Ya está aquí el “primer Contra” de 2016, y proviene… del mismísimo averno. El infierno de la historia de Jerry Lee Lewis, una de esas leyendas antediluvianas, pioneras, del rock and roll, convertida en una obra que no tiene comparación dentro del subgénero de las biografías musicales. Corrijo, lo que ha conseguido el periodista y escritor Nick Tosches va mucho más allá de la biografía musical, apenas su coartada. Fuego eterno es pura literatura, con mayúsculas. Sumergida en azufre y mirando cara a cara, lidiando sin atisbo de duda con los mitos. De nuevo, el sur profundo de los Estados Unidos nos aguarda. The Killer nos reclama.

Ferriday, Louisiana. Gentes temerosas y fervorosas de Dios. Pero también de la música. El pequeño Jerry Lee, junto a sus primos, rápidamente se descubre como un precozmente talentoso pianista. Pero a diferencia —¿el reverso malvado?— de su beatífico y malogrado hermano Elmo, al que nunca llegó a conocer, nuestro indómito protagonista no canta las preceptivas alabanzas del Señor, sino las “canciones del diablo”, transformando los himnos pentecostales —la familia Lewis formó parte de la Asamblea de Dios— en boogies y blues lascivos, propios de los clubs nocturnos a los que se escapaba siendo apenas un adolescente. My God is Real… pero las “poseídas” manos de Lewis no tocan para el mismo Dios.

Publicada originalmente en 1982 y saludada como la mejor biografía del rock jamás escrita por luminarias como Greil Marcus y medios como Rolling Stone, The Guardian, Village Voice —larguísimo etcétera—, la obra de Tosches posee una fuerza inusitada, que aturde y prende en el lector inmediatamente. Concisa —apenas 250 páginas—, el relato adquiere una velocidad de vértigo donde, sin embargo, hay espacio para una lírica arrebatada, peculiar y espasmódica, igual que la del célebre músico aporreando el piano como si no hubiera mañana. Como surgido de la pluma de Flannery O’Connor, Harry Crews o William Faulkner —las manos del amor son también las que pueden destruir— el relato de Tosches hilvana de forma natural los datos con la magia literaria que tienen los mitos, fabulando sobre ese breve impasse en el tiempo en el que el rock desafió a la sociedad norteamericana, puritana y mojigata, para sacudir sus cimientos, mientras enterraban géneros puramente “blancos” como las big bands, las baladas y el swing. Y Jerry Lee Lewis, junto a Elvis —otro capítulo para el recuerdo es el del encuentro de ambos, pura leyenda, en Sun Records— y varios secundarios como Johnny Cash o Carl Perkins son los Jinetes del Apocalipsis, los adalides de un mundo nuevo. Paladines con pies de barro y tremendas encrucijadas internas. Mefistóteles es un amo caprichoso y cruel al que servir…

El sexo, el alcohol, las drogas, la ira —Lewis fue capaz de acojonar al mismísimo Chuck Berry—, el envanecimiento, la arbitrariedad y fugacidad de la fama… la verdadera gran bola de fuego, imparable y devastadora. Boicoteado por su escandaloso matrimonio con su prima de 13 años —práctica habitual en su época y región, pero inaceptable para el Reino Unido y munición para los grandes medios—. Desbancado por los Beatles —maravillosa, sutil exposición de la estrella caída en desgracia, frustrada e incapaz de entender a los “hombres con peinados de mujer”, los referentes de la nueva, siguiente revolución— atacado por su primo metido a popular predicador —y músico— televisivo. Fustigado por su deseo de “volver al redil”, sumido en una permanente crisis espiritual, pero adicto al éxito y a los excesos. Y sabiendo que no se puede servir a dos amos. No a esos dos, al menos.

La espiral de salvaje autodestrucción, caos y olvido es, no podía ser de otra forma, antológica. Matrimonios absurdos, lógicamente fracasados. Una pléyade de denuncias y cuestiones legales acuciándole. Ingentes problemas fiscales e ingresos menguantes. Piromanía verbal y física. El desastre es anunciado e inminente… Pero ahí sigue Jerry Lee Lewis, vivito y coleando con ochenta años, incluso parece que finalmente en paz con sus espíritus y acreedores, reinventándose como intérprete de éxito country. Para su último disco, con el inequívoco y socarronamente significativo título Mean old man, publicado en 2010, contó con la participación de estrellas de toda índole rockera —de Sheryl Crow a Kid Rock, de Jon Brion a uno de esos malditos melenudos que denostaba entonces, Mick Jagger—. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, dice el refrán. Bendito demonio The Killer. Bendita lectura este Fuego eterno. Perdérsela debería ser considerado pecado mortal. Avisados estáis.