Relaciones de poder

Jane Campion -directora de El piano (1993)- estrena en salas -y en Netflix- El poder del perro, un intenso estudio de personajes en el que predomina una sensación: la inquietud. Basada en una novela de Thomas Savage, la historia nos presenta a cuatro personajes y las relaciones entre ellos, a principios del siglo XX, en un escenario de western crepuscular. Phil (Benedict Cumberbatch) y George Burbank (Jesse Plemons) son dos hermanos de personalidades opuestas, ganaderos que han hecho fortuna en una época en la que están apareciendo los primeros coches para sustituir a los caballos. La vida de estos hermanos cambia cuando conocen a Rose Gordon (Kirsten Dunst) y a su hijo Peter (Kodi Smith-Mcphee), viuda y huérfano de economía más bien precaria. 

Campion propone al espectador el descubrimiento de estos personajes a través de su comportamiento exterior, porque cada uno de ellos esconde su verdadera naturaleza a la sociedad (y al espectador). Así, el personaje de Cumberbatch se muestra extrovertido, agresivo -machista- y expansivo en un esfuerzo obvio por ocultar quién es realmente. El argumento hace explícita la faceta escondida del rudo ganadero al mostrarnos que posee un lugar secreto donde se refugia de los ojos de los demás y donde se permite ser quien realmente es. Por otro lado, su hermano, George, se muestra callado, parco en palabras y expresiones -apenas demuestra alegría o contrariedad- pero sus acciones, pocas y contadas, acaban dejando claras sus intenciones. Ambos hermanos utilizarán a Rose y a su hijo Peter en un intento desesperado por resolver sus angustias vitales, que tienen que ver con un pasado difícil, de infancia abandonada, de mucho esfuerzo para alcanzar el éxito -la tierra de las oportunidades- y con una figura paterna mítica -y ambigua- como referente, Bronco Henry. 

El poder del perro es una película de relaciones de poder -tóxicas- en la que los débiles sufren siendo instrumentos de los poderosos. Pero el giro que cambia las tornas en la dinámica de estas relaciones resulta igualmente estremecedor. Jane Campion firma un film seco, psicológicamente violento, que tiene como fondo la oposición entre naturaleza y civilización y que cuestiona las bondades del progreso. Un planteamiento sólido en el que destacaría, sobre todo, las interpretaciones de cuatro estupendos actores.