Recién publicada en nuestro país por Literatura Random House, El ferrocarril subterráneo del norteamericano Colson Whitehead llega avalada por los dos premios «gordos» —entre otros— de las letras estadounidenses, Pulitzer (2017) y National Book Award (2016), que han convertido a este escritor y profesor neoyorquino en una de las sensaciones literarias del momento, siendo considerado una de las personas más influyentes por la revista Time. ¿El motivo? Ser capaz de ofrecer una nueva perspectiva, una poderosa y fascinante «vuelta de tuerca», acerca de la esclavitud.

Y eso que, sobre el papel, uno diría que en El ferrocarril subterráneo Whitehead pareciera volver a terrenos de sobra conocidos. Whitehead nos sitúa en una terrible, terrorífica plantación de Georgia en pleno siglo XIX para narrarnos la historia de Cora, joven que junto a otro esclavo llamado Caesar, se dará a la fuga iniciando un periplo épico en busca de la tan ansiada libertad. Pero muy pronto el lector se da cuenta que nuestra protagonista no es una heroína al uso, como tampoco la feroz persecución a la que se verá sometida. Que su éxodo no es sólo un viaje forzoso que se traducirá en una retahíla de aventuras y desventuras para huir de un destino cruel y deplorable. Y que el medio elegido, el tren que da título al libro, no es lo que la Historia nos ha explicado.

Porque el «ferrocarril subterráneo» fue el nombre que se le dio a la red, obviamente clandestina, de rutas y casas seguras —de abolicionistas y simpatizantes de la causa— mediante las cuáles se estima que 100.000 esclavos escaparon de sus negreros a mediados del siglo XIX, la mayoría de ellos hacia la actual Canadá —entonces Norteamérica británica—. Pero en manos de Whitehead se transforma en una imposible, fantástica y literal «locomotora de la libertad». Y el motor y símbolo permanente de una novela que lograr maridar a la perfección tanto la ensoñación, el mito, como los elementos típicos del thriller que supone la persecución, mejor dicho, cacería, de Cora por parte del sanguinario cazarrecompensas Ridgeway —archivillano—, al género histórico.      

Estructurada de forma episódica, recorriendo los diversos estados por los que la tortuosa andadura de Cora tiene lugar, El ferrocarril subterráneo «gana» al lector de formas muy diversas. El hostigamiento de Ridgeway y sus secuaces proporciona una permanente sensación de amenaza e incertidumbre que nos mantiene en tensión. El drama de la esclavitud, pese a ser una cuestión recurrente en la literatura, sobrecoge aquí tanto por esa combinación de extrema crudeza y cero sentimentalismo, que dota a la obra de un tono narrativo peculiar, aguerrido, fiero. Desafiante. Amplificado además por la habilidad de su autor para pasar del relato personal sobre nuestra protagonista a una causa, también destino, universal, el de todo el pueblo negro en América. Así, la de Cora es también la historia de su madre Mabel, que abandonó a su hija, entonces una niña, para intentar la fuga de la plantación. O la de Ajarri, su abuela, secuestrada en África para luego ser vendida. O la de Caesar. O la de cientos de miles de seres humanos…

Y luego tenemos las «sorpresas», verdaderos «golpes de genio», que en mi opinión son los que consiguen que El ferrocarril subterráneo perdure en la cabeza del lector, destacándose como una novela que intenta ir «más allá», en fondo —plantea no pocos juicios de valor— y forma, que una extensa mayoría de libros de similar temática. Es ese mapa de América tan infernal: truculento y atroz en Georgia, siniestro y eugenésico en Carolina del Sur bajo su apariencia de civilidad y tolerancia, genocida y colérico en Carolina del Norte, o simplemente enfermizo en Tennessee. O ese inusual trabajo de Cora en cierto museo —intentaremos no caer en el spóiler—, espejo de lo que se espera de la experiencia negra bajo la esclavitud y una brillante forma por parte de Whitehead de exponer un nuevo ángulo de denuncia: el de la apropiación del relato negro por parte del hombre blanco.

De hecho, además de ofrecernos una lectura adictiva, de gran pulso narrativo, creo que ese es precisamente el valor principal, enorme, de El ferrocarril subterráneo. El de subvertir, cuestionar el discurso tradicional, académico y popular, de maneras sutiles, siempre en línea con el desarrollo de la narración, para permitir que la ficción proponga un enunciado diferente sobre una época crucial, por fundacional, de los Estados Unidos y, como tal, dotada habitualmente de una heroicidad más que probablemente impostada, añadida por «exigencias del guión». En cambio, Whitehead asume calculados distanciamientos de los hechos consabidos para situarnos en una realidad tan ominosa como verosímil. Es la literatura interpretando la Historia, llegando a lugares donde la segunda no puede, especulando, gracias a la imaginación, con lo que podría haber sucedido. Y devolviendo el relato, sea éste veraz o legendario, a sus verdaderos dueños. Con el miedo de que la próxima adaptación de la novela en serie —era de esperar— se centre en la parte más épica y comercial, escatimando sus aspectos, a mi juicio, más notables, por el camino, uno no puede más que recomendar encarecidamente esta lectura.