17 Oct 2026 15.052 artículos desde 2008
Libros

El periodista y el asesino, Janet Malcolm (Debate, 2026)

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«Los periodistas justifican su traición de varias maneras […]. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que el público tiene derecho a saber, los menos diestros se escudan en el arte, y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida.» 

De vuelta tras el alto vacacional para hablaros, gracias a Debate, de El periodista y el asesino, de Janet Malcolm. Una joya del reportaje y, a la vez, afiladísimo ensayo sobre la profesión de la mano de una prosista implacable. La aparente crónica de un espantoso true crime que deviene sagaz y dolorosa reflexión sobre la naturaleza del trabajo de gacetillero-autor de no ficción. Así como de sus límites. Respecto a la relación personal con el protagonista-objeto de su texto. Y acerca de si el fin, aquí el potencial de una gran historia, justifica siempre los medios, por dudosos o torticeros que éstos puedan ser. 

Jana Wienerová nació en Praga en 1934 aunque, escapando del nazismo, la familia se trasladó a Nueva York en 1939. Formada en la Universidad de Michigan, en 1963 entró en The New Yorker como multifacética columnista —literatura infantil, fotografía, decoración—. En 1978 pasó a los reportajes y crónicas, donde volcó su interés por el psicoanálisis y la construcción de la voz y el carácter autoral. Elementos visibles en obras claves del periodismo narrativo, como las biografías The Silent Woman (1994), sobre Sylvia Plath, o Dos vidas (2007), acerca de Gertrude y Alice Stein. Y, claro, en Psicoanálisis: Una profesión imposible (1981) y En los archivos de Freud (1984), que le valió un juicio por difamación, siendo exonerada tras una década. Malcolm murió de cáncer de pulmón en 1986. 

Dicho episodio judicial entronca con El periodista y el asesino, publicado originalmente en 1990. Y es que los paralelismos entre su propia experiencia y el caso MacDonald vs. McGinniss resultan evidentes. Pero primero, os pongo en antecedentes. El 17 de febrero de 1970, en su domicilio de Fort Bragg, California, Colette MacDonald y sus dos hijas, Kimberley y Kristen, son asesinadas con un picahielos. Mientras, el marido, el doctor Jeffrey MacDonald, ingresa en el hospital con una fuerte conmoción y varias heridas leves. Sin embargo, debido a las dudas de su Mansoniano testimonio se le acusa de dichos asesinatos. El caso se cierra por falta de pruebas, pero la familia de Colette logra que se reabra ocho años después, mientras MacDonald lleva una vida normal en Long Beach…

Y aquí es donde viene el giro y el fascinante detonante de El periodista y el asesino. Porque en vísperas del nuevo juicio, MacDonald conocerá al periodista y escritor Joe McGinnis (1942-2014), célebre por su seminal Cómo se vende un presidente, sobre la campaña de Nixon para las presidenciales de 1968. Congenian hasta el punto de que el acusado invita al autor a formar parte del equipo de su defensa, acudiendo al juicio y escribiendo un libro sobre el caso, con McGinnis accediendo a compartir el adelanto editorial a cambio del «acceso total» al acusado y la información. El 9 de agosto de 1979, MacDonald es condenado a cadena perpetua por los tres asesinatos. Pero la relación con el autor continuará… 

De hecho, pese a la sentencia, parece que se forjó una amistad entre ambos. Lo demuestra su correspondencia y el hecho de que el reo cediese su apartamento a McGinniss para que éste pudiera trabajar y entrevistarlo más fácilmente, aunque nunca le dejó el borrador de la obra. Así hasta julio de 1983. Fecha en la que vió la luz, con gran éxito, Visión fatal, el libro sobre el caso —luego también telefilme—… en el que MacDonald queda retratado como un psicópata. En 1984, el convicto demandó al periodista, alegando haber sido engañado para, fingiendo creer en su inocencia, MacDonald confiase y colaborase con él. Tres años después se celebró el sorprendente juicio que concluyó sin veredicto, pero con acuerdo extrajudicial. Y una historia irresistible para Janet Malcolm. 

Y es que la autora cambia el foco de la cuestión criminal-judicial al de un proceso, en toda su complejidad, sobre la profesión —se vislumbra la puya contra el Nuevo Periodismo, lástima que Tom Wolfe, requerido para el juicio, no apareciese—. Uno en el que Malcolm se convierte en una jueza implacable, tan brillante como ladina. Que rebusca incansable en los hechos e indaga concienzudamente a los implicados, entrevistándose con cada uno de ellos. Y que, con una prosa tan diáfana, traducida con solvencia al castellano por Alfredo Báez, como desapegada —no confundir con falta de opinión, al contrario— y pormenorizada, va llevando al lector a explorar las múltiples aristas del caso. O los casos… 

El resultado es que El periodista y el asesino deviene apasionante puzle acerca del periodismo, sus riesgos y excesos. Planteando varias preguntas de enjundia. ¿Es un novelista lo mismo que un periodista? ¿Hasta dónde debe llegar el escritor de no ficción para obtener su historia? ¿Manda la verdad o las «necesidades» del texto —demoledora la lectura de Malcolm de las cartas de McGinniss, buscando «estimular» el material, en busca de un nuevo Joe Gould o Perry Smith que, según la autora, no existía—? ¿Hay diferencia entre mentira y falsedad? En definitiva, ¿existe la objetividad periodística-autoral? Cuestiones sobre las que la autora se moja, compartiendo su fundamentada e inclemente opinión. No quiero destripar más de este enorme reportaje, tan atractivo, provocador y vigente entonces como hoy. Lectura obligatoria. 

«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible».