Hay ciertos grupos con los que un crítico sabe que debe tenerse mucho -pero mucho- cuidado al escribir sobre ellos. Y en el “mundo indie” uno de los casos más paradigmáticos son, sin duda, Sonic Youth. Ahora, aún a riesgo de que a uno le tilden de masoquista, ¿qué es más divertido que discutir sobre música?.

Y es que, en el fondo, las guerras entre quiénes los canonizan, otorgándoles el centro indiscutible de la relevancia y la actitud alternativa, frente a los que les parecen una banda soporífera, dañina a los oídos y pedante a más no poder, es de los debates más intensos y divertidos que servidor conoce. Y para ayudar a dirimir, o azuzar, esta inacabable discusión, una de las lecturas que deberían recomendarse es este Estragos de una Juventud Sónica, presentado por Alternia Editorial y escrito por Ignacio Juliá, fan no solo declarado de los neoyorquinos, sino reconocido, digámoslo así, como EL FAN de Sonic Youth por excelencia dentro de la crítica estatal.

Diréis, ¿cómo? ¿Cómo va a ser un fan una referencia válida entonces si sabemos de antemano de qué “lado” está? Por dos razones. La primera es que Julià cruzó hace tiempo el umbral del periodista especializado en una determinada banda -de hecho es su segunda referencia sobre el grupo tras publicar I Dreamed of Noise en 1994-, para pasar a ser considerado un amigo/conocido de sus miembros, por lo que además de la ingente cantidad de información, también tiene acceso directo a Moore, Gordon, Ranaldo y Shelley -entre otros-, trufando la tradicional estructura biográfica y sus reflexiones personales con las del cuarteto. ¿Cuántas veces los habrá entrevistado? Con indiferencia del grado de interés/obsesión por Sonic Youth que tenga uno, sorprende la capacidad de Julià para obtener opiniones sobre su propia idiosincrasia como banda, sus roles y egos dentro de ella, así como episodios apasionantes como sus comienzos, su más bien frustrante paso por una major, Geffen, o su lugar como “padres del indie”, comentados por ellos.

Y el segundo motivo de la total validez del libro, y en mi opinión aún más importante: por su entusiasmo. Lo que, a mi juicio, hace relevante a un crítico, sea para ensalzar a una banda o para -con matices- despellejarla, es que, junto a sus conocimientos y argumentos sobre la materia, refleje en sus palabras la pasión del que no concibe su vida sin música, y en particular, la del grupo que le ocupa. Julià adora a Sonic Youth y sabe transmitir su devoción a la biografía. Hasta el punto de que estos días, mientras leía su libro, uno se ha puesto a escuchar Bad Moon Rising, Thousand Leaves, o The Eternal esperando encontrar, entender, sentir en definitiva, lo mismo que lleva al autor a dar rienda suelta a su torrencial prosa. Y esto lo dice -nos quitamos la careta- alguien que hasta enfrentarse con este Estragos no había pasado del recopilatorio grabado por un colega fanático, más la escucha -muy ocasional- de Sister y Daydream Nation.

¿Me he convertido al culto de la Juventud Sónica tras leer a Julià? Ni mucho menos. Los discos en solitario de Ranaldo van a seguir siendo los únicos con un hueco en mis estanterías. El tufillo arty e intelectualoide me va a continuar pareciendo una coartada para justificar muchos temas que a mi no me llegan. Pero tras devorar y disfrutar esta lectura me parecería de necios negar el peso y el lugar que Sonic Youth ocupa, por derecho propio, dentro de la música alternativa, igual que su capacidad para retarse constantemente -llamadlo vanguardia o experimentación-. Si Sonic Youth son ya historia –Julià indaga pero sobre todo respeta la intimidad de Kim Gordon y Thurston Moore-, la suya es, sin duda, una a celebrar. Y deberíamos congratularnos también de que, por una vez, quién brillantemente nos cuenta dicha historia, lo tenemos aquí.