto Hollywoodiense con el relato de un protagonista, Frank Mansfield, al que vemos caer para levantarse y ¿triunfar?. Una historia de superación en toda regla… sino fuera —nótese la ironía, parte uno— porque el héroe es un mal bicho, lo que hace para ganarse la vida lamentable y sus actos dejan bastante que desear. Un gallero caído en desgracia debido a sus malas decisiones y ambición cegadora, pero dispuesto a todo con tal de lograr ser coronado como el Gallero del año de la Conferencia Sur. Ah, sí otro detalle nimio —nótese la ironía, parte dos—. Mansfield ha decidido hacer voto de silencio hasta que se salga con la suya.

Y es precisamente la creación de ese mudo personaje central, simple y obstinado en su objetivo, machista trasnochado —uno puede imaginárselo perfectamente escribiendo en el ABC o La Razón hoy en día— y, sin embargo, complejo y apasionante para el lector, lo que sobresale de la novela. A través de Frank Mansfield entramos en un universo paralelo cerrado que, afortunadamente, hoy está superado —verdad, ¿verdad? ¿quién ha dicho tauromaquia?—. Un microcosmos atávico, brutal, mezquino, apegado a sus absurdas ceremonias y rituales, sumido en la semi-clandestinidad, con sus propias normas y código de honor. Gracias a Willeford somos testigos, observadores privilegiados, de una cultura felizmente en vías de extinción. No puedo dejar de pensar en Gallo de pelea como el primo hermano, sureño y polvoriento, de Vidas rebeldes de Arthur Miller. Seguramente menos brillante en su prosa, pero a cambio más contundente y con más sentido del humor que la célebre obra —también reseñada en Indienauta— del dramaturgo norteamericano. Ambos retratan el ocaso de una determinada forma de vida, aún reverenciada en ciertos estados sureños en los años sesenta que describe la novela y que siempre parecen ajenos al inexorable paso del tiempo, o al menos siguen rigiéndose por su propio ritmo. Pero cuyos días de gloria hace tiempo que pasaron ya. Es evidente que el final se aproxima.

La novela obliga al lector a imbuirse a fondo en los aspectos técnicos de la gallística —la traducción de Güido Sender merece una mención destacada, trabajazo—. Y, ciertamente, también sufre de algún vaivén en su trama, principalmente la abrupta resolución de sus problemas familiares, creados por él mismo para resolver su acuciante situación económica, principal obstáculo/oportunidad para armarse con nuevos gallos a los que entrenar y con los que presentarse a los torneos del circuito, así como el de sus asuntos sentimentales, donde sale a relucir ese papel, bastante penoso y obsoleto, de los personajes femeninos. Pese a ello, Gallo de pelea se devora con fruición, gracias al nervio narrativo de Willeford y, sobre todo, a su habilidad para hacer de la incomunicación forzosa y autoimpuesta de Mansfield un recurso valiosísimo y sorprendente, que tiene al lector enganchado, esperando el siguiente momento en el que el singular gallero va a tener que morderse la lengua e interactuar a base de gestos y miradas, mientras nos hace partícipes exclusivos de lo que pasa por su obsesiva cabeza, siempre en ebullición.

Como consecuencia, las páginas fluyen a un ritmo vertiginoso y uno se ve abducido por esa sucesión de apuestas, entrenamientos compulsivos y riñas en ciudades como Biloxi, Ocala o Milledgeville —el hogar de Flannery O’Connor, poca broma—. La violencia y la repulsión ante las acciones de Mansfield y compañía siguen bien presentes. Pero la trama te arrastra sin remisión. Y es que no se trata de intentar entender las motivaciones de este Ulises —por cierto, otro cabronazo pendenciero— en versión sureña. Sino de dejarse llevar a través de este legendario y extinto Sur, como si presenciáramos un documental sobre una época olvidada, desconocida y algo espeluznante, de los Estados Unidos, guiados por una poderosísima, única voz.

Dos contra uno a que os encanta Gallo de pelea. No, tres a uno. ¡Diablos! Cuatro a uno. No podría estar más seguro de algo…