‘Me Too’ medieval

Creo que está claro que el gran tema de la ficción reciente -no solo en Hollywood- es el de las reivindicaciones feministas, la constatación de una discriminación que sigue existiendo y sobre todo, la denuncia de la violencia contra las mujeres. En El último duelo, nada menos que Ridley Scott -ese que en 1979 convirtió a Sigourney Weaver en una de las primeras heroínas del cine de ciencia ficción en Alien y responsable de Thelma y Louise (1991)- adapta un texto de Eric Jagger, inspirado en una historia real ocurrida en 1386, que sirve como vehículo para hablar de los temas antes referidos.

La película comienza presentando a dos de sus personajes principales, Sir Jean de Carrouges (Matt Damon) y Jacques Le Gris (Adam Driver), cuya relación bascula entre la alianza interesada y la rivalidad. Luego conoceremos al tercer y más importante personaje, Marguerite (Jodie Comer), quien se convierte involuntariamente en el objeto de conflicto. Sobre todos ellos planea la figura de Pierre d´Alençon (Ben Affleck), el señor feudal de las tierras en las que ocurre la acción. La película se divide en tres partes, cada una narrada desde el punto de vista de los tres personajes, que tienen perspectivas diferentes sobre un hecho central, la violación de Marguerite. Recordarán ustedes un clásico como Rashomon (1950) de Akira Kurosawa que presentaba una premisa muy similar.

Con estos elementos, Ridley Scott despliega su efectiva puesta en escena, sólida y elegante, una narrativa eficaz que nos introduce de lleno en lo contado, apoyándose en un diseño de producción sobresaliente que permite una recreación convincente de la Edad Media. El último duelo tiene un empaque espectacular y una historia interesante, pero, quizás, los equivalentes que establece entre el juicio por violación histórico y los casos actuales de agresión sexual, son demasiado obvios: se pone en duda la palabra de la víctima, que acaba siendo juzgada y criminalizada, tal como, lamentablemente, sigue ocurriendo hoy en día. Se expone también el papel de la mujer en dicha época, que era el de una mera posesión de los hombres -primero del padre, luego del marido- que servía como moneda de cambio para conseguir tierras, extinguir deudas o alcanzar un determinado estatus social. La película se aleja completamente del amor caballeresco, el teórico precedente del amor romántico como lo concebimos hoy en día, y expone además otra actitud muy común: el violador se cree realmente inocente. La resolución del conflicto lleva a un estallido de violencia, un exceso de sangre derramada que invita a pensar en la brutalidad masculina y nos hace preguntarnos si los dos contrincantes de ese último duelo necesitaban realmente la excusa de la violación para resolver sus diferencias.

Creo que la película se resiente por cierta indefinición en su mensaje, más allá de ser una clara denuncia. Y personalmente creo que las interpretaciones de Driver, Comer y Affleck son demasiado contemporáneas, demasiado parecidas a lo que esperamos de ellos, siendo, para mí, Matt Damon el único que realmente compone un personaje alejado de sus registros más habituales.