Se acaban las vacaciones, pese a que el triunfal título del libro reseñado, cortesía de Alfaguara, sugiera paisajes idílicos. Pero En Lake Success, segundo encuentro de un servidor con la afilada pluma de Gary Shteyngart, es todo lo contrario. Una sátira sobre la Norteamérica previa al advenimiento de la trágica presidencia Trump, que pone del revés varios géneros literarios, así como los mismos cimientos de una nación erigida a través del capitalismo depredador o falaces mitologías, como la del self-made man, exclusivas para «blanquitos» privilegiados…

Aunque mi anterior lectura de Shteyngart, sus memorias Pequeño fracaso, también bebían del sentido del humor, la inmigración y la sátira, el parecido con En Lake Success es prácticamente nulo. Porque si en aquella, el woodyalleniano relato de su americanización desde su Leningrado natal era costumbrismo amable, en esta obra todo está al servicio de diseccionar a la sociedad estadounidense actual. Y es que, para empezar, sus migrantes ya no son tales —segunda o tercera generación—. Han nacido en Estados Unidos y, de hecho, les va tan bien que epitomizan los eslóganes de la «tierra de los libres» y «las oportunidades»… Al menos, en apariencia.

Porque Barry Cohen y Seema, nuestros dos personajes centrales, deberían ser la pareja perfecta. Los mejores estudios. Millonarios gracias a la gestión de fondos de inversión de él. Propietarios de un apartamento de lujo frente a Central Park —Rupert Murdoch por vecino—. Jóvenes padres de Shiva, un crío de tres años… al que diagnostican autismo. Y entonces, todo se va al garete. Tras una discusión en una cena con amigos, salen a la luz los inminentes problemas con sus inversores —una operación catastrófica— y con la justicia de Barry —uso de información privilegiada— y lo que es peor. No sabe cómo lidiar con el trastorno de su hijo. ¿Respuesta? Dejarlo todo y huir. Hermosos y malditos

A partir de aquí, En Lake Success se disloca en una historia doble. Por un lado, la road movie de Barry, heredera —el propio Shteyngart nos lo dice— de Kerouac, cruzando el país de costa a costa en autobús Greyhound, claro. En realidad una brutal parodia del género, con especial saña a todas esas obras que abordan el autoconocimiento mediante el viaje con tintes épicos. Por el otro, el de las novelas upper class románticas y, de nuevo, reinvención personal que, en teoría, aborda Seema. Una madre coraje —sin estrecheces económicas— que encuentra un nuevo amante mientras se plantea si puede recuperar su sacrificada carrera profesional. E, incluso, sus raíces indias.

La bifurcación de En Lake Success brinda varias escenas memorables y una retahíla de genialidades narrativas, mostrando con una precisión quirúrgica la fatuidad de sus personajes, sobre todo Barry. Tenemos quema de tarjetas de créditos. Polvos que deberían ser redentores. Búsqueda de la novia de la universidad, Layla… Sin embargo, a un servidor le resulta del todo imposible empatizar con dos esnobs de manual, recalcitrantes, obsesos de ellos mismos, sus estatus o sus relojes —vaya turra—. Tengo la impresión que esa es, precisamente, la voluntad del autor, y que la aparición de secundarios como Layla, sus pacientes padres, o los de Seema, quiere confrontarlos con personas con preocupaciones muy distintas a las suyas.

De hecho, Shteyngart va más allá, haciendo de ese viaje hacia el absurdo la excusa perfecta para mostrarnos la fractura abierta, supurante, de la nación. Uno está acostumbrado a los relatos de basura blanca y rednecks. Pero el ruso-americano nos enseña que hay otra «América profunda», forjada en las mejores universidades, con todas las opciones y privilegios. La intocable élite. El otro caldo de cultivo del Make America Great Again. Barry Cohen y Donald Trump. Infantiles, narcisistas, arrogantes, irresponsables, de fortunas harto cuestionables, en realidad llenos de complejos. Monstruos alternativos del sueño americano.

Porque esa es la otra historia de En Lake Success. El transcurso, paralelo a los sucesos novelescos, hasta la inesperada victoria de Trump en las presidenciales de 2016. La conjunción del momentum político con la apuesta por la astracanada y la exageración busca pinchar al lector. Shteyngart parece decirle que Trump es tan solo el reflejo de la huida hacia delante de un país cuesta abajo y sin frenos. Que antes que asumir sus pies de barro, prefiere redoblar la apuesta por el disparate. De nuevo, me resulta algo inconcebible que a la inteligentísima Seema —personaje que podría haber dado más de sí— le lleve tanto tiempo entender que su marido —¿ella no?— es parte del problema nacional.

En cambio, sí creo que Barry epitomiza bien a ese deseo permanente de grandilocuencia, atención y afecto de los Estados Unidos de Trump. Es más —atentos al final, benévolo y redentor—, ¿puede ser que Shteyngart esté simplemente diciendo que su protagonista, quizás igual que el expresidente naranja, es estúpido sin solución de continuidad? ¿Y si sus demonios, a fin de cuentas, solo se explican por su ego —cromos de megaricos para niños desfavorecidos, amores para masculinidades frágiles—? ¿Quizás Barry no es tan diferente, mucho menos inocente, que su pobre hijo? ¿Y si no hay nada dentro?

Tengo claro que si el autor no fuera tan talentoso como Gary Shteyngart, En Lake Success sería inaguantable. Su prosa es natural, en apariencia ligera —bien reflejada por la traducción de Catalina Martínez Muñoz—, y logra maridar la agudeza de la sátira con una suerte de melancolía yanqui y la enjundia de la angustia del inmigrante. No obstante, si el lector traga con los whiskies de más de 30.000 dólares y más cronógrafos de los imaginables, se va a topar con una novela de una profundidad y actualidad inusitadas, entre risas mordaces y patetismo sin filtros. La hoguera de las vanidades en la era de la máxima banalidad…