El Reino: tirar de la manta

¿Puede ser el político corrupto nuestro personaje arquetípico nacional? Algo así como el cowboy, el gángster o el samurái, cuyas historias siguen siempre unas pautas similares, cimentadas a través de cientos de novelas, películas y series. Nuestro servidor público corrompido, a través de las noticias, ha adquirido también un relato dramático propio cuyas etapas conocemos de antemano. Igual que sabemos que el pistolero del oeste tendrá un duelo final y el gángster morirá para que sea castigada su inmoralidad, en el político reconocemos ya un esquema que se repite: los inicios ambiciosos; seguidos de los tiempos de auge, lujo, influencia y poder; pero luego, la inevitable filtración o chivatazo que lleva a la caída, a la marginación de los que antes eran amigos del alma, al escarnio público, a la pérdida de bienes, privilegios y finalmente, a la prisión. Todos los héroes míticos viven el mismo viaje, aunque cambien los escenarios y los nombres: Julián Muñoz, Juan Antonio Roca o Luis Bárcenas.

El director Rodrigo Sorogoyen, en su tercera película, tras el éxito de Que Dios nos perdone (2016), consigue su obra más rotunda, colocando de protagonista a un político español que está metido hasta el cuello en chanchullos, pagos en negro, recalificaciones y todo tipo de favores. Sorogoyen construye su historia desde el costumbrismo -al igual que en su anterior film- y cita todos los casos que hemos visto en los periódicos y telediarios; roba de todos esos personajes que hemos visto declarando en el banquillo de los acusados. Mucho de lo que vemos en esta película, lamentablemente, nos parece conocido. El mérito es construir con ese material un thriller en el que la tensión va creciendo hasta conseguir secuencias electrizantes. El guión del propio Sorogoyen e Isabel Peña es muy hábil haciendo creíble lo que ocurre, reconocibles a los personajes -de todos los partidos- y jugando con el morbo de hacernos sentir que estamos dentro de una de esas comidas en las que se reparte el pastel de algún ayuntamiento.

Las interpretaciones son buenísimas, los actores se gustan, y resultan tan convincentes como divertidos: recordemos que los que inspiran a estos personajes tienen pocos escrúpulos pero mucha picardía y don de gentes. Se creen graciosos. Mencionemos a Antonio de la Torre, Josep María Pou, Andrés Lima, Ana Wagener y varios más. La realización y el montaje son sumamente efectivos para crear una narración ágil que nos mantiene en vilo. La música de Olivier Arson, omnipresente, apoya la acción y ayuda a crear tensión. Pero además, Sorogoyen da un paso más. Se luce sobre todo en un largo plano secuencia virtuoso, ubicado en un chalé de Andorra, en el que maneja una tensión brutal y que bien vale la película. Destaquemos también el suspense de la impactante huida por una carretera nocturna del protagonista. El film, además, tiene fondo y me atrevo a adelantarles que su conclusión es equivalente a la de El hombre de las mil caras (2016): el problema de la corrupción en España es cultural, quizás genético (ese cliente del bar que se queda con las vueltas).

El Reino me parece mejor que Que Dios nos perdone porque es más original, más nuestra, porque se moja más. La escena final, que enfrenta a Antonio de la Torre con Bárbara Lennie, tiene no uno, sino dos magníficos monólogos que son pura verdad. El parlamento final de la actriz interpela directamente al corrupto y colateralmente cuestiona al espectador por haberse puesto del lado del protagonista, y por eso mismo, nos acusa, como ciudadanos, por reírle las gracias a los ‘yonquis del dinero’ y a los ‘bigotes’. Y por eso, el final de El Reino es el único posible. Porque no parece haber respuesta para el problema que plantea.