Ganadora del León de Plata en el Festival de Venecia al mejor director y nominada a 4 premios del cine europeo, El oficial y el espía es una buena muestra del estado de forma de un director como Roman Polanski, que, a sus 86 años, y tras una de las más grandes carreras cinematográficas, se confirma como un tesoro vivo del cine mundial. Un veterano de vuelta de todo -del cine polaco, del de Hollywood, del escándalo, de la coproducción europea y del cine francés- que nos regala pura sabiduría cinematográfica.

Las mejores películas de Polanski se tambalean sobre la duda de si lo que ocurre existe solo en la cabeza de su protagonista, en este caso, el coronel Georges Picquart, un estupendo Jean Dujardin como héroe idealista, cuya fe en el sistema se va resquebrajando hasta volverle paranoico, enfrentado a una conspiración que pone en tela de juicio instituciones centenarias -el ejército- en un ambiente de odio popular en Francia. La mentira fabricada que intenta derribar Picquart para salvar a un falso culpable, como las fake news, se basa en rumores y falsedades que incluso tras ser puestas en evidencia, siguen siendo apoyadas por el poder -militar, judicial y ejecutivo- y sobre todo creídas con pasión por una masa enfurecida por el antisemitismo.

En el cine de Polanski siempre se pueden rastrear los ecos de su vida -el horror del nazismo, su infancia en un campo de concentración, el asesinato de Sharon Tate– y aquí cabe preguntarse, quizás incómodamente, hasta qué punto el director de Chinatown (1974) se siente identificado con la vida arruinada por las acusaciones, el desprestigio y el exilio que sufre Alfred Dreyfus -irreconocible Louis Garrel-. Poco importa, creo, porque Polanski entrega en el primer tramo de la película, un film de espías en el París de finales del siglo XIX -el de Manet- narrado con una claridad pasmosa -si te pierdes, es por tu culpa- que gana enteros cuando entra en juego la ética y la moral, que luego pasa a ser un film judicial emocionante y consigue una tensión tremenda en su tramo final hasta un desenlace tan sencillo como lleno de humanidad. 

El oficial y el espía es cine exigente, pero valioso. Polanski nos cuenta una historia real, recogida por Émile Zola en su alegato Yo acuso –frase recuperada por Abel Gance en su película de 1919- que habla de los abusos del poder y de una sociedad dividida, que la hacen más que pertinente en los tiempos que corren.