Arrancamos la rentrée con un título que a quien escribe le hace especial ilusión. Se trata de El número uno, rescatado por el ojo avizor de Impedimenta. Primero, porque me permite reencontrarme con un «grande» como John Dos Passos en la sección. Y, además, hacerlo con una obra adelantada a su tiempo —podría decirse que anticipándose nada menos que seis décadas a que el concepto del populismo político se universalizase—. Retratando con rotundidad a un aspirante a senador dispuesto a todo para colmar sus ambiciosas y, ¡oh sorpresa!, corruptas metas. 

Nacido en Chicago en 1896, John Roderigo Dos Passos es una de las personalidades más interesantes de la llamada «Generación Pérdida». Estudió en Harvard. Se alistó al cuerpo de voluntarios europeo, conduciendo ambulancias en París e Italia durante la Primera Guerra Mundial. Y durante la Segunda fue corresponsal de guerra. Periodista, viajero empedernido, revolucionario social tornado en descreído conservador —llegó a hacer campaña por Nixon—, prolífico autor, poeta, pintor, traductor… Sus obras más recordadas son Manhattan Transfer (1925) y la Trilogía U.S.A, formada por las novelas El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), logrando tanto el éxito comercial como el reconocimiento crítico por sus formas experimentales. Murió en Baltimore, Maryland, en 1970.

Aunque El número uno, publicada originalmente en 1943 —con notable repercusión—, no estaría precisamente entre sus obras más osadas formalmente, sí puede verse la voluntad de Dos Passos de esquivar la senda más transitada. Superficialmente, es una radiografía harto virulenta de la cara más amoral de la política a través de Homer T. Crawford, conocido por sus allegados como Chuck o, sin remilgo alguno, el apodo titular. Un personaje basado en hechos reales —Huey Long, «legendario» senador y gobernador del estado de Luisiana en los años 30, asimismo «musa» de Robert Penn Warren en Todos los hombres del rey—. 

Crawford es un demagogo, si se quiere, a «la antigua». Su atractivo se basa en una retórica inflamada —la oratoria de los Trump y cía actuales es directamente negativa, ya están sus abyectos gacetilleros y tuiteros para dotarlos de «contenido»—. Una elocuencia tan hueca como innegable, que conecta con las masas. Aún más importante, Chuck es un okie docto en el arte de surcar las procelosas aguas de la política. Contactos subrepticios, reuniones clandestinas, deudas y favores a cobrarse y hacer. Un rey de las artimañas sureño cuya trastienda está plagada de mentiras, vicios, escándalos privados y corruptelas en inapelable crescendo, en busca de un puesto de senador, paso previo a, por qué no, una candidatura nacional. 

Sin embargo, y donde diría reside el aspecto más valioso de El número uno es que el protagonista no es realmente Crawford, sino Tyler Spotswood, su MÁR o Steve Bannon. Un alcoholizado director de campaña y/o secretario personal mediante el cuál Dos Passos radiografía un sistema no sólo absolutamente podrido, sino penosamente frágil. Dado su rol, Spotswood nos permite ver desfilar a la sal de la tierra: una caterva de acólitos, interesados, esbirros y gente de escasa moral, con quienes debe tratar y tomar decisiones. Una labor nada honorable, a años luz de la mejor democracia del mundo. Y de la que saldrá esquilmado cuando el jefe necesite a un chivo expiatorio para salir indemne de la enésima fechoría.  

En ese sentido, El número uno tiene algo de crónica de una época que resulta demasiado familiar —los mamporreros de Crawford ahora son bots, jefes de redacción indignados por una alerta climatológica lógica y útil, o directores de televisión que abrazan un bulo aunque éste sea «demasiado burdo»—. Es ficción —aunque parece que el senador Long gustaba de prácticas intimidatorias muy similares a las de Chuck—. Pero basada en la observación y el conocimiento minucioso de la realidad, rasgos esenciales de la obra de John Dos Passos, aquí al servicio de ofrecer una fotografía veraz de la política más artera y vil, disfrazada de carisma y altisonancia yerma para el pueblo… ¡Libertad para tus cañas!
      
Es cierto que El número uno puede pecar de cierta fragmentación narrativa que actúa contra su fluidez. Múltiples situaciones y secundarios que entran y salen de la escena y, a veces, difuminan su razón de ser. O, al menos, la abstracción de sus motivaciones, singularmente en el caso de Spotswood, ahora cínico y depravado, luego dócil y sumiso, o el proyecto de idealista que podría romper el círculo vicioso desde dentro. Pero la sucesión de acontecimientos, unida a la calidad y agilidad literaria —bien reflejada en la traducción de Miguel Temprano García—. Sin olvidar la potencia de esos breves capítulos en cursiva, tan reveladores, nos sitúan ante una obra para nada menor de Dos Passos. Tristemente precursora, literariamente brillante.