8 Oct 2026 15.035 artículos desde 2008
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El inglés que subió una colina pero bajó una montaña, Christopher Monger (Hoja de Lata, 2026)

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Hoja de Lata nos trae El inglés que subió una colina pero bajó una montaña del guionista, director, editor y pintor galés Christopher Monger. Una novela encantadora, feel-good de manual, surgida de la película homónima dirigida por el propio Monger y protagonizada por Hugh Grant. Una hazaña rural, transmitida de abuelos a nietos y contada por uno de ellos, que narra lo ocurrido en el verano de 1917 en la aldea de Ffynnon Garw… Y la cordillera que le da nombre, puesta en cuestión por dos cartógrafos ingleses, encargados de su medición. Dieciséis pies y el corazón de un pueblo dan para mucho… 

Christopher Monger nació en Taff’s Well, a diez kilómetros al noreste de Cardiff, en 1950, aunque estudió en un internado en Taunton, Somerset. Allí realizó sus primeros largometrajes de bajo presupuesto, incluyendo el controvertido Voice Over (1981), que le abrió las puertas a exponer su obra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y a trabajar en Los Ángeles junto al productor Ed Pressman. También fue productor en la compañía de teatro de vanguardia Moving Being. Sin embargo, Monger sobre todo es conocido por su guion, nominado al Emmy, del biopic de HBO Temple Grandin (2010), y por escribir y dirigir El inglés que subió una colina pero bajó una montaña (1995), nominado en el Festival de Cannes y que después novelizó.

Por encima del filme, El inglés que subió una colina pero bajó una montaña se basa en la propia biografía de Monger. Concretamente en su pueblo natal y la historia, mejor dicho leyenda, que a él le contó su abuelo —cambiad Ffynnon Garw por The Garth— tal y como nos explica el narrador en el primer capítulo. Allí arriban, en plena Gran Guerra, la diametralmente opuesta pareja formada por George Garrad y su joven ayudante, Reginald Anson. Tienen una misión singular: medir Ffynnon Garw y así actualizar los datos del Servicio de Cartografía Militar. De primeras, el contraste entre ingleses y pueblerinos galeses resulta jocoso para estos últimos. Pero cuando la primera medición degrada su macizo al nivel de colina, los lugareños aunarán esfuerzos para subsanar tamaña «injusticia». 

Desde ese punto de vista, El inglés que subió una colina pero bajó una montaña se asemejaría a Fuenteovejuna, un «todos a una» sin necesidad de violencia. Sin embargo, yo lo veo más como una formidable excusa para brindarnos un encantador relato costumbrista que bascula con suma gracia entre lo socarrón y el absurdo —más alǵun ribete emocionante—. Tanto por el despliegue y avance de su trama, como por su inolvidable elenco de personajes, que se rigen por su bonhomía —con alguna excepción y múltiples particularidades—. El resultado es que el libro se disfruta y devora en un suspiro. Vamos, que te entran unas ganas incontenibles de visitar la campiña galesa…  

Porque El inglés que subió una colina pero bajó una montaña es una novela ligera y dinámica —reflejada en la traducción de Julia C. Gómez Sáez— que, a la vez, rebosa hallazgos. Ya sea en forma de ocurrencias puramente cómicas que, en su mayoría juegan con los estereotipos de forma inocua. Pero que, tras la superficie, hablan de vida rural, dinámicas sociales y realidades histórico-políticas. Empezando por los motes de cada vecino de Ffynnon Garw, hilarante manera de sus habitantes de diferenciar y, a la vez, subrayar a los suyos —imbatible el de los impronunciables hermanos Twp—. O sus labores, con su buena dosis de picaresca incluida. O a las dicotomías capital-pueblo e inglés-galés, siempre presentes. Sin olvidar el contexto bélico, que añade un matiz sombrío, epitomizado por el personaje de Johnny «el Traumas». 

Y, sobre todo, en la radiografía de sus personajes. Empezando por los contrastes entre sus personajes más relevantes. Primero Garrad y Anson, dúo que parece surgido del manual más puro de las buddy movies más clásicos. Unos Gordo y el Flaco, donde Garrad-Hardy está tan pagado de sí mismo que es incapaz de ver que, en realidad es un vago borrachín con ínfulas, mientras Anson-Laurel es un aplicado aunque relamido y tímido joven… necesitado de empatía y una segunda oportunidad tras la contienda mundial. O el de los motores del pueblo, el reverendo Jones y Morgan «el Crápula». Nada menos que el cura y el posadero local, «pichabrava» oficial, unidos por impedir que Ffynnon Garw quede en el olvido.

Porque, a fin de cuentas, que su monte baje de categoría implica, literalmente, ser borrado de los mapas… Por ello el pueblo debe arremangarse. Aunque hacer que crezca su cima parece una empresa disparatada —lo es—. Pese a los reveses en forma de bíblico diluvio y las excentricidades regadas por todo tipo de espirituosos. O los rocambolescos enredos —que provocarán también el simpático romance— para lograr que los cartógrafos permanezcan en el pueblo. «Recuperar» Ffynnon Garw es resistir… cuando la alternativa es desaparecer. Que Monger sea capaz de hablar algo así con un sainete tan divertido como entrañable sólo engrandece El inglés que subió una colina pero bajó una montaña. La cumbre tiene más de mil pies… Muchísimos más.