«El mundo es una máquina de tortura gigante. Indestructible e imparable, ideada por los hombres. En el orden del mundo, Dios es un juguete peligroso».

Y así durante 134 páginas. En este torrencial Érase una vez el fin, que nos llega de la mano de Anagrama, el escritor —entre muchas otras labores, de descargador en astilleros a músico— gijonense Pablo Rivero quema todos los puentes, emprende la revolución más violenta e infructuosa, escupe más vitriolo del que John Lydon jamás será capaz de imaginar, boxea sin guantes, con los nudillos desollados. Hasta que el KO sea definitivo. Reíros de Nietzsche, Donald Ray Pollock o el punk más corrosivo. Si Rivero se parece a algo, es más bien a Kropotkin dinamitando a conciencia la humanidad. Sólo con su pluma.

Y eso que la novela no comienza demasiado bien, rozando peligrosos clichés en forma de «pianista alternativo» —Lou Reed, Cohen, PJ Harvey, Nick, Raymond Carver… umm, sospechoso— al presentarnos a nuestro bebedor, drogota, bohemio y anti-heroico protagonista. Pero no tardamos mucho en darnos cuenta que su autor no está interesado en hacer concesiones al lector, sino únicamente situar los antecedentes previos a la gestación de —con perdón— un grandísimo hijo de puta. Uno que sufre y hace sufrir, resuena, atrona, intenta destruir y autodestruirse, y acongoja sobremanera al lector, porque parece absolutamente real. Espero que nadie se reconozca o empatice con su protagonista. En caso contrario, anónimo lector, espero no llegar a conocerte nunca.

Urgencia kamikaze, crudeza, sociología vérité, honestidad brutal y nihilismo. El retrato sin edulcorantes, descarnado, incluso salvaje, de un estado que es mental, pero también social, local, nacional, mundial: el estado de «todo se ha ido a la mierda». En Érase una vez el fin Rivero utiliza recursos conocidos, como la narración fragmentada, «impresionista», y con querencia por el «realismo sucio» —sucísimo— para contar una historia de miserias y miserables, de deudas de juego patéticas, desfases grotescos, que el escritor lleva hasta el límite. El desastre y sus aterradoras consecuencias en una Gijón de arrabal, deprimida y sórdida, epítome de la falta de futuro y esperanza.

Érase una vez el fin es un descenso a los infiernos de un personaje sulfúrico, que impacta al lector gracias a una voz extraordinariamente lograda. Su agresividad y hieratismo, propulsado por la economía de palabras, es brutal. Cómo si el soliloquio de Monty Brogan ante el espejo en la memorable La última noche tuviera una versión literaria y cañí. Rivero vomita la rabia y la frustración de quien se sabe abocado al fracaso en un entorno de penuria, malas decisiones y martirizantes culpas —el pasado y la demoledora tragedia provocada por la bochornosa inacción— y reacciona cual lobo contra la pared, renunciando a sus rasgos más humanos. Las balas de cañón no tienen moral. Su destino, pese a la tenue sombra de redención en un determinado momento, sólo puede ser uno.

No hay concesiones. Es una nouvelle tan negra y visceral que no tiene nada de edificante y, por ello, resulta entendible que su oscuridad total pueda provocar rechazo en determinados lectores, reacios a adentrarse en semejante espiral de negatividad y pesimismo. Pero al igual que adentrarse en la obra de Hubert Selby Jr. necesita de un buen protector de estómago, sería una lástima perderse este relato de inusual potencia y precisión —la brevedad de la novela juega en su favor—, en el que Rivero consigue encapsular de forma apabullante la voz de un ser humano acorralado, en primer lugar por él mismo y sus actos. Asomarse al abismo asusta, pero en la literatura, la buena literatura, siempre tiene recompensa.