Otro libro a rescatar de los estertores de 2022, por lo inusual y, claro, por su autor, es Filosofía de la canción moderna, primer libro del insigne Bob Dylan desde 2004 que nos trae Anagrama. Un ensayo o, si se prefiere, una colección de ensayos, que aparentemente versan sobre la naturaleza de su profesión, a través de un singularísimo análisis de 66 temas de otros tantos artistas —playlist cerrando el artículo—. Pero por los que se destilan no pocas reflexiones —añádanse puyas, también— y cavilaciones sobre la condición humana en estos «tiempos líquidos».

Vayamos por partes. Lujosamente editado, con especial esmero por parte de Anagrama —un «fuera de colección» de manual, con profusión de color, fotos y grafismos interiores—, Filosofía de la canción moderna es una obra rara. Desconcertante, incluso. Y es que, a tenor del título, la selección de Dylan es, cuanto menos, dudosa. Las canciones más actuales del listado son «Dirty Life and Times» de Warren Zevon (2003) y «Doesn’t Hurt Anymore» de John Trudell (2001). Hay más composiciones con un siglo a cuestas que de este milenio. Los años 50 ganan por rotunda goleada con casi la mitad de piezas. ¿Capricho dylaniano? ¿O «Jokerman» haciendo la primera, y tajante, declaración de intenciones?.

Porque Bob Dylan está situando al lector en los albores e inicios del rock & roll. Allí, según él, se encuentra la canción moderna y popular. La época en la que el bardo de Duluth se atreve a perfilar una suerte de canon — eso sí, sin apenas mujeres pese a la falaz cubierta, y muy americano, solo tenemos «Volare» (1958) de Domenico Modugno fuera de la tiranía anglosajona— que, a todas luces tiene que ver con su vida/carrera. Entonces, ¿estamos ante un ejercicio de pura, arbitraria nostalgia personal? La sombra planea, muy alargada, por Filosofía… Pero luego el señor Zimmerman te cincela frases como «la gente confunde la tradición con la caspa». Y claro, a ver quien le lleva la contraria… 

En realidad, estamos ante una obra que, además de lo particular respecto a Dylan, tiene mucho de reivindicativo —«Escuchamos discos viejos y los imaginamos sellados en ámbar, un retazo de nostalgia que existe para nuestras propias necesidades, sin pensar en el sudor y el trabajo, la rabia y la sangre que comportó hacerlo…»—. Ello lo entronca con su programa Theme Time Radio Hour (2006- 2015, con una resurrección el 21 de septiembre de 2020). Incluso con reparar errores del pasado —«Toda generación parece imbuida de la arrogancia de la ignorancia y opta por deshacerse de lo que hubo antes, en lugar de construir sobre el pasado»—. Vetusta modernidad, pues.

Bob Dylan en concierto, Los Angeles, 2012. Foto: Chris Pizzello / Associated Press

Superado el primer escollo, la siguiente peculiaridad es la propia estructura de Filosofía… Salvo alguna excepción inesperada, cada canción recibe una especie de triple tratamiento… de choque. Por un lado, la información digamos preceptiva. Por el otro, un análisis apasionado, ocasionalmente épico y rebosante de ingenio, de cada pieza —música y letra—, lo que transforma a Bob Dylan en el crítico musical más granado de la historia de la profesión —¿cuántos tenemos un Nobel?—. Y, entreverado en ambas, múltiples reflexiones, unos cuantos refunfuños y no pocos dardos. Ahí reside el meollo, el atractivo del volumen. 

De este modo, en Filosofía Bob Dylan ofrece una sui generis teoría musical embebida de sonidos country-folk, rhythm & blues y rock & roll pretérito. Fusionados con historias de gente «Al margen», diletantes bohemios, disolutos incurables y quiméricos camorristas —grandes las lecturas del «Viva Las Vegas» de Elvis, The Temptations, o Hank Williams—. Corazones rotos y amores imposibles —atentos a la revisión de «If You Don’t Know Me By Now» (1972) de Harold Melvin & the Blue Notes—. Desgracias por doquier, venganzas y reyertas… En fin, toda suerte de sufrimientos, «a decir verdad, lo único que nos une», según la octogenaria leyenda. Pero es que Dylan va más allá de la música. Nos comparte su visión del mundo. 

Así, en Filosofía… el lector se va a topar con el alter ego del abuelo Simpson gritándole airado al cielo. Ya sea a costa de la música actual —«Nos lo dan todo masticado. […] No hay matices, sombra, misterio»—; los venenosos abogados matrimonialistas —a costa de los acuerdos de divorcio, bastante cuñado aquí—; la supuesta gente respetable —«Los delincuentes pueden llevar placa, uniforme militar o incluso tener escaño en el Congreso»—; el cine, la televisión o la comida. Para el huraño trovador, todo está saboteado por el consumismo, el marketing y, en general, lo políticamente correcto. 

Al mismo tiempo, por fortuna, también nos hayamos frente a un certero cronista sociocultural. Capaz de elucubrar con brillantez sobre la creatividad —«[…] el cerebro trata de rellenar huecos y lagunas»—; el conocimiento —«[…] es algo bueno, aunque uno de sus efectos secundarios potencialmente dañinos es que cuanto más se amplía más se arruga nuestra piel»—; la naturaleza del arte opuesta a su mercantilización —«El arte es discrepancia, el dinero es pacto»—; o las contradicciones de la sociedad —«Hoy día, los ricos se visten de chándal y los indigentes tienen iPhones»—. Y siempre con su incomparable prosa, aquí más vivaz y juguetona que nunca, bien reflejada en la traducción de Miquel Izquierdo.

Podría pensarse que estamos ante un autor crepuscular o amargado. Craso error. Tras las andanadas, las ausencias sorprendentes —cuatro de Liverpool, sin ir más lejos— y la pléyade de anécdotas que pueden albergar tanto discernimiento como mala uva —ni Sinatra se libra—, lo que nos muestra Filosofía de la canción moderna es a un Dylan todavía obsesionado por la música y las giras —«Te dedicas a dar alegría a los demás y te guardas tus penas para ti»—. Sin casarse con nadie. Dispuesto a nadar contracorriente, defendiendo… ¡lo antiguo! —¡sin Rosalías ni cacofónicos beefs de millonarios!—. Igual que ha hecho toda su carrera, si lo pienso… Una obra inclasificable, quizás veleidosa, e intransferible de su egregia pluma.  

«Ser escritor no se elige. Es algo que uno hace, y a veces alguien va y se da cuenta.»