Resulta complicado imaginarse que en este 2023 tengamos un título musical más exorbitante que la reedición —en lujoso estuche— de los dos volúmenes de la biografía de Elvis de Peter Guralnick publicada está primavera por Libros del Kultrum. Considerada de forma unánime —fue escrita mucho antes de Twitter— la obra definitiva sobre el icono de Tupelo, Mississippi, y una de las cumbre del género, estamos ante un texto tan vasto y formidable que exige ser desgranado en dos tandas. Así que, sin más dilación, toca coger el Último tren a Memphis y adentrarnos en La construcción del mito.

Nacido en Boston en 1943, Guralnick es uno de los críticos más reputados de la historia de la música americana. Aunque debutó como autor en los 60 con dos libros de cuentos, ya en los 70 se pasó al rock, con clásicos como Feel Like Going Home (1971) —también guionizó el documental dirigido por Martin Scorsese—, Lost Highways (1979), Sweet Soul Music (1986), junto a sus biografías Sam Phillips: The Man Who Invented Rock ‘n’ Roll (2014) —coprodujo y escribió el filme homónimo—, Dream Boogie, sobre Sam Cooke (2005) —ambos en la agenda de Kultrum, ¡albricias!— y este laureado doble mamotreto (1994 y 1999) dedicado a Elvis. Miembro del Salón de la Fama del Blues y seis veces nominado a los Grammys estamos, citando al crítico musical Nat Hentoff, ante «un tesoro nacional». 

El lector que decida adentrarse en este Elvis no tardará nada en darse cuenta de los porqués de tanto elogio grandilocuente. Y es que, ya entrando en materia, Último tren a Memphis es la simbiosis perfecta entre vida y obra del biografiado, además de una soberbia contextualización sociocultural de la época. En este caso, la de un joven cuya infancia-adolescencia no hacía presagiar, ni remotamente, su destino y, no obstante, se abrió paso hasta convertirse en un fenómeno incomparable, más allá de lo estrictamente musical. En ese sentido, estamos ante el bildungsroman de un protagonista único, que aúna la idea de América y su versión de Jesucristo —ambas harto capitalizables— en su voz de barítono y libidinosos contoneos.   

Aunque, de inicio, la historia de Último tren a Memphis es dickensiana. Nacido en 1935, Elvis Aaron Presley era la pura definición de «basura blanca» sureña. Creció en la pobreza, con un padre, Vernon, entre la apatía y el vividor —pisando la cárcel—, y una sufrida madre, Gladys, a la que siempre estaría especialmente apegado. Casas shotgun. Un hermano gemelo nacido muerto. Dependencia de las ayudas del gobierno y los vecinos. Góspel en la iglesia Asamblea de Dios, primera inspiración. Varios hogares y escuelas, donde es considerado average, tímido y solitario. Pero el paso a la adolescencia produce el cambio. Un jovencito blanco de barriada negra, tocando hillbilly a diario durante el almuerzo escolar. Devoto del programa de radio local de Mississippi Slim, quien le brinda sus primeros «bolos» a los 12 años. 

Hasta que, en 1948, la familia se mudó a Memphis, Tennessee. No sin dificultades ni titubeos —esa C en música en el instituto, su miedo escénico—, Elvis sale del cascarón. Tutelado por su profesor de guitarra y vecino Lee Denson, empieza a formar parte de la escena musical local mientras enlaza diversos trabajos. Comienza a destacar con su tupé, patillas y ropa llamativa. Y se deja obnubilar por los neones de Beale Street, donde el didáctico y generalmente sobrio Guralnick —enfoque coloquial, rehuyendo juicios de valor y protagonismo, bien reflejado por la traducción de Alberto Manzano—, se permite algo semejante al lirismo para recrear la magia de esos momentos. El germen de la leyenda está aquí… 

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Elvis se topa con sus fans en Houston, 1956. Foto: Bettmann/Getty Images

…Sin embargo, el ascenso de Elvis no sería inmediato, sino fruto de mucho trabajo y resiliencia frente a los varapalos. En el relato de Guralnick asoma un muchacho tan bisoño como testarudo, que había elegido la música como su futuro tras graduarse en junio de 1953. Una esponja presta a absorber cualquier canción, técnica y registro que fuese capaz… Así arribó a las oficinas de la Memphis Recording Service de Sam Phillips —previa a Sun Records—. Dos acetatos y una audición fallida después su vida parecía encaminarse a conducir un camión. Pero Phillips, decidido a encontrar a su «hombre blanco de sonido y sentimiento negro» —estupenda disección del segregado negocio discográfico de la época— perseveró junto a él… Hasta toparse con «That’s All Right».

Ahora sí, nacía el «fenómeno Elvis». La meticulosidad de Guralnick hace que parezca que estemos delante de un cuaderno de bitácora que, sin caer en valoraciones, desgrana cada actuación, tema escogido y espinosas cuestiones incipientes. ¿Fue su archiconocido e imitado rubber legs fruto de los nervios o natural respuesta rítmica? ¿Se aprovechó de la alocada reacción femenina y consiguiente polémica? Louisiana Hayride —tras el fracaso en el Grand Ole Opry de Nashville—, anuncios y jingles, más las giras constantes apoyadas en hits exitosos lo convirtieron en una estrella regional… llamando la atención del coronel Tom Parker, afamado promotor y el supervillano —con matices— de esta epopeya rockabilly. 

Entramos en el tramo final de Último tren a Memphis. Dos años de vértigo (1956-1958), con un Elvis sabedor de su poder para con las masas —epítome del fervor y pulsión adolescente—. Pero donde el relato, de tan hiperbólico, no puede obviar su lado aterrador. «Hound Dog», «Heartbreak Hotel», «Blue Suede Shoes», «All Shook Up», «Don’t Be Cruel»… Extenuantes giras y exposición constante —pronto se cobrarían su peaje físico—. El fichaje por RCA, choque de titanes entre Parker y Phillips. La conformación de un entourage para proteger —¿o controlar?— a la emergente figura. Televisión y cine —por mucho que Guralnick no juzgue, infames—. Dinero y fama a espuertas. Graceland. Material para la prensa amarillista y rosa —arrebatos de ira incluidos—. El éxito incontestable a nivel nacional había llegado… a la vez que acechaba Dorian Gray

Ambos, no obstante quedarían postergados, salvados por una extraña «campana»: la del servicio militar. Hecho en la vida de Elvis que Guralnick aprovecha sabiamente para cerrar este primer volumen de la biografía. Detallista, ecuánime —seguramente no tiene cabida en la obra, pero me hubiera encantado algo más acerca de la apropiación o no de la música negra—, rigurosa, nada hagiográfica o sensacionalista… Último tren a Memphis es una lectura exigente, no del todo aconsejable para el lector casual. Pero es gratificante como pocas. Y aún os queda enredaros en los Amores que matan. Que lo disfrutéis.