Euphoria se puede definir como una pesadilla para padres. Adolescentes fumando y bebiendo como si no hubiera mañana, un niño vendiendo drogas para pagar la hipoteca, una protagonista adolescente, que no es que se drogue, es que la vemos saliendo de rehabilitación -y recayendo- en los primeros minutos de la serie. Hay más: su mejor amiga mantiene encuentros sexuales con desconocidos, exponiéndose ante nuestra incómoda mirada a lo que prácticamente es una agresión sexual con un hombre maduro. Terrorífico. Euphoria es una terapia de choque para los tabúes del espectador: vemos pechos y penes juveniles -en el segundo capítulo hay una escena en la que aparecen una veintena de genitales masculinos-. A pesar de todo esto, creo que no estamos ante una simple provocación inocua. Los adolescentes de la serie son (post)millennials adictos al móvil, al sexo, a las drogas y al alcohol, y compiten por ser los más ‘transgresores’; pero estas actitudes reflejan una angustiosa desorientación existencial. Lo que quiero decir es que estas provocaciones nacen de los personajes, en un desarrollo dramático que no es gratuito. El piloto de Euphoria no será confundido nunca con una serie teen, además, por la factura visual que imprime alguien como Sam Levinson, creador de la serie, encargado de dirigir el primer episodio -y cuatro entregas más- con experiencia en la temática -no dejéis de ver Nación salvaje (2019)- y con la pericia para convertir el formato seriado en cine –indie-, jugando con las imágenes y sobre todo con el montaje, saturando la narración de cortes, de trozos de la música que escuchan los personajes –MadonnaBeyoncéBillie Eilish, un montón de raperos con letras explícitas y, claro, Rosalía-. Los recursos visuales que se utilizan en Euphoria la separan de otras series más enfocadas en el argumento: por ejemplo, cuando la subjetividad de la protagonista modifica ‘la realidad’: Rue se droga y camina, literalmente, por las paredes de una habitación que da vueltas. Euphoria agota las formas ingeniosas para contar lo que ocurre: secuencias de animación; guerreros vikingos haciendo de followers; los sms entre Jules y Nate, una forma de comunicación millennial que contamina la narrativa; la clase magistral de Rue sobre ‘fotopollas’; los paseos fantasmales en bicicleta de Jules, hermosamente fotografiados; Rue convertida en detective, investiga el chantaje de Nate.

Rue Bennett (Zendaya) no se droga por rebeldía, ni por angustia adolescente, sino por un nihilismo autodestructivo impropio de su edad -no estamos en los 80, sentencia un personaje, como diciéndonos que estos no son los entrañables niños de Stranger Things-. Esta desesperación existencial se justifica, en Rue, con un trastorno psicológico que puede ser un eco de todos esos síndromes que parecen haber surgido en nuestra época de menores sobrediagnosticados y medicados. Uno de los mejores episodios de la temporada es el que se dedica a Rue, sumida en una profunda depresión que la coloca en una postración de la que no es capaz de escapar ni para hacer pis (estupenda la comparación entre Mad Men y los reality shows). Hundida en esta problemática, Rue justifica y defiende abiertamente el consumo de drogas, pero la serie no es inocente y admite que comprarlas te coloca a un paso del mundo criminal. Véase la escena en casa del dealer a la que llegar un peligroso camello, surgido, por cierto, del mundo de los adultos.

