Pese a que una gira de grandes éxitos, promocionando su recopilatorio Hits to the head, probablemente suena a ejercicio nostálgico o señal inequívoca de época de impasse, la visita de Franz Ferdinand al Sant Jordi Club tenía bastante de fecha marcada en el calendario. Ocho años de ausencia en Barcelona son demasiados. Y, además, algo de reivindicativo, a contracorriente de los tiempos. Porque a los escoceses les debemos algunos de los pildorazos post-punk y estribillos más gloriosos y pegadizos de este aún joven milenio. 

Aunque antes del plato fuerte… ¿teloneros? No estaban anunciados, así que la aparición de los Medicine Cabinet cogió por sorpresa al público, que no llenaba ni un tercio del aforo a esas vespertinas horas —apenas las 20:00—. Atiborrada mezcolanza de estilos —a uno le vienen a cabeza bandas tipo Sunflower Bean, Joanna Gruesome, Evans the Death, pero con un lado post-punk oscuro, incluso ramalazos metaleros—, el indie-pop musculado de los de Glasgow tuvo momentos, sobre todo gracias a la convicción de su frontwoman Anna Acquroff, pero igualmente una evidente sensación de indefinición. En cualquier caso, «a caballo regalado»…    

Ahora sí, tocaba el reencuentro con los archiduques británicos. No se hicieron mucho de rogar —quince minutillos sobre el horario previsto, ya con el recinto lleno— y arrancaron briosos con «The Dark of the Matinée», seguidas de las vacilonas «No You Girls» —chulísimo ese bajo— y «Curious», primera vez que la versión en directo, a mi juicio, superaría a la del estudio en el Sant Jordi Club. Y, por un rato, todos los «viejunos» volvimos a inicios de los 2000, cuando los indies podíamos bailar sin necesidad de conjugar verbos caninos. A lomos de guitarras frenéticas, ritmos angulares y un Alex Kapranos pletórico, saltimbanqui y divo… 

Franz Ferdinand, en formación. Foto: Raül Jiménez.

Tras un inicio perfectamente orquestado para meterse al auditorio en el bolsillo, llegó el turno a la magnífica —de las preferidas de un servidor— «Walk Away», tocada con tanto arrebato que hubo cuerdas rotas y heridas dactilares. Le siguieron la jovial, irremediablemente contagiosa, «Right Action», y la bastante más olvidable «Evil Eye», inmediatamente compensada con el primer gran hit de la noche. Una «Do You Want To» que permitió a los escoceses certificar que el público estaba muy por la labor —Kapranos lo repetiría varias veces— y ellos dispuestos a corresponder dicho entusiasmo demostrando tanto su potencia como sus notables dotes escénicas —la velada estuvo repleta de teatreras y exultantes «coreografías»—. 

A continuación, el concierto entró en una fase digamos algo más arriesgada, con un trío de canciones en principio bastante menos memorables, caso de «Stand on the Horizon», «Always Ascending» y «Love Illumination». Sin embargo, especialmente en el caso de las dos últimas —siempre en opinión de quien escribe—, el tratamiento rockero les sentó maravillosamente, comiéndose a sus versiones de estudio con un lenguaje más directo y una irrefrenable urgencia guitarrera. Y para rematar el bloque, otro feliz viaje a épocas pretéritas, con la también imparable acometida de la fundacional «Darts of Pleasure». 

No había pasado ni una hora y Franz Ferdinand ya había despachado una docena de temas, dando la impresión que: a) la banda es una maquinaria perfectamente engrasada, b) su frontman, más carismático de lo que un festival permite vislumbrar, está en mucha mejor forma de lo que su carnet de identidad sugiere, y c) sus conciertos no dan tregua. Parecía que un pequeño interludio iba a producirse con la discreta «Lucid Dreams». Pero claro, entonces llegó «Take Me Out», y tanto el grupo como el Sant Jordi Club se entregó a celebrar la ocasión como se merecía. Tras la apoteosis, otras dos buenas elecciones, «Ulysses» y «Outsiders», cerrada con todos los miembros de la banda enfrascados en tareas de percusión.  

Tras una brevísima retirada, Franz Ferdinand inició los bises con el nuevo single que ¿justifica? Hits to the head, la festiva «Billy Goodbye», que mostró no andar a la zaga del elevado nivel medio de la antología. No obstante, palidece con —de nuevo opinión personal— otra de las joyas de la corona de los aristócratas del post-punk bailable. Me refiero a «Michael», exigente obús speedico y única ocasión de la noche en la que el grupo enseñó cierto —y lógico— cansancio. No hubo tiempo de lamentarse, porque quedaba la arrolladora «This Fire», con Kapranos ejerciendo de maestro de ceremonias, estirando el tema y apelando a la participación del solícito público. Y, con ella, de forma algo abrupta, el fin. 

Cierto. Puede que nos dejasen con un regustillo final pelín amargo debido a su duración —sabemos que sus canciones son breves, pero no alcanzar ni hora y media de show se antoja escaso—. Sin embargo, quedamos completamente encantados con la intensidad, la pegada, el notable buen sonido durante toda la jornada… Y, simplemente, lo divertido que resulta ir a un concierto de Franz Ferdinand, también en 2022. «When it comes to recollecting / Don’t forget the best bits»…   

Franz Ferdinand. Foto: Raül Jiménez.