Flamaradas “El rumor eterno de la autopista” (El Genio Equivocado 2020)

Creo que he tenido la suerte de comentar en Indienauta todos los trabajos de Flamaradas, -incluyendo el E.P. Flamaradas al Prat (2017) de cuya historia y contenido soy ferviente defensor-, y confieso que ya no sé qué más añadir para dejar claro que esta formación es de lo mejor que le ha pasado a la escena musical en la última década. Bueno, sí. Diré algo más: Angelitos Negros. O sea, que en este cuarto disco, Daniel Magallón y los suyos se han lanzado a reinterpretar el clásico de Machín, resaltando la crudeza de su mensaje y acentuando todo el bello dramatismo que ese temazo encierra. Escuchando un hito así, casi cabría desear que Flamaradas se lanzasen a reinterpretar a su manera lo más granado del repertorio bolerístico. 

Por suerte ni se lo han planteado, porque sus propios temas y el conjunto de influencias e intenciones que conjugan en este disco vuelven a ser imponentes. Aunque repiten con el dúo de productores Cristian Pallejà y Ferran Resines (cuya labor acumulada desde sus estudios Caballo Grande va conviniendo ya elevar a los altares de la producción de este país), y eso implica amplia paleta sonora y sonidos vívidos y cuidados, el tono general acometido esta vez parece ser más árido, comedido, pausado y dramático, casi como si hubiesen vaticinado los tiempos que se nos echaban encima (el disco no nació tras la pandemia, pero sí que sufrió sus efectos con el inevitable retraso de su fecha de salida al mercado). ¿Significa esto que el disco es menos disfrutable? Ni mucho menos, pero algunos de los folclorismos que solían adornar y dar salero al tono inevitablemente crepuscular de la voz de Magallón lucen ahora un aire más épico y un ritmo al ralentí, como es el caso de la imponente Farolillo de las vidas breves, homenaje nada velado a los grandes del rock andaluz setentero. 

El universo del extrarradio y el poder de las cosas al margen siguen teniendo un hueco predominante en el universo de Magallón, algo que queda patente desde el mismo título del disco, que hace referencia a ese ruido de fondo con el que conviven los que residen con las autopistas como eternas vecinas. La canción que le da nombre nos acerca a la vida de unos adolescentes que tejen sus sueños de futuro desde esos paisajes que Magallón lleva retratando desde aquel primerizo y encantador Pasaje entre las cañas (2015).

No hay crítica de Flamaradas, al menos de las que ha escrito servidor, sin referencia a su apropiación cañí de todo aquello que hace grande a figuras como Nick Cave o Tom Waits. A este último es a quien más se alude en esta ocasión, sobre todo en el encanto chatarrero de La Jaula (Lamento del cantante cautivo), cuya letra bien podría haber sido escrita hoy mismo en referencia al largo confinamiento que están sufriendo la mayor parte de los artistas durante esta pandemia.

Igual que pasara con La vía láctea descansa, el tema que cerraba el estupendo trabajo homónimo de Flamaradas del 2017, la senda que más posibles da para el futuro se vuelve a explorar en la última canción del disco. En este caso, hablamos de Canciones de amor, y sobre todo de su impecable estribillo de vocación cósmica y psicodélica (tan bien subrayada por el dúo productor con un efecto vocal que le sienta de maravilla a Magallón y a la canción).

Es lo grande de Flamaradas, que cuando crees que les has cogido la matrícula, te enseñan la patita de otro ramillete de opciones a explorar en próximas entregas. Y si me vuelve a tocar comentar la jugada en Indienauta, otra vez sentiré que no tengo nada más que decir, cuando en realidad nunca van a faltar palabras para describir esta hermosa historia musical que están construyendo.

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