Arte culinario

El director Peter Strickland sigue fiel a su estilo en Flux Gourmet, película extrañísima cuya sola descripción argumental resulta compleja, lo más parecido a explicar un sueño que se ha tenido la noche anterior. El autor de Berberian Sound Studio (2012) plantea como base argumental un curioso encuentro entre artistas que realizan performances musicales extrayendo sonidos de alimentos o de la preparación de diferentes platos. Hay que verlo para entenderlo.

Estos artistas se reúnen en una mansión con una extraña mujer, Jan Stevens (Gwendoline Christie) como anfitriona, maestra de ceremonias, jurado y crítica. El grupo o colectivo que debe convencer con sus actuaciones está formado por tres personajes: Lamina Propria (Ariane Labed), Elle d Elle (Ariane Labed) y Billy Rubin (Asa Butterfield). Estos se comportan como una suerte de pequeña familia o quizás como un grupo de rock con relaciones complicadas por culpa del sexo, la envidia, la dependencia y la toxicidad. Hay un personaje que los observa a todos, un escritor de segunda, Stones -el griego Makis Papadimitriou– que mantiene sesiones casi de psicoanálisis con todos ellos, en los que salen a relucir sus traumas infantiles. Stones, además, sufre problemas intestinales y debe ser diagnosticado por un siniestro personaje, el doctor Glock (Richard Bremmer).

Con estos elementos, Strickland hace quizás su película más hermética. Pero ahí está también su sentido del humor y de lo extraño -las mencionadas performances de los artistas-, la estética de cine de explotación setentero con colores a lo Mario Bava, decorados y vestuarios recargados, personajes maquillados de uñas postizas entre el glam y el post-punks; y un claro fetichismo por el tabaquismo. Un universo, como siempre, fascinante, de extrañas atmósferas, escenas de orgías, humor escatológico y una escena que demuestra el artificio del cine al proponer que una cara llena de salsa roja no es muy diferente de la sangre.