El ser querido

Padre e hija
Rodrigo Sorogoyen es el maestro de la tensión. Su cine comenzó con thrillers como Que Dios nos perdone (2016) o El reino (2018), sólidos ejercicios cinematográficos que jugaban con los géneros, ponían de fondo conflictos sociales y políticos, y se sostenían sobre guiones perfectos -firmados por Isabel Peña-, un trabajo de cámara concienzudo, un montaje vivo y una música juguetona. Pero película tras película, Sorogoyen ha logrado también manejar la tensión cinematográfica con otro elemento: la interpretación. Se viene a la cabeza una tensa reunión de policías en un bar en la serie Antidisturbios (2020) que se apoya sobre todo en la testosterona de los actores. También, por supuesto, la visitas al bar del francés Antoine (Denis Ménochet) donde era acosado de forma terrible por Luis Zahera y Diego Anido en la estupenda As bestas (2022). Este mecanismo, ya dominado completamente por Sorogoyen aparece ahora en la que puede ser su película de mayor ambición autoral, El ser querido (2026), un prodigio de tensión casi insoportable que se erige sobre las interpretaciones de dos actores fantásticos, un monstruoso Javier Bardem y una soberbia Victoria Luengo. Ellos interpretan respectivamente a un padre y a su hija, que se reencuentran después de dolorosos años de abandono por parte del primero. Él es un director de cine que vuelve a España y ella una actriz que no ha conocido el éxito. La forma del primero de enmendar sus errores es darle a ella un papel importante en su nueva película.
El inteligente guion de Isabel Peña, que no da puntada sin hilo, introduce así un conflicto familiar explosivo -son años de culpa y rencores- en el tenso escenario de un rodaje, en el que los protagonistas se mezclan con otros actores y con el equipo técnico de la producción. La gran habilidad del guion es convertir las situaciones propias de un rodaje en perversos equivalentes de situaciones hogareñas, en las que todos intentan poner buena cara, pero en las que pronto estallan las tensiones, las pullas y los reproches. Sobre esta base, Sorogoyen va colocando set pieces que explotan al máximo el conflicto entre los dos personajes principales y de paso reflexionan, de una forma más personal, sobre la naturaleza del cine, como forma de arte, pero también como estilo de vida, como ingrata profesión, y como industria de la simulación. Si ver una película puede resultar sanador, quizás muchos rodajes acaban siendo una guerra. Y una vez más, la forma de manejar la tensión por parte de Sorogoyen es portentosa, jugando con los planos, con el montaje y sobre todo con las interpretaciones -sumemos a Raúl Arévalo, Melina Matthews o Marina Fois, entre otros- para crear momentos de mucha emoción, que, además, sirven para llevar adelante un argumento, para evolucionar a los personajes y para reflexionar sobre las relaciones humanas, familiares y laborales. Sorogoyen enseña sus cartas desde una primera y portentosa escena que no es más que dos planos, el de Bardem y el de Luengo, que interpretan el primer encuentro entre padre e hija. No solo las interpretaciones dejan claras la inseguridad y los nervios de él, la angustia de ella; también el trabajo con la cámara de Sorogoyen: durante la conversación, resuelta en un sencillo plano/contraplano, Bardem llega a tapar casi completamente el rostro de Luengo, cuyo personaje nunca ha podido escapar de la sombra de su padre.