Especial libros de relatos

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Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando el lector puede seguir viendo más y más cosas en él y, pese a todo, sigue escapándose de uno.

Flannery O’Connor

¿Cambio de tendencia o sólo una feliz coincidencia? Cinco estupendos libros de relatos, de cinco autores muy diferentes entre sí, han desembarcado en los últimos meses en nuestro país, donde los relatos son habitualmente ninguneados, estúpidamente considerados como un género menor por algunos. Y uno. acérrimo defensor de la forma breve —en mi opinión, un arte más complejo y, llevado a buen puerto, satisfactorio que la novela— no podía dejar escapar la ocasión de reivindicarla mediante el siguiente quinteto de obras.

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Cuentos completos, Kingsley Amis (Impedimenta, 2015)

Enfant terrible de las letras inglesas y papá de otro pieza, Martin Amis, la narrativa breve de Kingsley Amis se merecía caer en manos de una editorial que cuida tanto sus ediciones —¿soy el único que piensa que la portada del libro es imbatible, hipnótica?— como Impedimenta. Uno de los autores más célebres de la generación de los Angry Young Men surgida entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta, si algo dejan claro estas veinticuatro historias es que Amis difícilmente encajaba en algún movimiento literario/artístico, dada su asombrosa capacidad de cambiar de registro y jugar con los géneros a su antojo. En Cuentos completos tenemos historias castrenses, ciencia ficción, espionaje, terror, metaficción… Aquí caben desde Sherlock Holmes a Robert Browning pasando por el MI5, en textos que oscilan entre la sátira mordaz —donde en mi opinión brilla más su ingenio, haciendo que las palabras a veces parezcan salfumán— y la amargura más implacable. Siempre convenientemente regada en bebidas de notable graduación, por supuesto. El Sir más irreverente en un auténtico festín literario. ¡De cuántas maneras puede sorprenderte un cuento cuando está en buenas manos!

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Cuentos reunidos, Cynthia Ozick (Lumen, 2015)

A vueltas con la identidad y sin miedo a desafiar al lector. Así son los relatos de Cynthia Ozick, una de las escritoras más prestigiosas de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, que Lumen ha reunido en un extenso volumen, completando el reciente rescate de su obra en nuestro país. Diecinueve historias de un clasicismo formal y un gusto por la búsqueda de la palabra más exquisita que entroncan sus cuentos con Henry James o Joseph Conrad –con quiénes es frecuentemente comparada, y que aparecen en el último de los cuentos aquí incluidos, «Dictado»–. Pero aún por encima del estilo, lo que destaca sobremanera en Ozick es su exploración sobre la condición humana. La cuestión de la identidad judía es el eje fundamental de estos relatos, algo que, unido a su forma de escribir, posiblemente la haga algo inaccesible. Es una lástima porque, en realidad, detrás de las disquisiciones religiosas, conflictos sobre la fe y el arte –inquietante choque cultural en «Envidia», o el «yiddish en América»–, y el papel de los valores judíos en la época moderna, se encuentran preguntas sobre uno mismo tan válidas para otras confesiones como para ateos furibundos. En su mayoría solemnes –la ironía se cuela en relatos como «Cómo ayudar a T.S. Eliot a escribir mejor» pero son clara minoría en la colección–, con frecuencia trágicos. Siempre reveladores.

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Nuevo destino, Phil Klay (Literatura Random House, 2015)

