Patriotismo Post Trump

Marvel Studios continúa en Disney Plus su ambicioso plan -muy exitoso hasta ahora- de crear una gran narración que interconecta películas y series de televisión. Así, la serie Falcon y el Soldado de Invierno surge directamente de la película Vengadores: Endgame (2019), en la que el Capitán América, Steve Rogers (Chris Evans), abandonaba su identidad heroica -y su escudo- para vivir toda una vida con Peggy Carter (Hayley Atwell). Rogers se despedía de sus dos compañeros, Sam Wilson (Anthony Mackie) y Bucky/Soldado de Invierno (Sebastian Stan), confiando al primero su legado. Es entonces cuando arranca esta nueva ficción, desarrollada por Malcolm Spellman, que enfrenta a los dos héroes ante el reto de unos Estados Unidos sin un Capitán América, además de a la amenaza de un nuevo grupo terrorista, los Sin Banderas.

Si Bruja Escarlata y Visión era una propuesta refrescante y novedosa, Falcon y el Soldado de Invierno mantiene una continuidad total -genérica, de tono y por supuesto, argumental- con Capitán América: El Soldado de Invierno (2014) y Capitán América: Civil War (2016). Así, veremos aquí el regreso de personajes de aquellas entregas, como el acrobático Batroc (Georges St-Pierre), la agente Sharon Carter (Emily VanCamp) y sobre todo el Barón Zemo (Daniel Brühl), en mi opinión, el personaje más interesante de la serie. Estamos, por tanto, ante una trama de espías y conflictos internacionales, que nos lleva a varios países -incluyendo la ficticia Madripoor, o la aparición de agentes de Wakanda- con dobles agentes y traiciones en cada giro argumental. La serie tiene, además, espectaculares secuencias de acción: peleas y persecuciones de altísimo nivel -sobre todo para la televisión-. Falcon y el Soldado de Invierno no defrauda, pero tampoco sorprende, dándole al espectador de las películas de Marvel lo esperado. 


Lo innovador de todo el Universo Cinematográfico de Marvel es cómo desarrolla a sus personajes, que en este caso tienen arcos que provienen de los films mencionados, y cómo les hace avanzar en su evolución: aquí Bucky hace las paces, por fin, con su pasado como agente de la malvada organización Hydra; y Sam Wilson deja de ser un héroe secundario para convertirse en un símbolo de su país. Así, al finalizar esta serie, los dos personajes están listos para vivir una nueva aventura, en una hipotética cuarta entrega de la saga del Capitán América. Todo esto está coordinado de una manera tan inteligente -supongo que por Kevin Feige– que cada entrega de Marvel se las arregla para satisfacer al espectador casual, y además, para el fan acérrimo, consigue un efecto de acumulación de historias pasadas y guiños que multiplica los significados de lo que vemos sirviéndose de esa macro-historia compartida. Un placer equiparable al de un cinéfilo que reconoce una referencia a Ingmar Bergman en un film de Woody Allen.

Me gustaría hablar también de los temas que presenta la serie además de su intriga argumental, planteando que no hay ‘buenos’ ni ‘malos’, sino personas -y héroes- con defectos y que cometen errores. Así, podemos llegar a simpatizar con una terrorista como Karli (Erin Kellyman) mientras aborrecemos al nuevo Capitán América, el fascista John Walker (Wyatt Russell), que representa al Gobierno de Estados Unidos y a una idea equivocada del patriotismo que resulta ciertamente pertinente tras el final del mandato de Donald Trump. La idea de una ‘América’ que debe ser recuperada -y que se ha perdido, como constatamos al ver que los bancos ya no dan créditos a la clase trabajadora, una idea, por cierto, presente también en Minari (2021) o Nomadland (2021)- está magníficamente expresada a través de un objeto: el mítico escudo del Capitán América, McGuffin emocional y símbolo de los valores de una nación. La serie introduce, además, un claro debate sobre la cuestión racial en el país norteamericano, a través del personaje de Isaiah Bradley (Carl Lumbly), que sumado a la historia personal y familiar de Sam Wilson se convierte en un comentario sobre lo que significa ser estadounidense para las minorías raciales.