El rey ha muerto. Los relatos completos, Walter Tevis (Impedimenta, 2026)

Walter Tevis es un clásico de la sección —sexta vez en la que aparece—. Pero, en esta ocasión, no desgrano otra novela suya. Sino El rey ha muerto, primorosa recopilación de su relatos, cortesía de Impedimenta, que recoge toda su producción breve. Veintiséis historias que subliman la esencia autoral del escritor originario de San Francisco pero ligado a Kentucky. Condensando sus temáticas, ambientes y registros. Así que esperad perdedores inolvidables, revestidos de épica mientras buscan embocar las bolas o capturar el alfil rival. Así como incursiones en el fantástico y abundantes distopías, generosas en alteraciones espacio-temporales.
Y es que El rey ha muerto es un festival literario de trescientas sesenta páginas. De una versatilidad apabullante y siempre entretenidísimo. Perfecto para proponer su lectura a aquellos que —uno de los prejuicios que más exaspera a un servidor— dudan antes de adentrarse en un libro de relatos. Y que, además, cierra el círculo de forma exuberante —bueno, falta El color del dinero, ¿verdad, querida Impedimenta?— en la recuperación de un autor a reivindicar. Porque Tevis (1924-1984) es una figura injusta, sorprendemente soslayada. Quizás opacada —curioso— por las exitosas adaptaciones audiovisuales de sus obras, de la mítica El buscavidas a la más reciente serie Gambito de dama.
Como decía en el párrafo inicial, el atracón de cuentos de El rey ha muerto puede agruparse en dos grandes bloques: los realistas y los de ficción especulativa. En el primero, divisible, a su vez, en dos, son reconocible mayoría los de «coartada» deportiva, entre salones de billar y tableros de ajedrez. Un registro que, en manos de Walter Tevis, muy posiblemente su mejor exponente literario, deviene subgénero por derecho propio. Y es que hay una evidente impronta marca de la casa en historias como «El mejor del país», «El hombre de Chicago», «El gran engaño», «La estrategia de los pringados» o «La máquina buscavidas del billar». Una idiosincrasia palpable, junto a un retrato indeleble de un submundo picaresco, con matices noir y pulp…
… De timadores y desesperadas apuestas. Personajes obsesivos. Diálogos y prosa lacónicas. Narraciones con poderosa textura cinematográfica. Situaciones duelísticas, con innegable matiz fatalista, la competición trasunto del envite contra el destino. Tevis escribió como nadie, combinando aplomo y cercanía —rasgos reflejados con fluidez y naturalidad en la traducción de Juan Trejo—, acerca de esas tragedias universales. El éxito efímero y el fracaso, repentino o latente a causa del inevitable desgaste, encorsetadas en estrictas, disciplinadas dimensiones —escaques, mesas con troneras y esquinas—. Y, para quien escribe, con una joya de la corona —habrá más— en esa redentora partida de ajedrez entre un ex convicto y el millonario que enchironó a su mentor en el relato que da título al volumen.
Sin embargo, encuentro que para el lector quizás lo más atractivo del El rey ha muerto resida en los relatos que se salen de ese marco «competitivo». Por su originalidad y variedad. De nuevo en el terreno realista, gracias a humanistas, bondadosas historias. Valgan de estupendo ejemplo las de «El más terco de los hombres», «El pistolero amable» o «El hombre de Budapest». Piezas de apariencia simple, donde Tevis consigue mucho con muy poco, esbozando protagonistas con los que es fácil encariñarse. Casos, respectivamente, del agriado granjero y su lúcida joven nuera, el avezado tipo que viene a poner orden en una ferretería en serios apuros, o el ínclito profesor venido del este. Pero, sobre todo, cuando aparecen la fantasía y la ciencia ficción.
Porque es ahí donde El rey ha muerto y la imaginería de Walter Tevis resulta desbordante. Sin renunciar a la sencillez en los planteamientos de los cuentos, situándonos ipso facto en el meollo del asunto. A la vez, sin necesidad de enrevesadas explicaciones, tan características del género. En cambio, impactando al lector con hallazgos superlativos. Como el del cubo de cinco dimensiones de «El if o el uf», o la bola de cinética infinita de «El gran rebote». La llamada venida del futuro con hechuras de relato de suspense de «El otro extremo de la línea». O la pareja capaz de detener el tiempo al tocarse —tan previsible en otras manos, socarrona y malévolamente sibilina en las del norteamericano— de «Alquiler controlado».
Lógico, no todo le funciona a Tevis. Caso, a mi juicio, de la tríada final, en especial el díptico compuesto por «Una visita de mamá» y «Papá», de extrema intensidad dramática y retorcida exposición del complejo de Edipo a raíz del encuentro con los padres muertos. Entiendo también que tanto billar resulte demasiado repetitivo a algunos —otros no nos cansamos—. Pero alguien capaz de escribir relatos tan soberbios y distintos como «El discípulo del erudito», desopilante pacto con el diablo para reescribir la crítica literaria inglesa, el resonante «La apoteosis de Myrna», donde una mujer se fusiona con un planeta y, por supuesto, «El buscavidas», germen de la novela y luego inmortal filme de Robert Rossen, merece ser celebrado. Y, sobre todo, leído.