Tim O’Brien y Las cosas que llevaban. Los relatos de Tobias Wolff. Norman Mailer y Los desnudos y los muertos. Compañía K de William March. Matadero cinco de Kurt Vonnegut y Trampa 22 de Joseph Heller. Senderos de gloria de Humphrey Cobb o el más reciente Los favores de la fortuna de Frederic Manning, ambos reseñados en Indienauta. Ahora debo añadir otro nombre a esta colección personal de indispensables de la literatura bélica: el norteamericano Phil Klay y Nuevo destino, que nos llega gracias a Literatura Random House tras obtener el National Book Award. Doce historias sobre las guerras de Irak y Afganistán que se leen con el corazón encogido —Dispárabamos a los perros. No era por accidente. Lo hacíamos a propósito y lo llamábamos «Operación Scooby», así comienza el tremebundo relato que da título al volumen—, sin apenas altibajos —quizás sólo la breve broma cruel en forma de jerga armamentística de OLI— ni tregua para el lector. Una colección de hombres, casi intercambiables entre sí, golpeados, heridos —literal pero sobre todo figuradamente—, marcados de por vida. Una «fauna» terriblemente descorazonadora y aterradora, aunque Klay nunca carga las tintas o se regodea en el drama. Sus historias son secas, apabullantemente directas. Ex combatientes expuestos a la muerte y la destrucción, pero también al aburrimiento, embotados, la «generación Playstation», enfrentados con una vida normal recuperada que carece de definición y objetivo. El terror en las carreteras del desierto. El terror tras regresar a casa. Una de las lecturas de lo que llevamos de año.

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Gracias por la compañía, Lorrie Moore (Seix Barral, 2015)

En mi opinión, Lorrie Moore es una de las mejores plumas del mundo en activo cuando hablamos de relatos –no dejéis de leer sus volúmenes Autoayuda y, muy especialmente, el enorme Pájaros de América–, por lo que su regreso al formato corto, dieciséis años después, es un motivo de celebración. En Gracias por la compañía, que nos llega de la mano de Seix Barral, Moore vuelve por sus fueros en estas ocho historias donde la disección del ser humano y las dificultades para funcionar en la sociedad moderna alcanzan momentos de una brillantez pasmosa. Sus personajes viven en fuera de juego, seriamente dañados ante los vaivenes de su existencia –de problemas sentimentales a las trágicas consecuencias del 11-S o la guerra de Irak– y el conflicto, pero también la posibilidad, tenue, con frecuencia aterradora, de poder rehacer la vida están ahí. El talento de Moore es su inusitada capacidad para situarse y, sobre todo, situarnos de forma natural, a veces con una mirada que bascula entre la distancia y la ironía, pero nunca con desapego o crueldad para con sus protagonistas, en ese instante donde la contradicción y la disyuntiva crucial asoma. Fiestas amargas –esa boda del relato titular convertida en clavo ardiendo al que agarrarse–. Encuentros casuales e infructuosos. Relaciones surgidas de la desesperación y la soledad –los vecinos-pareja imposible del sublime Alas–. Gente de carne y hueso, vulnerable. Intentando entenderse y, encontrar el camino. Lorrie Moore ha regresado por todo lo alto.

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Cuentos completos, E.L. Doctorow (Malpaso, 2015)

Y el último de los libros a comentar, recién publicado en nuestro país cortesía de Malpaso, tiene mucho de acontecimiento literario, además de no deseado epitafio de su autor, fallecido el pasado 21 de julio. Edgar Lawrence Doctorow, responsable de obras maestras de la llamada ficción histórica como Ragtime, Billy Bathgate o La feria del mundo, llevaba meses trabajando con la editorial barcelonesa la recopilación –por primera vez en cualquier lengua– de todos sus cuentos. Dieciocho relatos –o diecisiete más la epifánica novela corta final, Vidas de los poetas, de intensa belleza formal responsable de poner un hermoso cierre al volumen– en los que Doctorow muestra su inmenso repertorio de registros. Valiente y audaz para moldear tanto criaturas extrañas, singulares híbridos literarios como Glosas a las canciones de Billy Bathgate, germen de la célebre novela, como historias crudas, su versión del realismo sucio, en Walter John Harmon, Niño muerto en la rosaleda o Una casa en la llanura, que hicieron que John Updike le acusara de sadismo narrativo. Astuto e inquisitivo para subvertir una historia –también una canción– de desdicha femenina y transformarla en algo más ominoso y misterioso en Jolene: una vida. O introspectivo y extraordinariamente lúcido, capaz de de introducirse en la psicología humana para trasladarnos personajes y situaciones complejas e íntimas, caso de El escritor de la familia o, a un nivel más poético, Todo el tiempo del mundo. Un excelente homenaje póstumo que nos permite descubrir las múltiples facetas de un escritor mayúsculo. Seguro que el autor neoyorquino estaría orgulloso del resultado.