Alrededor de Rue, un reparto bastante coral de personajes no necesariamente secundarios que cubren el espectro de la diversidad: una chica trans, Jules (Hunter Schafer); una chica preocupada por su cuerpo, Kat (Barbie Ferreira) que tiene que lidiar con su sobrepeso, pero, cuidado, no por sufrir esta discriminación, se convierte ella en una buena persona: sigue siendo capaz de equivocarse, de ser cruel y autodestructiva. De víctima, nada. En el otro extremo está Cassie (Sydney Sweeney) que debe lidiar con su atractivo sexual y la reacción que despierta en los hombres (machistas). Todas tienen problemas de autoestima y se enfrentan a sus inseguridades de formas no demasiado recomendables -se reafirman en la promiscuidad, bebiendo alcohol o en sus redes sociales: creando un canal de videochat para pervertidos -máxima provocación la de ese señor maduro con sobrepeso que se masturba mostrándonos su pequeño pene-. También está Nate Jacobs (Jacob Elordi), reverso muy oscuro de un arquetipo del imaginario estadounidense, como el quaterback de high school, el chico guapo, el más popular, el macho alfa, novio de la animadora, aquí latina, Maddy Pérez (Alexa Demie), clara víctima de una relación tóxica de dependencia. Precisamente de Maddy podemos resaltar que su modelo a seguir es Sharon Stone en Casino (1995) y que ha visto mucho porno para ‘fingir orgasmos’. Pero volviendo a Nate, es el ‘villano’ de la historia, un joven atormentado, muy violento, traumatizado por el pervertido secreto de su padre -Cal Jacobs (Eric Dane)-.

Euphoria no intenta escapar de los clichés, el último episodio cumple con el tópico del baile de fin de curso, porque, al fin y al cabo, es parte de la realidad de los jóvenes que retrata. También muestra unos conflictos adolescentes que pueden ser los recurrentes de cualquier serie juvenil, como un embarazo no deseado, el amor no correspondido o los triángulos amorosos; pero renueva problemáticas actualizándolas y llegando más lejos de lo habitual que las series en abierto: las nuevas formas de acoso relacionadas con las ‘nuevas tecnologías’, ese vídeo sexual que se difunde provocando rumores -trama compartida con Nación Salvaje– y sobre todo resulta llamativa la forma de lidiar con el problema de la chica que sufre la filtración del vídeo sexual, porque no se conforma con ser una víctima. Otros temas importantes son la violencia machista, la homofobia, tratadas de forma gráfica y descarnada. Mencionemos también el choque generacional, presentado en un tono desasosegante, encarnado en padres y profesores que viven en otro mundo: la investigación del director del instituto sobre el posible maltrato a una de sus alumnas, parece la incursión de un detective en un ambiente criminal. En el mundo de los protagonistas hay otras reglas: resulta más humillante cómo examina la policía a una víctima de maltrato, que (para ella) el maltrato en sí. Estos jóvenes con claramente incapaces de reconocer que se enfrentan a comportamientos tóxicos, porque asumen otros códigos morales. El retrato de los padres es despiadado: ausentes, alcohólicos, infieles, adictos, infelices, fracasados, pervertidos, patéticos incluso cuando se atreven a buscar su felicidad, como cuando la madre de Rue (Nika King) se toma una copa con el padre de Jules.

En el mejor episodio de la primera temporada, Shook One: Pt II, hay un impresionante plano secuencia en una feria que reúne de forma natural a todos los personajes y los enfrenta a sus conflictos e inseguridades: cuando Maddy y Cassie buscan reafirmarse en sus cuerpos multiplicados hasta el infinito en la casa de los espejos de la feria. Con una atmósfera rara, casi surrealista y una banda sonora de música mágica -del italiano Pino Donaggio– el episodio detiene el tiempo y nos hace pensar en esos días de la adolescencia que se quedan grabados en la memoria. La serie desvela en este episodio algunas de sus preocupaciones: la escena en la que Jules descubre a su amante, Cal Jacobs, y su hipócrita discurso sobre el éxito; o cómo en un giro sorprendente este padre de familia se convierte también en una víctima de las convenciones sociales, como todos los demás, y en alguien con el que podemos empatizar. Unos luminosos fuegos artificiales anticipan el clímax del argumento y un ingenioso montaje giratorio, que lleva a Rey y a Jules de un escenario a otro, cierra el capítulo.

Euphoria es una serie visualmente impactante, atrevida temáticamente, y sobre todo, nada complaciente, arriesgada al proponer temas e imágenes incómodas que piden una mirada más abierta hacia los problemas de la adolescencia, despojados de nostalgia e idealizaciones. El tránsito hacia la madurez visto como un descenso a los infiernos en el que más de uno puede llegar a perderse.