Desde la primera secuencia, en la que Ahmad (Tahar Rahim) regresa a París desde Teherán para firmar los papeles del divorcio cuatro años después de su separación de Marie (Bérénice Bejo), y se encuentran en el aeropuerto separados por un cristal, queda claro que va a ser la comunicación (o la falta de ella) uno de los principales temas de la última película del iraní ganador de un Oscar a la mejor película de habla no inglesa por su anterior trabajo “Nader y Simin, una separación”, Asghar Farhadi.

Retratista infalible de lo cotidiano vuelve a diseccionar el concepto de familia poniendo sobre el tapete de nuevo las diferencias culturales, los sentimientos anclados, las heridas no cicatrizadas, los secretos guardados y el sentimiento de culpa dentro de un microcosmos sentimental en el que el melodrama clásico vuelve a quedar superado en favor de una tensión muy particular que se está convirtiendo en la marca de la casa.

Compleja y retorcida a la vez que brillante y sencillamente rodada.

Farhadi dosifica con maestría la información que nos va dando sobre la trama a la vez que perfila maravillosamente unos personajes alejados de todo estereotipo y a los cuales va puliendo a lo largo que avanza el film.

Uno de los más humanos y naturalistas realizadores de la actualidad vuelve a acertar con una película que como su predecesora destaca por su credibilidad y el acertado retrato de la gente corriente.

Una de esas películas que van escribiendo con buena letra la Historia del Cine. Una obra sin duda acorde al tiempo en el que se ha realizado.