Éxodo, DJ Stalingrad (Automática, 2015)

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En esta vorágine de lecturas que provoca la locura del mundo editorial en nuestro país, publicando como sino hubiera mañana pese a lo poco que se lee, es muy complicado que uno se detenga en una lectura. Pero con este Éxodo de DJ Stalingrad, que nos llega cortesía de Automática —por fin nos estrenamos con esta editorial, había muchas ganas— he tenido que hacer una excepción. Ya lo he leído tres veces. Y es que estamos ante una obra brutal. Absolutamente brutal. Un libro breve, explosivo, duro y conciso. Un cóctel molotov sobre la realidad rusa más terrible escrito con sangre, rabia y cruda desesperación.

Para entrar en materia como la obra merece, hay que detenerse en la historia personal de su autor, DJ Stalingrad, ya que es absolutamente inseparable y necesaria para entender Éxodo. Bajo el curioso seudónimo político-musical se esconde el joven periodista, escritor y activista antisistema moscovita Petr Silaev, que a raíz de una manifestación ecologista en 2010 para salvar los bosques de Jimki vió como su país emitía una orden internacional de búsqueda y captura contra él, acusándolo de vandalismo e insurgencia. Refugiado político en Finlandia, en 2012, de viaje por España, fue detenido por nuestras autoridades en Granada, siendo liberado tras ocho días dada su condición de exiliado. Siguiendo con su condición subversiva y underground, Éxodo apareció clandestinamente primero en internet para después recabar en la revista literaria Znamia y finalmente ser publicado. Así que, cuando Stalingrad nos enseña este submundo hiperviolento, iracundo, atroz, lo que leemos todavía resulta más apabullante al saber que, probablemente, el narrador —sin nombre— y lo narrado hablan de hechos reales —ficcionalizados— y vividos en carne propia. Escalofriante.

Y es que Éxodo es una aterradora mirada a la Rusia del nuevo milenio. Un país corrupto, desolado, enfermo hasta el tuétano. Un lugar donde la violencia parece una respuesta válida para un colectivo —asusta pensar que quizás hablamos de toda una generación— de jóvenes para los que la vida no es que no tenga sentido, es que parece que no tenga importancia. Un escenario de guerra entre neonazis y grupos de extrema izquierda, jóvenes que van de ciudad en ciudad en busca del siguiente enfrentamiento. La música y/o la política están ahí, pero tras adentrarse en estas páginas, uno tarda muy poco en considerar que más que motivaciones, ambos factores son más bien excusas. Pelear, destruir, atacar, defenderse… porque no hay mucho más que hacer y, sobre todo, nada que perder.

Si Éxodo fuera sólo una retahíla de cruentas batallas entre subculturas armadas con coartadas políticas la novela, aunque impactante, seguramente no merecería tantos elogios. Pero Stalingrad consigue trascender el relato coyuntural, episódico, para trazar un demoledor análisis de la Rusia actual, engarzando la historia con la crónica social —a menudo con una trama que es pormenorizada en explicativas e igualmente contundentes notas al pie, como si desdoblase la historia del libro en dos, ficción y realidad periodística absolutamente gonzo— y regalándonos innumerables fragmentos para el recuerdo por el camino. Cito algunos porque no tienen desperdicio:

«Lo más repulsivo de los nazis era su total adecuación a la realidad rusa; así, ni más ni menos, había creado la nueva Rusia a sus retoños, en marcha hacia el futuro: avariciosos, estúpidos y miserables. Ser nazi estaba de moda, era algo que molaba entre los jóvenes».

«Todos nosotros, todo el que es soviético de verdad, odia a los polis».

«Nosotros, los de la despreciable generación postsoviética, no tenemos nada, ni meta ni principios, pero como herencia de un siglo de comunismo nos ha quedado la nostalgia».

[…] «hay una parte considerable de la población que no ha aprendido a vivir en una economía de mercado (en el caso de Rusia, en manos de bandidos). Nunca han entendido cómo se roba, cómo se soborna, posiblemente algunos no han acabado de entender siquiera cómo se maneja el dinero».

«Miente, roba, mata: las reglas del mal son iguales para todos; la bofia y los políticos mienten tan bien como tú; o ellos o nosotros: ¿quién va a sobrevivir en esta guerra?»

De este modo, como si fuera un documental fragmentando, Silaev nos sitúa en un contexto penoso, en el que la iglesia ortodoxa y el estado nazi son, respectivamente, cómplice y principal responsable de un país a la deriva y en el que algunos jóvenes, entre ellos su autobiográfico protagonista, se organizan para orquestar una suerte de venganza/protesta absolutamente nihilista. Una en la que muy pronto se evidencia su sin sentido, solo la expresión, terminal y horrible, de la rabia. La violencia nunca es justificable. El asco, profundo, insostenible, irreprimible contra un sistema y unas autoridades execrables y miserables a partes iguales, sí.

Las arremetidas del narrador/autor de Éxodo contra su generación, su estado e instituciones principales son tremebundas. Pero DJ Stalingrad no cae en el error de glorificar el pasado soviético para contraponerlo al espantoso presente. No, el autor nos habla de un modus operandi, de una idiosincrasia de la sociedad rusa, pasiva, demasiado acostumbrada a la dura pero de algún modo previsible y, por tanto, manejable, existencia antes de la caída del comunismo. Así que, cuando el régimen se desploma, el país queda en manos de los buitres, de los «más listos», la oligarquía presta a campar a sus anchas en un estado a su servicio. Hasta que las nuevas generaciones, criadas o nacidas en una Rusia postsoviética radicalmente distinta, ya no pueden más. Además, Silaev, que nada más comenzar la novela hace confesar a su protagonista que relatarnos su historia le sirve para exorcizar sus demonios y poder pasar página —«recuerdo para olvidar», afirma— muestra también la progresiva transformación del protagonista, que evoluciona hacia el repudio de la violencia. Una renuncia que tiene más de hastío vital y reflexión ante la sinrazón de una espiral sin fin de batallas campales que no de una redención moralista. La lucha debe continuar, pero no a base de huesos rotos, muertes y destrucción.

Como lector, el impacto al leer Éxodo ha sido comparable al de enfrentarse por primera vez a La Naranja Mecánica de Anthony Burgess. Stalingrad, como hiciera el escritor británico, te empuja, sin contemplaciones, a un universo escabroso, virulento, de esos que provoca sentimientos encontrados —ya me lo diréis cuando lleguéis al pasaje de la ambulancia: desearéis cerrar el libro pero no podréis dejar de leer—. Pero a diferencia de la célebre, icónica obra del escritor británico, no hablamos de un futuro distópico —aunque plausible—, sino de una realidad pavorosa, con el rostro de Vladimir Putin de fondo. Inquietante, turbadora, reveladora y sin concesiones. No dejéis de leer Éxodo.