Tras la estupenda y elocuente El corazón de Inglaterra, uno tenía ganas de repetir con Jonathan Coe. Todavía más al conocer que El señor Wilder y yo, la nueva novela del insigne autor británico que nos trae Anagrama, reúne su proverbial y atemporal buen hacer narrativo con nada menos que uno de los indiscutibles grandes directores de la historia del cine: Billy Wilder. ¿La luminaria responsable de El apartamento, El crepúsculo de los dioses, Uno, dos, tres o El gran carnaval convertido en personaje de ficción? Lectura obligatoria, sin duda…  

Aunque toca matizar. El señor Wilder y yo está protagonizada, y contada, por Calista Frangopoulou, una compositora de bandas sonoras griega afincada en Londres. A sus cincuenta y siete años, su trayectoria profesional languidece. Asimismo, su vida familiar, especialmente lo que atañe a sus dos hijas —afrontando ambas momentos trascendentales—, parece escaparse de su control. Una situación personal que invita a la melancolía. Al buceo en la memoria para recordar cuando fue ella la que estuvo sumida en encrucijadas comparables. Dos momentos, tan improbables como absolutamente transformadores, con Billy Wilder como maestro de ceremonias.        

Y es que en el verano de 1976, en el tramo final de su viaje —primero en solitario, luego con su sobrevenida amiga Gill— por Estados Unidos, se encontró cenando en la mesa del célebre director, ya setentón, en Los Ángeles. Y un año después, de nuevo de improviso, contratada por el veterano cineasta para ejercer inicialmente de intérprete en el rodaje de Fedora en la isla griega de Lefkada y, posteriormente, como asistente de su inseparable guionista Iz Diamond en Alemania y Francia. Un periplo cinematográfico, pero sobre todo vital para Calista, a través del cual descubrirá no solo el mundo y las bambalinas de un oficio muy peculiar. Sino sus deseos y futuro, abriéndose paso… como ahora deben hacer sus hijas. 

El señor Wilder y yo es una es una novela amable, sencilla y sin muchas pretensiones. Exige muy poco al lector, acaso cierto conocimiento de la indispensable filmografía del austríaco-americano. Evocadora y con marcado derrotero nostálgico, resulta enormemente disfrutable, atrapándote con un innegable encanto natural y la calidad de la diáfana prosa de Jonathan Coe —impecable traducción de Javier Lacruz—. Además, pese a quedar apenas apuntadas, porque el homenaje —no hagiografía— al director predomina, también hay varias «puertas abiertas» a la enjundia, sobre la vejez, el devenir del cine o el gusto del espectador. 

En realidad, y siempre a mi juicio, si El señor Wilder y yo tiene un problema es Calista. Un personaje central tirando a soso a pesar de los intentos de Coe. Ni sus cuitas existenciales en el presente narrativo ni sus devaneos y aventuras en el pasado, me resultan demasiado interesantes. O mejor dicho, palidecen frente a los pasajes en los que Wilder —sin olvidar a Iz— adquiere relevancia, en donde todo el saber del autor y la profunda admiración sobre el director brillan sobremanera. Por fortuna, estos abundan y dotan de significado al libro. Un «robaescenas» convertido en una suerte de mentor. Un Yoda, tan ingenioso y sabio como crepuscular, ofreciendo sus postreras enseñanzas a la inesperada, timorata Padawan.

Y es que «su Wilder», ahora chispeante y socarrón, luego hosco o incluso colérico, es una creación formidable, brindándonos no pocas páginas memorables, tan repletas de entresijos de rodaje, bon vivantismo —varias conversaciones al calor de la mesa— como pericia humana. Mención aparte para la colosal historia —que leemos como si se tratara de un apasionante guión— basada en rigurosos, terribles y muy personales hechos reales, acerca de la guerra y el Holocausto, despachada en un reservado del hotel Bayerischer Hof del centro de Múnich. Pese a explorar sus últimos años, el Billy Wilder ficcional también tiene mucho que decir…

Además, mediante su figura, Coe aborda otras cuestiones de peso, normalmente en clave dicotocómica. Así, mientras la vida adulta se abre paso para Calista, vemos como la carrera de Wilder va marchitándose, cada vez más «vieja gloria» trasnochada, más ajeno a la evolución de la que fue su industria y las preferencias del público. La juventud de la primera y la vejez del segundo comparten fragilidades e incertidumbres. Lo mismo sucede con las necesarias amistades y amores. O la ambivalencia entre la irrefrenable felicidad y la devastadora tristeza que alberga la memoria. No se me ocurre mejor tributo al genio de la tragicomedia o la comedia dramática. La vida, en definitiva.

Aunque pienso —o anhelo— que Jonathan Coe muy probablemente no necesitaba de la «coartada» Calista para armar esta novela, el retrato hechizante del director, el corazón de la misma, y su tono vesperal, elegíaco, hacen de El señor Wilder y yo una de esas lecturas a atesorar. Incontestablemente atractiva, poderosamente subyugadora. Una falsa —solo en apariencia— obra menor, sobre un autor absolutamente mayor, creada por un escritor mayúsculo.