De un tiempo a esta parte, un personaje que levanta mucha polvareda es Elon Musk (Pretoria, Sudáfrica, 1971), el emprendedor norteamericano —también dispone de la nacionalidad canadiense, vía materna—, un crac para muchos y un hombre peligroso para otros muchos. En el cómic se puede leer en diferentes momentos que el multimillonario es de ideas volátiles y grandilocuentes. «Musk es brillante en ciertas áreas concretas, pero tiene tendencia a precipitarse sin pensar».
Elon Musk. Retrat d’un oligarca es una muestra más de que una novela gráfica es capaz de cambiar de piel y operar como el mejor periodismo de investigación. También, como una lectura inquietante, en que el humor tiene poca cabida. Darryl Cunningham (Gran Bretaña, 1960) resigue una historia sobre el éxito y el progreso de un depredador, un emprendedor desmedido, y de cómo puede dictaminar e influir sin control alguno en el destino de los demás, simplemente por el hecho de tener acceso a grandes cantidades de dinero.
La vida de Elon Musk, expuesta de manera concisa, destaca por detalles sorprendentes, creando una narrativa vívida. El álbum supone un poderoso retrato caricaturesco de una figura extravagante, un hombre extraordinariamente rico con rasgos adolescentes: fabrica coches rápidos, juega con cohetes, ataca y descalifica a desconocidos en redes, como salta arriba y abajo en mítines políticos. Su paso por la Casa Blanca ha sido alocado y efímero.
La cuestión estriba en saber si el oligarca es un superhéroe o un supermalvado, en un momento en que sus grandes planes para la red social X; SpaceX y Tesla lo enmarcaban como un visionario. A finales de 2008, días antes de que Tesla se enfrentara a la quiebra, la NASA otorgó a SpaceX, la empresa de aeronáutica de Musk, un contrato de 1.600 millones de dólares. La inyección económica permitió al magnate tecnológico mantener su empresa automovilística.
Conforme avanza el relato, viene a la memoria Julianne Nicholson, una millonaria tecnológica que, en una ficción no tan alocada, la serie Paradise —un thriller político con trazas de relato apocalíptico, que este mes estrena segunda temporada— acaba accediendo al poder desde un búnker. Claro ejemplo del viejo proverbio que reza sin paliativos «el hombre es un lobo para el hombre».
La delineación del británico y el uso de colores sólidos mantienen el relato encendido y, cuando este se instala en forma de párrafos, las páginas fluyen con facilidad. Cunningham no se preocupa de psicoanalizar al personaje; sin embargo, atiende a la influencia paterna de Musk. También, a cómo el empresario global abraza las causas de extrema derecha y el largoterminismo, que no se centra en las necesidades de las personas, sino en el futuro a largo plazo de la humanidad. Una nueva obsesión del turbocapitalismo.
El reciente Premio Nobel de Literatura, el autor húngaro Lazlo Krasznahorkai (1954), en su discurso de aceptación ha hecho una clara advertencia sobre Elon Musk y su viaje sumamente improbable y sus negocios. «Con sus planes demenciales se está apoderando del espacio y el tiempo». Al hilo de esa línea de pensamiento, el cómic de no ficción de Darryl Cunningham representa un serio aviso.
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