Tenía a Jennifer Egan en mi lista de «autores a leer» desde hace algún tiempo, pese a mis proverbiales reservas con los escritores más vanguardistas —llámense experimentalistas o postmodernistas—. Pero aprovechando la reciente publicación en nuestro país de Ciudad Esmeralda, recopilación de su ficción breve y, sobre todo, gracias a la colaboración de la editorial Minúscula, hoy vamos a poder dar buena cuenta de su obra, y por partida doble: con la mencionada colección de relatos junto a El tiempo es un canalla, su novela más conocida y celebrada, por la que obtuvo, entre otros, nada menos que el Premio Pulitzer en 2011. ¡Mucho que contar!

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Ciudad esmeralda, Jennifer Egan (Editorial Minúscula, 2016)

Once relatos conforman Ciudad Esmeralda y la primera sorpresa es que no hay ni rastro de ese esperado vanguardismo. Ni por asomo. Estructuras y voces clásicas se suceden en historias que transcurren en lugares de lo más diversos, de China a Manhattan pasando por Granada —que no sale muy bien parada— y Bora-Bora. Pero cuyo leit motiv no es precisamente el viaje, sino apuntalar la confusión de unos personajes que en realidad parecen estar haciéndose la misma pregunta: « ¿así que esto es? ¿esta es mi vida?».

Porque a Egan lo que de verdad le importa es conducirnos a ese instante, que podríamos calificar de revelación, o de asunción de los hechos y responsabilidades —y lo que viene por delante—. Poner el acento en la resolución, incierta y frágil, de las crisis personales y conflictos que estallan, no en los dramas que los causan. La autora de Illinois prefiere las sutilezas, la conversación truncada, el acto fallido o la aventura impulsiva que apenas puede ocultar el miedo al vacío, en vez del subrayado hollywoodiense o el pormenorizado e incontinente análisis de psicoanalista. En esta colección de cuentos hay varios estafadores profesionales, pero el lector tiene la sensación que el verdadero fraude aquí es emocional, y lo cometen contra ellos mismos, engañándose una y otra vez.

Ciudad Esmeralda es una compilación muy sólida, sin bajones o historias prescindibles —casi no me atrevo a mencionar el trío final, en mi opinión menos perdurable—, que brilla sobremanera en relatos como el inicial ¿Por qué China?, en el que el periplo de una familia en el gigante asiático se convierte en la desesperada, absurda, persecución de su protagonista, investigado por irregularidades financieras, a la persona que lo estafó, a quien considera el responsable de todos su males, y que casualmente también se encuentra en el país. O en los que su protagonista principal es una adolescente, como el magnífico Una pieza, en el que la sucesión de accidentes domésticos no permiten pasar página a una familia marcada por un ridículo infortunio que acabó con la vida de su madre y marcó especialmente a los dos hermanos anegados por la culpa. O el poderoso Puerto Vallarta, donde el descubrimiento de la infidelidad del padre por parte de su hija desencadena una serie de acontecimientos, entre el histerismo y la liberación catártica más necesaria, en la turística localidad mexicana. O como en el turbador Sagrado Corazón, nombre de un colegio religioso en el que dos alumnas establecen una amistad de lo más particular.

También merecen mención aparte las dos historias ubicadas en el mundo de la moda, la titular Ciudad esmeralda y La estilista, en los que Jennifer Egan hace colisionar, de manera especialmente virulenta, el supuesto glamour de ese mundo con la demoledora sensación de soledad de sus personajes principales. Modelos demasiado perfectas para tener éxito, cinismo y envidias en los locales más exclusivos de la «Gran Manzana», fugaces encuentros sexuales sin relación ni voluntad de continuidad, reportajes fotográficos en remotos parajes de postal en busca de inermes portadas de revista… Los elocuentes parámetros de los que se sirve la audaz e inteligente pluma de Egan para realizar su certero diagnóstico: el de retratar la huida hacia adelante de seres humanos que necesitan descubrir de qué huyen para poder avanzar.

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El tiempo es un canalla, Jennifer Egan (Editorial Minúscula, 2011)

Y ahora sí, cambio radical de tercio con El tiempo es un canalla, su libro más laureado y para algunos, una de las novelas más destacadas de lo que llevamos de nuevo milenio —provocando que incluso la revista Time incluyera a Egan en su famosa lista de personalidades más influyentes, ¿un escritor?—. Un impresionante, por ambicioso y arriesgado, tour de force literario para explicarnos que en la «Era Digital» seguimos tan o incluso más jodidos que antes. La música accesible a todas horas, 24/7/365, e Internet no van a salvarnos. Los problemas no se solucionan gracias a las pulgadas y los kbps. El tiempo, nuestro «tiempo real» sigue corriendo, aunque los publicistas se empeñen en asegurar lo contrario. Inexorablemente.

La obra es un apabullante, profundamente musical, y vertiginoso caos, un «artefacto» de estructura fragmentada y discontinua que abarca múltiples voces y varias décadas, de los 70 a al 2020. Del punk angelino al diario del futuro de una niña en Photoshop, pasando por el 11-S o un safari africano con evidentes ecos de Hemingway. Trece capítulos conectados por el personaje de Bennie Salazar, cuyo trabajo como músico y productor proporciona el contexto a la novela, que pueden entenderse como las trece canciones, cada una de ellas interpretadas por diferentes músicos, de un imposible «disco conceptual», acerca de la soledad, la incomunicación y el pasado siempre llamando a la puerta de nuestro presente. Una sensación de genuina melancolía impregna el libro, con sus protagonistas padeciendo esa constante derrota ante el paso del tiempo. El tiempo es un canalla parece decir al lector que todo está conectado —corrijo, hiperconectado—, pero seguimos sin tener mucho que decir.

Por desgracia, como suele suceder con los discos corales, recopilatorios o con varios autores, el resultado final de la novela es algo desequilibrado, con el interés de los capítulos fluctuando dependiendo de la historia, incluso con un par resultando cargantes, en mi opinión. Sí, me refiero a los episodios 9 y 12, los del periodismo fosterwallaciano y el PowerPoint. Como ideas literarias posmodernas puede que sean logros, incluso encajan bien en el propósito de la obra de reflejar cómo la comunicación evoluciona en nuestra época virtual. Pero su lectura, especialmente en el segundo caso, resulta irritante, demasiado extensa. También el futurista final, moderno «hasta decir basta», me deja algo frío. Dudo que sea capaz de reunir las diferentes piezas de este complejo y poliédrico puzle con la cohesión necesaria. De nuevo —mi queja habitual cuando me enfrento a literatura posmoderna—, no puedo evitar tener la impresión que la estética y la por otra parte muy saludable voluntad de experimentación se torna más importante que la historia que Egan quiere contarnos.

Sin embargo, prefiero quedarme con lo mucho que El tiempo es un canalla ofrece al lector. Egan divierte, desconcierta y engancha con su prosa ágil y viva, sus idas y venidas narrativas, encapsuladas en sus originales y cambiantes formatos. Y, por encima de todo, consigue transmitir ese sobrecogedor anhelo de aprehender el tiempo, de rebelarse contra la vacuidad de la existencia y su inevitable caducidad. Finalmente una novela moderna, vanguardista, que logra «tocar» al lector, siendo no sólo interesante, sino trascendente. Espero que pronto podamos disfrutar de nuevas lecturas de Jennifer Egan.