“Todo lo bueno es salvaje y libre”, Henry David Thoreau

Todo un reto el que os propongo hoy en Indienauta gracias al inestimable apoyo de Errata Naturae. Nada más y nada menos que enfrentarse a Thoreau. Nada menos que adentrarse en la obra escrita de un mito norteamericano convertido en una referencia mundial del… ¡diablos! el “librepensamiento”. Un pionero en muchos sentidos: como literato y ensayista, pero también como uno de los padres de la ecología, el vegetarianismo y la llamada ética ambientalista, además de uno de los ilustres miembros del Grupo de Concord o Trascendental Club, junto a Walt Whitman y Ralph Waldo Emerson. Un tipo, que a mediados del siglo XIX se planteó otra forma de vivir… una que contravenía los principios más fundamentales del capitalismo que regía e iba a regir a la todavía joven “nación de naciones” y, a diferencia de muchos otros pensadores, la llevó a la práctica. Un revolucionario que no dudó en argumentar y ejercer la desobediencia … naturalista. Un pensador salvaje… literalmente. Y tan vigente hoy que asusta. Pero como él querría que no perdiéramos el tiempo en fruslerías, mejor nos ponemos manos a la obra…

 

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Walden, Henry David Thoreau (Errata Naturae, 2013)

El CLÁSICO por antonomasia de Thoreau –alegría que ya ande por su quinta edición desde que Errata lo publicase por primera vez, con una nueva traducción, en abril de 2013–, con la historia de su concepción convertida ya en mito. El 4 de julio de 1845 Thoreau decide abandonar su hogar en Concord, Massachusetts para instalarse en una cabaña, construida con sus propias manos, junto a Walden Pond –la laguna–. A vivir su vida en permanente y profunda relación con la naturaleza, en sus propias palabras, para “vivirla intensamente de principio a fin”, lo que para él equivalía a decir de forma libre y salvaje.

170 años –161 si contamos desde la fecha de su publicación original, 1854– después Walden aún golpea al lector. No es exactamente un libro, son infinidad de cosas. Es un ensayo mayúsculo que se puede trocear en pequeños ensayos, dedicados a la economía, las leyes, los animales, los paisajes y las estaciones del año, el progreso, la amistad, la soledad… Es el resultado expuesto en papel de un experimento práctico en que el autor es el feliz conejillo de indias, entregado con sumo y resuelto placer a la tarea. Pero, sobre todo, es un lúcido –erudito hasta el extremo, quizás el único aspecto que puede echar para atrás al lector en un primer momento– alegato contra la sociedad esclava de un sistema económico que complica la existencia hasta niveles intolerables, impidiendo que el ser humano, servil ante la imparable dictadura del mercado y el trabajo, no pueda ver –nunca mejor dicho– el bosque. ¿Os imagináis a Thoreau viviendo entre seres humanos pendientes del móvil, aparentemente necesitados por adquirir el último Iphone, esperando obsesivamente al siguiente molesto beep de su whatsapp? ¿Creyendo que la buena marcha de las empresas del IBEX 35 va a repercutir positivamente en nuestro bolsillo? ¿Qué seremos más felices con una nómina? ¿Qué adora a un futbolista que se compara un jet privado? Estoy seguro que se hubiera buscado el lugar más recóndito del planeta y se hubiera aislado de una humanidad que ha perdido completamente el juicio.

Uno lee Walden y, por urbanita que sea, se da cuenta de que llevamos mucho tiempo sumidos en una espiral absurda –capitalismo, consumismo, mercado, liberalismo económico, ponedle vosotros el nombre que queráis– que no tiene fin ni lleva a ningún sitio. Al menos, no a hacer a los seres humanos más felices –ya no digamos justos o solidarios–. Y las recetas para salir de ella llevan escritas desde hace más de un siglo… Es simple –no he dicho fácil–. Se trata de volver al ser humano, a su esencia, al elemento natural… En realidad, puede que en eso se haya convertido Walden hoy en día. Un reto radical, sin ambages ni titubeos. Un recordatorio diáfano y firme de que, frente a una ciudad con tendencia al colapso que tiene que restringir la circulación porque la contaminación se la está comiendo, existe una hermosa y tranquila laguna esperando a que recobremos el sentido común… ¿y también nuestra libertad?.

