Ema

Incendiarias

Dos películas conviven en la sorprendente Ema de Pablo Larraín –El club (2015), Jackie (2016)-. La primera está fuera de campo, se mantiene en el misterio y es un melodrama sobre dos padres que pierden la custodia de su hijo. La segunda, la que vemos, es la repercusión emocional de esa historia no contada, de ese drama sobreentendido. Larraín abandona el desarrollo dramático para explorar sentimientos, sobre todo de culpa, presentándonos a unos personajes crueles -a una sociedad cruel- que en poéticos diálogos de frases lapidarias hacen acusaciones terribles, enjuician a los otros sin piedad. Aceptamos la estrategia de Larraín porque cada plano de su película es tan raro como bello, por la fotografía de intensos colores apagados de Sergio Armstrong, la música de Nicolas Jaar y las hipnóticas coreografías de Jose Luis Vidal.

Larraín mezcla danza, música y sexo, en un crescendo de ideas literalmente incendiarias, cada vez más abstractas, hasta que los personajes -la sociedad- parecen volverse locos: esa compañía femenina de baile que parecen brujas o vampiresas, además de una abogada y un bombero (claro) que acaban enredados en la tela de araña que teje Ema, un personaje extremo, poderoso, peligroso, memorable, interpretado por la magnética Mariana Di Girolamo, contra la que no puede hacer nada un macho despistado, el coreógrafo al que da vida un habitual del cine de Larraín, Gael García Bernal. El discurso de este contra el reguetón es fantástico y tan verdadero como la defensa que hace enseguida otra bailarina (Giannina Fruttero), elevándolo a la categoría de lo contracultural precisamente por ser, simplemente, sexo convertido en ritmo. El giro final de la película, que nos devuelve a la historia no contada, convierte Ema en un ejercicio crítico que desmantela desde la ficción la base de la sociedad, la familia tradicional.