Muchas de las situaciones y personajes que se presentan en El poder del perro (Alianza), la que es la quinta novela del autor y profesor de literatura, el norteamericano Thomas Savage, son entendibles e imaginables en el contexto que el escritor marca: una inmensa hacienda ganadera, en medio de la naturaleza, donde viven dos hermanos, los Burbank, que saben que se tienen y que coexisten con sus propias pautas. La aparición de Rose, viuda del médico del pueblo, supuestamente vendrá a quebrar esa correlación de fuerzas. Rose busca ser leal a su nuevo marido, mientras se derrumba ante Phil. La acción transcurre durante 1925, en el estado de Montana, colindante con Canadá. 

Explicar la vida de unos ganaderos no es fácil. Su transformación en película ha dado una nueva vida a esta historia de vaqueros, que en la forma y el fondo no es un western, como se ha dicho. Además, el film se rodó en Nueva Zelanda, cuyos paisajes no guardan especial relación con los escenarios de cliché de Hollywood. En ambos formatos, el carácter altivo de Phil, el hermano mayor de George, ambos rodando los cuarenta años, resta explícito. El Medio Oeste se encamina hacia la industrialización. Los automóviles empiezan a retirar a los caballos como medio de transporte. 

Nada de lo acontece complace a Phil, que destaca por su calidad de líder nato, envuelto por un carácter de macho alfa que exuda una masculinidad tóxica, en la que se refugia el personaje. Muchos han querido entender que esa caracterización es el retrato de un hombre homosexual. El texto como los fotogramas son interpretables. Pero la ausencia de sexo y contacto con mujeres no significa necesariamente ser gay. 

Phil es un hombre torturado y, también, un misántropo. Se relaciona por necesidad, no por gusto. La soledad, aunque habitualmente esté rodeado de otros, no supone un problema para él. El mundo de Savage no es tan lejano –escribió la novela en 1967, y cuentan que en su día apenas tuvo repercusión–; en él se traza con letra firme un estilo de vida, en el que los códigos son fuentes de conflicto, pero no los liderazgos. Los débiles, cuando son percibidos como tales, pueden ser pisoteados sin más.       

El relato encuentra un momento álgido en la época universitaria de ambos hermanos. Periplo ausente en la película, por la cual la directora Jane Campion ha ganado, este año, el Oscar a la mejor dirección, entre otros galardones. El primero se licencia, pero el hermano menor no acaba sus estudios. Hijos de padres adinerados, pero distantes, los hermanos son observados desde el conocimiento vital del escritor. Observado desde diferentes ángulos, Phil es un hombre desnudo ante el mundo. Su manera de actuar es tan sutil como la lija. En el imaginario fílmico, sería más el abuelo de Clint Eastwood que el padre de John Wayne. Pero sin armas. Con su verbo afilado tiene suficiente. Encima de sus hombros, hay un cerebro en funcionamiento. No un florero. No cabe duda, la presencia de Phil no es apta para pusilánimes.

El propio autor procedía de una familia adinerada de ganaderos –son ilustrativos los pasajes de cómo lazar a los animales o el caminar de los cabellos, pues no es lo mismo trotar, que galopar–, o el hecho de hacer sonar un banjo, como el valor de la camaradería en las largas jornadas al aire libre transportando ganado, o esos los largos y los crudos inviernos y los consiguientes deshielos primaverales son escenarios en los que se desenvuelven los hermanos Burbank.  

Phil encuentra en Peter, el hijastro de su hermano, un aliado que no esperaba. Admira en él la inteligencia y la capacidad de soportar las chanzas de los vaqueros del rancho, a quienes no cuadra que el joven no dé el perfil como hombre, desde su visión rancia de la vida. Como buen observador y excelente dibujante, Peter, durante un tiempo, se niega a instalarse en la casa de los Burbank. Pero acabará cediendo ante el deseo materno. La seguridad de su madre no peligra bajo la tutela –la relación no parece un matrimonio convencional, la distancia emocional entre ambos resulta evidente– de George, que tiene mucho que aprender en ese terreno. Pero la salud mental de Rose se tambalea, ya que peligra por la mordacidad de Phil. Peter considera que ha encontrado la solución al conflicto y decide ponerla en práctica. 

Cabe preguntarse ante tanta penuria emocional, sí hay tiempo para la pulsión sexual. El novelista sabe de lo que habla al describir un mundo rudo en las relaciones y agreste en las percepciones. El autor, que manifestó su homosexualidad que, según cuenta, se podría entender como un ser no binario, pues abandonó y, años después, regresó a su hogar, a su matrimonio y a sus clases. En el fondo y en la forma, el escritor antepone a la idea de homosexualidad la de un modelo de macho alfa que se derrumba junto a su mundo de valores, correcto o no, pero se desmorona. ¿Intuye lo que trama Peter…? Su inesperada debilidad le ofrecerá una solución. Destruye todas sus cercas emocionales y abre la valla del corral, él mismo, a un desconocido que le mira sin miedo, aunque lo tenga. 

En esta edición en castellano de la novela, el epílogo de Annie Proulx, autora de Brokeback Mountain, luego llevada al cine, no ayuda en ese sentido. Thomas Savage sigue hasta el final con la idea de que el lector debe decidir. En el film, el sesgo es otro. Dulcificar la crueldad no siempre es un acierto.