Hay un método, un orden en el caos. Y la contradicción. Ese sería el resumen de El sueño de un hippie, traducción al castellano cortesía de Malpaso Ediciones de Waging Heavy Peace, una especie de memorias que su propio autor definió en un encuentro con Patti Smith de la siguiente forma: “No son del todo unas memorias. Es más como un diario y una proyección”. Supongo que pretender que Neil Young se enfrascase en una autobiografía al uso no tenía demasiado sentido. No para un personaje que siempre ha nadado a contracorriente.

Artista, padre de familia y empresario. El orden de los factores no importa. Tampoco en la narración, la más deslavazada y caótica que servidor haya leído jamás en este peculiar género literario que son las memorias. Incluso diría más, no son pocos los pasajes en que uno se sorprende ante la parquedad expresiva, fea reiteración o bruta dejadez. No, Neil Young no corrige ni revisa. Eso sí, tampoco usa “negro”.

El presente, obsesionado con sus complejos negocios en pos de la calidad de sonido en la era digital o un automóvil que funciona con biocombustible, se entremezcla con los recuerdos de sus comienzos, la sempiterna búsqueda de la inspiración, Buffalo Springfield, sus relaciones sentimentales, Crosby, Still, Nash & Young, su padre, la era hippie, Crazy Horse, envejecer, el cine, trenes, etc, etc, etc. Todo cabe en El sueño de un hippie. Todo sin orden ni concierto.

Semejante batiburrillo de ideas plasmadas al papel, a borbotones y sin filtros posteriores, conforman una obra desigual. ¿Podemos decir que el libro funciona? Imagino que para los fans más abnegados sin ninguna duda, ya que el huraño, esquivo y muy celoso de su vida privada Young revela multitud de anécdotas y vivencias que a buen seguro harán las delicias de sus seguidores. En cambio, para los fans ocasionales o los lectores simplemente curiosos las idas y venidas sobre coches y, especialmente, la propaganda acerca de Pure Tone, luego rebautizado como Pono —su intento de mejorar el sonido de los archivos musicales digitales—, agota. A veces uno tiene la sensación de estar leyendo al cascarrabias y locuelo abuelo Simpson en vez de a una leyenda de la música.

Lo curioso es que, al mismo tiempo, tanta tozuda obstinación que va en detrimento de una lectura fluida, acaba mostrando al auténtico Neil Young probablemente mejor que cualquier biografía al uso. Y es que sin cortapisas ni filtros, estas memorias revelan a un artista, pero sobre todo persona, tan contradictorio como insobornable. Alguien inquieto, siempre en busca de una nueva reinvención artística, ambicioso, impulsivo, excéntrico y rebelde, siguiendo únicamente los dictados de “la musa”, a veces caprichosa —es la razón que provocó no pocas rupturas con músicos y amigos—, otras huidiza —el libro está escrito en una época de sequía que preocupa sobremanera a Young—, siempre genuina.

¿Qué la musa se ha equivocado alguna vez? Sin duda, y ese es precisamente otro de los triunfos de El sueño de un hippie. Su autor no tiene reparo alguno en reconocer los errores y agravios causados, así como agradecer los apoyos recibidos —más vale tarde que nunca, admite— a lo largo de su dilatada carrera. En ese sentido es donde emerge la persona, un espíritu todavía joven y creativo al que los achaques de la edad empiezan a pasar factura y, que al echar la vista atrás, sin prejuicios, está tanto pasando revista a una carrera difícilmente comparable en la historia de la música, con mil y una reinvenciones, como ganando un buen dinero —no lo esconde—, así como tomando impulso para su siguiente y, por supuesto, imprevisible, paso. Neil Young, genio singular y multifacética figura.