 

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Musketaquid, Henry David Thoreau (Errata Naturae, 2014)

Y del remanso de paz de los bosques y la laguna, al movimiento, al viaje. Aunque mucho menos célebre, Musketaquid es el primer libro de Thoreau y hermano inseparable de Walden, ya que juntos encierran la filosofía y el proyecto literario de su autor, en parte iniciados por la tragedia. En el verano de 1840 Thoreau y su hermano John se fueron de viaje por los ríos Concord y Merrimack en un barca construida por ellos mismos a la que llamaron Musketaquid –nombre indio del río Concord–. Tras la aventura, John moriría a causa del tétanos provocado por un accidente doméstico y el desolado Henry David sólo comenzaría a superar su pérdida a través de la escritura.

Musketaquid es un híbrido muy singular entre el ensayo “marca de la casa” de Thoreau y el libro de viajes. Y digo singular porque Thoreau, el pensador audaz e ilustrado no esconde sus problemas del corazón –ambos hermanos estaban enamorados de la misma mujer, le habían propuesto matrimonio y habían sido rechazados– y ante este fracaso sentimental se permite dejarse llevar río abajo por la melancolía, además reflexionar sobre las complejidades del amor y la amistad, revelando a un autor algo más vulnerable y, por ende, cercano.

Junto a la hermosa experiencia contemplativa que le proporcionan los descensos por Concord y Merrimack aquejados del universal mal amores, Thoreau lidia con la literatura, la filosofía, la religión y la historia, en una nueva demostración de su vastísima cultura –repetimos, a veces extenuante– y ansia de conocimiento. De Homero al Nuevo Testamento, de Milton a las pirámides de Egipto, de las leyes de Manu a Goethe. Y entroncará directamente con Walden, en una versión harto menos beligerante y “revolucionaria”, al hablar de la vida de los indios y su relación con la naturaleza salvaje de Nueva Inglaterra, más cercana a su ideal para el ser humano, más simple, libre y plena.

 

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Un paseo invernal, Henry David Thoreau (Errata Naturae, 2014)

Apenas un centenar de páginas pero, posiblemente, las más hermosas que jamás escribiera el de Massachusetts. Errata Naturae decidió reunir en este libro dos textos breves, centrados en el paseo como experiencia vital, siempre en perfecta armonía con la naturaleza. El primero de ellos, que da título a la obra, narra con deleite una caminata por los campos y bosques helados de Massachussets: un precioso día de invierno. Estación que a los ojos de Thoreau proporciona uno de los mayores espectáculos que la naturaleza nos puede ofrecer –que en esta época del año define como un “gabinete de curiosidades”–. Thoreau en su versión más poética y menos combativa, con pasajes en los que recita cosas tales como “Traedme buenas nuevas,/aún soy todo oídos/para la serena eternidad/que no teme al invierno”. Y uno no puede sino lamentar, ni que sea durante un momento, vivir en una ciudad en la que el invierno es una broma.

En cambio el segundo escrito, Caminar, arranca con un autor dispuesto a reivindicar las bondades del paseo, siempre acometido con “imperecedero espíritu de aventura”, siempre prestos a “reconquistar” nuestra relación con la naturaleza. Es “todo Thoreau” condensado en setenta páginas. Así el relato, a diferencia del anterior, adquiere una dimensión ensayística, de nuevo más próxima a Walden pero más inflamada y ardiente, si cabe, convirtiendo al texto en una apasionada apología de la vida salvaje –humana y animal– frente a la “pusilánime” civilización. En estas páginas leemos a Thoreau casi indignado ante la sociedad, despreciándola –”El zorzal y el trepador son una compañía más estimulante que la de políticos y filósofos, a los que volveremos a ver como quien se reencuentra con unos viejos y vulgares compañeros”– para, a continuación, sentenciar, “La vida coincide con lo salvaje. lo más vivo es lo más salvaje”. Ahí queda eso.

