La evolución del slasher

Cuando Halloween (1978) de John Carpenter inauguró el subgénero del slasher -en el que un psicópata asesina brutalmente a jóvenes- estableció sin querer una serie ‘reglas’ tácitas que le valieron a estas películas el ser criticadas por reaccionarias. El que la protagonista Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) fuera la única superviviente de la historia -la primera Final Girl– y también la única que no bebía alcohol, que no mantenía relaciones sexuales ni consumía drogas -al contrario que sus ‘alocados’ amigos, que sí acababan asesinados- parecía enviar un mensaje moralista, que Carpenter desmentiría con el tiempo. La incontable cantidad de secuelas, copias y explotaciones de Halloween llenaron las pantallas de jóvenes pasándoselo -demasiado- bien para luego perecer bajo el cuchillo/machete/motosierra del psychokiller de turno.

A este incómodo componente moral del slasher se le da un interesante giro en la estupenda trilogía de Fear Street estrenada en Netflix, que adapta los libros del popular R.L. Stine y que comento con spoilers.

Las tres películas hacen un divertido repaso de la historia del subgénero de los asesinos en serie utilizando modelos muy claros: en el primer episodio, 1994, se fijan obviamente en la saga de Scream (1996) de Wes Craven y Kevin Williamson, que precisamente era una mirada autoconsciente y postmoderna de la tradición del género. En ese tono comienza Fear Street, en la que la protagonista es Deena (Kiana Madeira), una adolescente, lesbiana, que sufre el acoso de un misterioso asesino disfrazado como la muerte –Skull Mask, un claro remedo del Ghostface que aterrorizó a Neve Campbell-. En el primer largometraje de la trilogía, asistimos a una divertida película de terror con numerosos guiños, a lo que hay que sumar un buen retrato de los protagonistas adolescentes -interpretados por actores carismáticos como Fred Hechinger– y una dosis aceptable de sustos y gore. Destaquemos a la maravillosa Maya Hawke remedando a Drew Barrymore y por extensión, también, a Janet Leigh: porque Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock es la madre, más bien la abuela, del slasher.

Lo interesante de Fear Street es que los personajes que consumen drogas -y hasta trafican con ellas- o practican sexo no son descerebrados, sino seres humanos normales que nos caen bien. De hecho, la protagonista, al ser lesbiana, es una adolescente marginada, que sufre acoso. Todo esto se suma a un ‘subtexto’ -más bien evidente- que enfrenta a dos pueblos vecinos, el de los privilegiados, Sunnyvale, y el de los marginados, Shadyside.

El segundo episodio de la trilogía retrocede a 1978, para fijarse en las películas de Viernes 13 (1980) -que aprovechaban el éxito de Halloween– presentándonos a un grupo de chavales en un campamento de verano asesinados por un psicópata con un saco en la cabeza -que recuerda al Jason Voorhees de Viernes 13 Parte 2 (1981)-. Pero lejos del body count de aquellas películas, en las que los personajes no nos importaban, aquí asistimos a la historia de Ziggy Berman (Sadie Sink), otra marginada -interpretada en el presente por la maravillosa Gillian Jacobs- que es un homenaje a Stephen King -otra influencia importante- y sobre todo a David Bowie -fantástica la transición de la versión de Nirvana de The Man Who Sold The World a la original de Bowie que nos lleva de los 90 a los 70- y que vuelve a invertir las ‘reglas’ del género: la virgen no será aquí la Final Girl, los drogatas que follan tienen sentimientos y nos dan pena, los adolescentes que mueren asesinados son verdaderos adolescentes -poco más que niños- lo que hace que sus muertes sean incómodas y nada festivas.

Pero creo que donde verdaderamente se ven las intenciones de esta trilogía -estupendamente adaptada por Kyle Killen y Phil Graziadei, y dirigida por Leigh Janiak– es en el otro subgénero que toca: el de la brujería. La bruja ha sido utilizada en el cine como metáfora de la persecución del diferente o y sobre todo de la mujer discriminada.

En el episodio 1666, la orientación sexual de Deena la coloca en el punto de mira de un pueblo cuyos vecinos son intolerantes, temerosos de Dios y están llenos de odio. En una jugada interesante, aunque no precisamente original -pensemos en las intenciones, por poner solo un ejemplo, de La bruja (2015) de Robert Eggers– la bruja que parecía estar detrás de la maldición del pueblo y que poseía al fantástico y terrorífico grupo de asesinos, es en realidad una víctima del conservadurismo y la intolerancia, representados nada menos que en las fuerzas del orden, el sheriff Nick Goode (Ashley Zukerman) -invirtiendo, en otra metáfora obvia, el sentido de su apellido, pronunciado en inglés como ‘good’-. Todos estos elementos hacen que, detrás de un estupendo divertimento que brilla por su dinamismo, su estética pop y su simpático repertorio de temas musicales, haya una mínima reflexión sobre el género y sobre los prejuicios de nuestra sociedad.