Érase una vez en…Hollywood: testamento tarantiniano

Una pista de las intenciones de Quentin Tarantino en Érase una vez… en Hollywood puede ser que, por primera vez en su carrera, esta novena película, no se inscribe en un género cinematográfico claro. No es un film criminal, ni bélico, ni de terror, ni un (espaghetti) wéstern, ni siquiera una revenge movie de artes marciales. Convengamos que, en el cine de Tarantino, esos géneros no eran más que coartadas, premisas para situar al espectador y sobre todo para satisfacer sus deseos cinéfilos de recrear una secuencia, unos personajes, el ambiente, de ciertas películas idolatradas por él. El director de Jackie Brown (1997) nunca se ha dejado encorsetar por esas etiquetas genéricas y siempre juega en contra de las expectativas creadas. Es un autor. Pero es que aquí, ni siquiera se adscribe a un marco genérico. Por tanto, tenemos al Tarantino más libre, más juguetón y con menos prisa que nunca. Sus historias jamás han sido precisamente canónicas, pero aquí se deja llevar todavía más por sus personajes, que viven sus vidas, conducen de aquí para allá por las carreteras de Los Ángeles, escuchan la radio constantemente y que incluso ven la tele, tejiendo una memoria que claramente es más sentimental que histórica.

Tarantino quiere que entremos en ese mundo que es Hollywood, pero el que está dentro de su cabeza, el de la mente de ese autor al que hemos acompañado durante 8 películas. El Hollywood que vemos aquí está hecho de gestos cotidianos pero no desmitificado, sino venerado con una distancia postmoderna tan llena de cariño como de humor. Para ello se sirve de dos personajes crepusculares que son las dos caras del cine, un actor, Rick Dalton -la ficción, el rostro en la pantalla, la fama, algo de glamour- y un especialista, Cliff Booth -la realidad, el que se la juega de verdad, a cambio de nada- encarnados por dos estrellas de cine que aportan su innegable carisma como son Leonardo DiCaprio y Brad Pitt. Ellos son la película. El tercer personaje importante es Sharon Tate (Margot Robbie). Ella es la inocencia, la fantasía, la parte de sueño que tiene el cine. La ilusión de una carrera que comienza. También es el cebo. Porque con mano maestra Quentin Tarantino nos ha dicho que su película habla de los cruentos asesinatos perpetrados por la ‘Familia’ de Charles Manson en 1969. Crímenes que representan el fin de la inocencia, el lado oscuro del movimiento hippie, la constatación de que el mundo no iba a cambiar por ninguna revolución. El director de Death Proof (2007) sabe que ese conocimiento previo sobre los asesinatos y la terrible muerte de Tate mantendrá en tensión a sus espectadores. Pero su película no va de eso.

El film está formado por secuencias maravillosas que, engañosamente, parece que no llevan a nada. En todo caso, lo importante es el recorrido, no el destino. Hay que dejarse conducir y disfrutar de este viaje al Hollywood de 1969, cuando todo comenzaba a cambiar: Easy Rider se estrenó ese año -y justo ahora fallece Peter Fonda-, el boom de la televisión y las series, o cómo el cine europeo (italiano) se apropiaba de algo tan americano como el mito del wéstern para rodar sus propias fantasías en Almería. Tarantino llena su película de carteles, de marquesinas -fantástico el instante al atardecer cuando se iluminan varios letreros- de coches y por supuesto de canciones -impresionante playlist-. Se permite ser más fetichista que nunca -atención a todos los planos de pies femeninos que hay en la película- e irónico: ojo a la puya cómplice a Román Polanski sobre mantener relaciones con menores –Margaret Qualey está fantástica-. Y se detiene en tres momentos importantes para sus personajes en los que siempre se interesa por enfrentar el mito y la realidad: la pelea entre Cliff Booth y nada menos que Bruce Lee; el momento en el que Sharon Tate entra a una sala para ver su propio film –La mansión de los siete placeres (1968)-; y cuando Rick Dalton interpreta a un malvado en un wéstern dentro de esta película. No debe ser casualidad que Tarantino nos muestre el rodaje de ese film dentro del film sin (apenas) enseñarnos la cámara ni el equipo de rodaje y sin emular los tics de la realización de Sergio Leone o Sergio Corbucci. El autor de Los odiosos ocho (2015) rueda ese falso wéstern como si fuera “real”. Como si estuviésemos en el salvaje oeste. Y, sobre todo, hace un emocionante homenaje a todos esos actores que nunca fueron estrellas, ni respetados en su oficio. Un homenaje al otro star system, que DiCaprio defiende de forma fantástica.

Tras todo esto, poco más se podría pedir, pero, Tarantino demuestra además su pericia para el manejo de la tensión en una secuencia soberbia, cuando el personaje de Pitt descubre a los hippies de Manson -que aparece también, por cierto, en la segunda temporada de Mindhunter encarnado igualmente por Damon Herriman-. Y de paso reincide en el tema de su película convirtiendo a Bruce Dern, auténtico superviviente de ese Hollywood que está recreando, en un anciano ciego y senil que cita nombres del viejo oeste como los hermanos Dalton o John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln.

Es en el desenlace de Érase una vez… en Hollywood, donde creo que Tarantino defiende su tesis sobre la importancia del cine como generador de sueños que pueden ayudarnos a sobrellevar la vida. Si muchas veces se ha criticado al autor del guión original de Asesinos Natos (1994) por la violencia de sus películas, aquí, en lo que parece un ajuste de cuentas, nos enseña de forma magistral cómo la violencia ficticia, lúdica, exagerada, puede producir una euforia -justiciera- que nada tiene que ver con la terrible violencia que han producido horrores como la guerra de Vietnam o los ya mencionados crímenes de Manson. Realidad y ficción. En la primera poco podemos cambiar. En la segunda somos libres para soñar.