8.0
Score

Final Verdict

Escuelas Pías editan un tercer trabajo en el que nos siguen mostrando un talento notable para fabricar estupendos temas de dream-pop que no tienen problema en acercarse a la electrónica o la dureza del shoegaze. Un estupendo álbum con el que consiguen agrandar una discográfia casi perfecta.

Escuelas Pías están inmersos en una de sus etapas más productivas. El dúo formado por Cristian Bohórquez y Davis Rodríguez ha publicado cuatro EPs en apenas un año, y ahora, para culminar esta especie de obsesión con las plantas que les ha dado, editan un álbum al completo. Un disco con doce canciones nuevas que sigue la estela sonora de esos Eps, y que redondea una discográfica casi perfecta. La cual, de hecho, convierte al dúo sevillano en uno de nuestros mejores tesoros musicales.

Manual para cuidar plantas artificiales’ es un disco en el que Escuelas Pías siguen jugando con esa fusión de electrónica, dream-pop y shoegaze que tan buenos resultados les ha dado hasta ahora. Un trabajo que, quizá, se mueve en terrenos más reposados, pero en el que no se olvidan de enseñar las garras y sacar a pasear sus guitarras sucias y melódicas. Ahí está “Los chicos salvajes”, toda una delicia en la que el synth-pop se da la mano con el shoegaze en uno de esos estribillos contagiosos marca de la casa. O la oscura “Fairy Floss”, en la que incluso ensucian un poco más su sonido. Pero eso sí, no pierden el punto melódico en ningún momento. Algo que se puede apreciar en la estupenda, y bailable, “Disco Astral”, o en la potente “Trasteros”.

Escuelas Pías manejan de maravilla el dream-pop con tintes electrónicos. Incluso cuando se ponen más minimalistas y nos dejan una canción como “Karaokes”, en la que apenas necesitan un teclado y su voz para meterte en su pequeño mundo. Eso sí, abriendo con ella han corrido un pequeño riesgo, porque no es un tema fácil y casi se va a los cinco minutos. Más directa es “Rotondas de España”, donde su faceta ensoñadora suena más épica y vibrante. O la catastrófica “Terror”, que es un tanto más sintética y oscura, pero igual de interesante.

Creo que no me equivoco si digo que hay momentos en los que están más pop que nunca. Además, viendo este pop de muy diferentes formas. Y es que, por un lado, nos dejan la ruidosa “Todo lo que hay odiar”, donde se olvidan de la electrónica y entregan un pegadizo tema cercano al C86. Sin embargo, en “Mil formas de caer”, vuelven a los sintetizadores y las cajas de ritmos para dar con otro himno de pop sintético que adornan con unas estupendas guitarras. Y si nos vamos a “Club de damnificados”, nos encontramos con el tema más juguetón de su carrera. Un deliciosa canción que podría emparentarlos con algunos de los grupos patrios más famosos de los ochenta -no voy a decir nombres-. Eso sí, prefieren cerrar recuperando su lado más melancólico y shoegaze en “Gente abollada”.