 

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Desobediencia. Antología de ensayos políticos, Henry David Thoreau (Errata Naturae, 2015)

“La ley nunca hará libres a los hombres; son los hombres quienes han de hacer libre a ley”.

Pero junto al naturalista, Thoreau fue también un hombre político –posiblemente a su pesar–, gracias a sus discursos y escritos, donde la personalidad e idiosincrasia del pensador agrimensor, adquiere un vigor y una claridad que, trasladada al voluble momento político-social en el que vivimos actualmente, se nos antoja indispensable. Necesaria. Y en este volumen, primera antología publicada en castellano de sus escritos políticos con textos inéditos junto a sus ensayos fundamentales, podemos dar buena cuenta de ella.

Inquieto ante lo que consideraba flagrantes injusticias e injerencias del Gobierno –”En América no ha habido ni un solo hombre con talento para legislar”– en las vidas de los individuos, Thoreau lanza un conjunto de preguntas que, en su época tenían que ver con la esclavitud y el creciente e imparable capitalismo: ¿hasta dónde debe/puede decidir un gobierno sobre la vida de las personas? ¿puede justificar la libertad el uso de la violencia? ¿debemos acatar las leyes siempre, sin límite alguno? Pero lo más chocante para el lector es lo absolutamente válidas que siguen resultando hoy en día, cuando existen “leyes mordazas”, o cuando un gobierno atacado por el terrorismo proclama su inmediata disposición a defender los valores de su pueblo, la libertad en primer lugar, precisamente recortando las libertades de sus ciudadanos –no es el primero, ¿le seguirán muchos más?–, y presto al uso de la violencia que pretende justificarse en su nombre.

No es que Thoreau fuera un revolucionario –aún más valiente y resuelto fue John Brown y su rebelión frente la esclavitud, a quien el autor dedica dos encendidas defensas–, sino más bien fue un furibundo libertario, no entendido como los nazis del Tea Party tienen la desfachatez de autodenominarse, es decir, como quiénes desean la inexistencia del Estado para campar a sus anchas, o como un anarquista empeñado en la destrucción de éste, sino como una persona que pone el acento en la responsabilidad ineludible e inexcusable del propio individuo. No hay duda:

“Nunca habrá un Estado realmente libre hasta que éste reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del cual se derivan su propio poder y autoridad”.

“Cualquiera que sea la ley humana, ningún individuo ni nación pueden cometer el menor acto de injusticia contra el más insignificante de los hombres sin ser castigado por ello”.

El propio Thoreau hizo de su vida el mejor ejemplo de sus ideas. De hecho, Incluido en el libro, su célebre ensayo desgranando los principios básicos de la desobediencia civil, en realidad una conferencia publicada en 1848, responde a su negación al pago de sus impuestos en 1846, por lo que fue detenido y encarcelado en Concord. En esa tesitura, Thoreau justificó su desobediencia por su rechazo a colaborar con un Gobierno esclavista y belicista –México por aquél entonces–. Es la obstinada, porque no puede ni debe ser de otra forma, oposición al autoritarismo del Estado. La misma oposición al absurdo que hoy fomenta la objeción de conciencia, el 15-M u Occupy Wall Street, la lucha por la memoria histórica, las heroicas acciones del colectivo antidesahucios y, afortunadamente, un largo etc. Individuos concienciados, responsables, críticos y activos contra la sinrazón.

Para ser estrictamente justa [La autoridad del Gobierno, incluso aquella a la que estoy dispuesto a someterme] ha de contar con la sanción y el consentimiento de los gobernados”.

Como decía al inicio de este artículo, enfrentarse hoy a Henry David Thoreau es un reto. Un reto a pensar por uno mismo y actuar en consecuencia. ¿No es ese el primer e indispensable paso para ser libre? Darse un paseo por la laguna de Walden –ni que sea figuradamente gracias a estos libros– me parece una excelente manera de empezar.