Nuestros amigos de la editorial Sajalín nos proponen un singular viaje a la «Isla Esmeralda» de la mano de Seumas O’Kelly, uno de los escritores irlandeses más relevantes del siglo XX. Pese a su prematura muerte, tras un enfrentamiento con soldados británicos cuando era responsable de Nationality, el periódico del Sinn Fein, O’Kelly dejó un legado literario que comprende varias obras de teatro, dos novelas y cuatro libros de relatos, precisamente, de lo que vamos a dar cuenta en esta doble reseña. ¡Irlanda nos espera!

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Al Borde del Camino (Sajalín, 2014)

Recién publicado, Al Borde del Camino reúne, por primera vez en castellano, diez relatos que tienen a la región de Connacht —de hecho el subtítulo del libro es Relatos de Connacht— como elemento vertebrador. Situada al noroeste de la isla, Connacht fue la zona más castigada por la Gran Hambruna que azotó el país a mediados del siglo XIX. Además, la obra coincidió con la muerte de O’Kelly en 1918 y, ese hecho, de algún modo que sólo se explica por la extraña, particular magia de esas tierras, está presente en estas historias tristes y con un sombra de fatalismo que nunca llega a ser derrota.

El devenir cotidiano de personas extremadamente humildes a principios del siglo pasado, abocadas a vivir con muy poco y a lidiar con un futuro que parece ya predeterminado marca estos cuentos de corte costumbrista. Es un realismo duro, plomizo y dolorosamente determinista para los protagonistas de las historias. Pero O’Kelly las impregna de un aroma fabulador, de leyenda, a veces emparentándola con la tradición gaélica, como en «El lago gris» o, caso de el «El zapatero», con la historia de Irlanda. Y, sobre todo, logra revestir a sus protagonistas de una extraordinaria humanidad y entereza ante los reveses de la vida que les ha tocado vivir.

Es el caso del pobre tendero Festus Clasby, que se ve envuelto en las jugarretas viles de de unos caldereros, tan pobres como mezquinos, en «La lata con la marca de diamante», relato que abre de forma brillante Al borde del camino, un ejercicio de amarga picaresca rural. O la intensidad, teñida de desagradable brutalidad y descarnada aflicción del desconsolado pastor de«La cabra blanca», en mi opinión uno de los relatos más impactantes del conjunto. O el elegíaco «Entierro al borde del camino», breve crónica de un entierro en el cementerio del asilo de pobres, que sirve para rendir homenaje a todos esos seres anónimos sepultados en las llamadas «fosas de la hambruna».

También hay espacio para esperanzas e ilusiones, siendo en estos relatos donde surgen más claramente los elementos fantásticos y míticos. Es lo que le sucede al vendedor de turba Denis Donohoe en «Las dos caras de la laguna», quién felizmente logrará convertir su afición por la canción en un futuro diametralmente opuesto al que parecía condenado. Peor suerte le espera a Martín Cosgrave, quien en «El edificio», historia que cierra el volumen, construye sin descanso la quimérica vivienda perfecta para una amada imposible.

Hay una esencia, puede que atávica pero insobornable, una manera de entender la vida en todos los personajes que O’Kelly dibuja en Al borde del camino. Un espíritu que no se puede doblegar por terrible que sea la injusticia o situación. En definitiva, un paisaje humano sobrecogedor.

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La Tumba del Tejedor (Sajalín, 2010)

Si Al borde del camino es una lectura recomendable, entonces La tumba del tejedor debería ser sencillamente obligatoria. Publicada de forma póstuma en 1919, una año después de la muerte de O’Kelly, en las 70 páginas de esta «Historia de ancianos» —de nuevo, preciso subtítulo— hay humor, sensualidad, una profunda reflexión sobre el inexorable paso del tiempo y la vejez. Pero, por encima de todo, hay magia. La que hace que los cuentos sean un auténtico arte.

Dos personajes memorables, el picapedrero Cahir Bowes y el fabricante de clavos Meehaul Linskey son los únicos, debido a su avanzadísima edad, capaces de saber donde se encuentra el lugar en el que debería enterrarse a Mortimer Hehir, tejedor, en el cementerio de Cloon na Morav —el Prado de los Muertos—. Y los ancianos, cascarrabias y mordaces a más no poder, harán todo lo posible para, compitiendo entre ellos, demostrar a su joven cohorte —los dos enterradores y la viuda del tejedor fallecido— quién de los dos lleva razón.

Tragicómico, surrealista y entrañable, La tumba del tejedor es un prodigio literario se mire por donde se mire. Reverso de la crudeza y pesadumbre de Al borde el camino, este librito es una farsa de planteamiento mínimo que, sin embargo, tiene una carga de profundidad sorprendente e hilarante: la muerte como última oportunidad para dos personas, a un paso también de encontrar también ese inevitable destino, de demostrar su sabiduría ante las generaciones más jóvenes que, a su vez, van a encontrar un principio en este aparente final. Y, por supuesto, un análisis luminoso y con capas y capas de humor negro acerca de la memoria, tan caprichosa y volátil como necesaria. Como canta el gran y sabio Jarvis Cocker en Help the Aged, la que sería la banda sonora, anacrónica pero ideal de La tumba del tejedor, «Es curioso cómo todo se viene abajo». Una lectura absolutamente imprescindible.