La mina inagotable de lecturas imprescindibles que alberga Neo-Sounds, la colección musical de Neo Person, nos depara nombres colosales esta rentrée. El primero de ellos es nada menos que John Fogerty, cantante y compositor de la Creedence Clearwater Revival. El tipo detrás de una de las bandas realmente grandes que nos ha dado Estados Unidos. El responsable de, al menos, una docena de clásicos del rock que —ya lo siento, «modernitos» urban— no morirán nunca. Y el hombre que en este Fortunate Son, Mi vida, mi música, da buena cuenta de su leyenda. O, lo que es lo mismo, su cruz. 

Me quedo corto. Además, uno tiene especiales ganas en estos tiempos de revisionismo musical y subwoofers atronadores tapando la machacona cacofonía de los sonidos «de hoy». Y es que Fogerty y su Creedence son también el culpable de una banda sonora familiar —estoy seguro que no soy el único, es algo generacional—. No obstante, y a diferencia del patrón habitual, sus canciones, uno de los ejes de Fortunate Son, no sólo aguantan estoicamente el paso del tiempo. Continúan siendo una de las mejores compañeras para, por ejemplo, lanzarse a la carretera. Por tanto, decir que las expectativas con esta autobiografía eran elevadas es un eufemismo. «Come on the risin’ wind/ We’re goin’ up around the bend»…

Por eso, siendo sinceros, la impresión inicial al adentrarse en Fortunate Son resulta un poco desalentadora. La narración es algo deslavazada, a veces poco más que un batiburrillo en las que converge el músico deseoso de contar los secretos tras su eterno cancionero, junto al personaje presto a recordar anécdotas y agravios… aunque los capítulos se descuadren temporalmente sin demasiado motivo. Además, la prosa, que no la pasión, de Fogerty no destaca sobremanera —nada que achacar a la traducción de Ainhoa Segura Alcalde—. Es una pena, pero creo que la presencia de un seguro de vida como Jimmy McDonough en las labores de colaborador del libro no se nota en demasía. 

Pero no os preocupéis, con el anterior párrafo no me refiero a que Fortunate Son sea un desastre tipo autobiografía de Neil Young —aprovechando la referencia a McDonough, por favor, haceos con Shakey y dejaros de Ponos y coches—, sino a una sensación de medianía narrativa. Lo que queda en un absoluto segundo plano a medida que las memorias revelan su notable alcance y tremenda honestidad. Porque más allá de lo esperable, ese arquetipo del género que recorre infancia-inicios-estrellato-caída-renacimiento, John Fogerty se muestra aquí en toda su fragilidad. Un mito del rock marcado por el ultraje, la obsesión y la amargura, apenas superada en los últimos años. Un lado oscuro poco explorado y, sin duda, absorbente.

La Creedence en sus años de gloria.

En ese sentido, el meollo de Fortunate Son no es tanto el relato de un grupo de trayectoria meteórica, legado icónico y duración efímera —vale, descubrir a The Blue Velvets y The Golligows resuelve con solvencia la era pre-Creedence—. Sino más bien, sobre la maldición de tocar el cielo y ver que este se te niega al haber sido traicionado. David Fincher dispone aquí de un material estupendo para una de sus películas sobre la ofuscación más enfermiza y adictiva. Una situación emocionalmente tan ponzoñosa que a John Fogerty le costó dos décadas salir —nunca del todo— de ella. E interesantísima para quien lee. 

La contradicción es sangrante, a la vez que poderosísima. Mientras los números se sucedían en una época en que la CCR derrotaba a los mismísimos Beatles, Fogerty era profundamente infeliz. La falaz democracia y quebradizo status quo dentro del grupo —nadie libre de culpa—. El contrato discográfico, puramente esclavista. Las artimañas de Saul Zaentz, archivillano de la historia desde el sello Fantasy Records, «la casa que John construyó». La traición del resto de la banda, incluido su propio hermano Tom. Los interminables, dolorosamente surrealistas juicios posteriores a costa de derechos y emolumentos perdidos. La formación, ladina, de la Creedence Clearwater Revisited por el bajista Stu Cook y el batería Doug Clifford. Suficiente para trastornar a cualquiera…   

Por supuesto, sería genial conocer la versión del resto de implicados. Pero cuando alguien es capaz de denunciar a John Fogerty por plagiarse a sí mismo. O tus ex compañeros de grupo venden su voto en las decisiones que tienen que ver con la CCR no parece que haya mucho más que decir… El de El Cerrito, California, arriesga mucho al abrirse en canal, no temiendo arrastrar al lector a un marasmo de litigios, vilezas varias, sucios tejemanejes —de verdad, con que el 10% de lo contado sea cierto, a Zaentz solo le queda ser de Vox— y vulnerabilidad extrema. Decir valiente es quedarse corto…

En cualquier caso, desde el punto de vista del lector, la desnudez con la que Fogerty desgrana su bloqueo y retiro de la música resulta tan absorbente como conmovedora. Luego aparecerá Julie —incluso co-narradora, lo que quizás sea excesivo pese a su destacado papel en la historia—, su gran y fiel amor, retratada como una salvadora que haría palidecer a June Cash. Y a trompicones, lejos del prototípico héroe americano, volverá a sacar la cabeza, creará y, lo que es más importante, disfrutará de su papel de célebre músico solista mientras lidia, finalmente, con el estigma de la Creedence. En definitiva, unas memorias sorprendentes por su sinceridad, con mucho que contar… «As long as I can see the light»….