8 Oct 2026 15.035 artículos desde 2008
Libros

Ella Fitzgerald, Judith Tick (Libros del Kultrum, 2024)

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Vuelve Libros del Kultrum con una propuesta destinada a convertirse en obra referencial: Ella Fitzgerald. La cantante de jazz que transformó la canción norteamericana, a cargo de Judith Tick. Una minuciosa inmersión en la carrera, con interesantes pinceladas sobre el contexto político-social en la que transcurrió y su vida privada, de la llamada «Primera dama de la canción». Un apodo que certifica la gigantesca dimensión de la biografiada. Una de las grandes del jazz —se discute el orden, pero no las integrantes del podio, compartido junto a Billie Holiday y Sarah Vaughan—. Y mucho más que eso… 

Profesora emérita de historia de la música por la Universidad Northeastern en Massachusetts —donde la autora reside—, Judith Tick es una destacada historiadora y musicóloga, especializada en el modernismo primigenio y la historia de las mujeres en la música. Entre sus publicaciones más relevantes tenemos libros y artículos sobre Aaron Copland, Charles Ives, y la premiada biografía Ruth Crawford Seeger: A Composer’s Search for American Music (1997). Además, Tick es editora asociada de la revista Musical Quarterly y fue elegida miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias en 2004. 

Traducida por Antonio Jiménez Morato, Ella Fitzgerald es la primera biografía sobre la artista en castellano, resultado de más de diez años de investigaciones, en las que Tick ha obtenido fuentes no consultadas hasta la fecha. Entrevistas a familiares y compañeros de profesión. Grabaciones y canciones perdidas. Junto a una ingente labor archivística, recopilando reseñas de medios afroamericanos y prensa local, olvidada o soslayada en nombre del racismo. Una exhaustividad manifiesta ya en los capítulos iniciales, que proporcionan información acerca de la poco conocida infancia de Ella Jane Fitzgerald (1917-1996) en Yonkers, Nueva York —nació en Newport News, Virginia—, así como sus complejos inicios como cantante.

De ese modo, mediante capítulos donde la autora cede el protagonismo a la información, Ella Fitzgerald traza una primera etapa marcada por la trágica muerte de la madre, Temperance, en 1932, y un inconciliable año de reformatorio. Allí fue víctima de abusos, pero también empezó a destacar en el coro de la institución. Una vida familiar y educativa deprimente, en extremo contraste con el deseo de ganarse la vida bailando y cantando. Aún adolescente, y sometida a mortificantes situaciones de discriminación racial y física, vemos su paso por hospicios, clubs nocturnos y coros, mientras aprende a tocar el piano y absorbe la música de la época gracias a la radio. «Lady Ella» todavía quedaba lejos, no así el arranque de una carrera seminal.  

Ella Fitzgerald en el Savoy Ballroom de Harlem en 1940. Foto: Gilles Petard/ Redferns.

Porque, tras su considerado bautismo de fuego, el 21 de noviembre de 1934, ganando el concurso Amateur Night Shows en el mítico Apollo Theater de Harlem, Ella Fitzgerald entró a formar parte en la orquesta de Chick Webb. A partir de aquí, Tick redobla su apuesta por la escrupulosidad, detallando actuaciones y giras —diría que incluso de forma excesiva—. Aunque sirve para refrendar dos de las líneas maestras de la obra. El estajanovismo en directo, forjador de su leyenda, que iría ampliándose a medida que crecía su rol en el combo y llegaban los éxitos, particularmente a partir de «A Tisket a Tasket» en 1938. Y la perenne controversia que vendría con el estrellato: ¿qué tipo de cantante, quién era Ella?

Y es que, en esta primera etapa, en su repertorio abundaban pop y swing, con profusión de baladas. Estilos menores —¿vulgares?— para puristas jazzísticos, cuyos prejuicios no borraron ni los primeros encuentros con luminarias del calibre de Louis Armstrong, Count Basie o Duke Ellington. No sería hasta mediados de los cuarenta, pasada la asunción del liderazgo —tras el fallecimiento de Webb— de la renombrada Ella Fitzgerald and Her Famous Orchestra y su disolución, por agotamiento, en 1941, que la perspectiva cambiaría. La gestión de su carrera en solitario, unida a la figura de su mánager Norman Granz, quien la convirtió en bandera de los conciertos y tours de Jazz at the Philharmonic (JAP), darían paso a «Lady Ella». 

Sin bajar el exigente pistón de shows y grabaciones prolijamente comentadas, Tick abre los focos de interés en el copioso tramo central de la entronización de Ella como «La Gran Cantante Americana». Por un lado, nos habla de su portentosa habilidad para asimilar estilos, como el bebop y el scat a raíz de su gira con Dizzy Gillespie. De temas que la auparon, ahora sí, entre las primeras espadas del jazz vocal, caso de «Lady Be Good», «How High the Moon» o «Flying Home». Pero también de una complicada vida sentimental y doméstica, con dos, o tres, matrimonios fallidos y la adopción de un niño cuya madre —fácilmente legible entre líneas— iba a estar ausente. Y los incipientes achaques de salud. 

De hecho, la crónica de su reinado amplifica esa sensación de relato «por oposición» en los cincuenta y sesenta. Doblegó encasillamientos y convencionalismos estilísticos con su extraordinaria y versátil voz, reflejada en sus discos con Armstrong, Stan Getz u Oscar Peterson. O los hoy canónicos Song Books, en los que interpretó a los grandes compositores de la música popular estadounidense —Ellington, Cole Porter, George e Ira Gershwin, Rodgers & Hart, Harold Arlen o Johnny Mercer—. No obstante, asimismo asoman frustraciones con la televisión. Su transformación en peculiar activista —inexistente en sus comienzos— frente a las tensiones raciales. O su penoso affaire nórdico, reflejo de su soledad.
 
Y es que el libro deja un poso de tristeza. El tramo final, acelerado por la autora en, a mi juicio, una loable muestra de respeto centrado en reconocimientos y revisionismos tardíos, resulta aciago a causa de sus graves problemas con la diabetes, cuyas complicaciones truncaron su carrera y, a la postre, su vida. En cualquier caso, Tick cierra el círculo, acercándonos a Ella en todas sus facetas. La artista colosal: brillante, polifacética, pionera, dueña de una carrera triunfal. Pero también la mujer contrita, pesarosa. Una figura esencial de la música —irreductible a géneros— que ahora cuenta con una lectura acorde en nuestro país.