Raíces

Lin-Manuel MirandaHamilton (2020)- adapta su propio musical -con la ayuda al guión de Quiara Alegría Hudes– En un barrio de Nueva York –In the Heights en el original- un vibrante musical, de aliento clásico pero con tics modernos, estupendamente dirigido por John M. Chu Step Up 2 (2006)-. La historia se centra en tres jóvenes, de origen dominicano, que viven en el barrio de Washington Heigths en Nueva York. Cada uno tiene diferentes sueños: el del protagonista Usnavi (Anthony Ramos) explícitamente bautizado como ‘sueñito’, es montar un chiringuito en su isla natal; el de Vanessa (Melissa Barrera) es convertirse en diseñadora de moda y el de Nina Rosario (Leslie Grace), casi una hermana para Usnavi, es por el contrario un sueño, roto, el de estudiar en la Universidad, en realidad, el sueño de su padre, Kevin (Jimmy Smits).

Estos anhelos de cada personaje, un lugar común del cine estadounidense y sobre todo, del género musical, son solo un Mcguffin que impulsa la trama. En realidad, En un barrio de Nueva York habla de raíces. Los personajes son inmigrantes de segunda generación, de países caribeños como República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, que se han afincado en el mencionado barrio. Pero todos miran con nostalgia hacia sus orígenes -caso de Usnavi, que recuerda su infancia con su padre fallecido- o intentan escapar de ellos, como Vanessa; o quieren volver a su zona de confort, como Nina Rosario. La historia es rica en referencias a la herencia latina de los personajes, a su idiosincrasia y costumbres, representadas en el importante personaje de la abuela Claudia (Olga Merediz), auténtico corazón del film. El conflicto coyuntural es la gentrificación que eleva el precio de la vida en el barrio y obliga a sus vecinos a una nueva migración, alejándolos de lo que se había convertido en un segundo hogar. Este conflicto, el de irse o quedarse, es el que realmente divide a los personajes, que deberán encontrar, cada uno, el sentido de su vida. 

En un barrio de Nueva York es un musical luminoso y energético, pero con la mirada puesta en los conflictos sociales de los inmigrantes residentes en Estados Unidos, personificados en Sony (Gregory Diaz IV), un joven que se siente estadounidense, pero cuyo futuro es incierto. Con esta temática de fondo, Lin-Manuel Miranda compone temas con bases latinas que funcionan estupendamente en pantalla: son ritmos muy bailables que permiten coreografías espectaculares. La dirección de John M. Chu está a la altura y la película tiene varios momentos memorables: la secuencia inicial que sirve de prólogo a la vida en el barrio y presenta a los personajes; el estupendo número de la fiesta en la piscina, con guiños a Esther Williams; la odisea de la abuela en el metro, con simbología trascendental; el baile de las banderas y la romántica danza entre Nina Rosario y Benny (Corey Hawkins), en vertical, sobre la fachada del edificio.