París. Noche negra. Otra más. Más atentados. Más horror. Horror que se globaliza –Beirut un día antes, Burundi colapsada, Filipinas en serio conflicto interno, Siria desangrándose un poco más cada día, el etc. es interminable–, recordándonos cruelmente que aquello que sucede en otras latitudes, lejanas hasta que los medios deciden qué nos interesa para luego olvidarlas otra vez, aquello que nuestros despreciables líderes europeos pretenden ignorar, regateando cifras de refugiados de la barbarie –y como la gran escoria que son, fotografiándose meses después junto apenas una docena de ellos, congratulándose por haberlos cobijado–. Que la zona de conflicto es el planeta entero. Que cada vida importa. Hasta que no entendamos eso… los bárbaros, y quiénes se benefician de su existencia, seguirán ganando.

Estoy convencido de que una de las mejores formas de dar ese paso y “comenzar a entender” es poner la cultura, junto a la educación, en primer plano –donde siempre debería estar– . ¿Por qué ISIS, igual que las dictaduras, igual que las mayorías absolutas “amordazantes”, ataca el arte y la cultura?. Porque la cultura es acercamiento, conocimiento. Es aprendizaje, con frecuencia “del otro”. Es pensamiento, debate, entendimiento. Y eso da miedo, auténtico pavor, al que no tiene más argumento en sus manos que el terror. Casualidad o no, El hueco de la mano, el libro que reseño cortesía de Sexto Piso, es una pequeña contribución en ese sentido. En él, dos artistas, Polly Jean Harvey y el fotógrafo Seamus Murphy, unen de nuevo sus caminos para, gracias a la poesía y las imágenes precisamente, hablarnos y retratarnos el conflicto. El permanente conflicto.

El hueco de la mano es el resultado de los diversos viajes que PJ Harvey y Murphy hicieron entre 2011 y 2014 a Kosovo, Afganistán y Washington D. C. La colaboración entre ambos no es nueva, ya que Murphy, veterano periodista gráfico ganador de siete World Press Photos, creó 12 Short Films, acompañamiento visual para el último disco hasta la fecha de la británica, el imprescindible y comprometido Let England Shake. De hecho, la correspondencia de esta singular obra con el laureado álbum es evidente. No son pocos los poemas que uno imagina musicados, cobrando una nueva dimensión, una vida mucho más contundente que el papel, conformándose como una continuación del disco. De hecho, parece que por ahí van los tiros, lo que sitúa las –esperemos muy próximas– expectativas en forma de canciones a un nivel que sólo un puñado de artistas, los más valientes y genuinos, pueden generar.

Palabra e imagen, decíamos. El primer elemento es lacónico, certero, realista en el relato de los protagonistas que por sus versos deambulan e impresionista en las emociones que dibuja. Y aunque el primer poemario de Harvey se defiende solo –tampoco la poesía es la especialidad de uno, siendo sinceros– sin las poderosísimas fotografías de Murphy, recopiladas durante más de veinte años de brillante labor, El hueco de la mano se quedaría algo “cojo”. Porque en mi opinión, son los lugares devastados, en solemne blanco y negro o en efervescente color –esas manos de las páginas 54-55– y, sobre todo, los rostros anónimos de personas en acciones cotidianas en zonas donde la rutina es ya imposible, los que transportan las palabras a otro nivel.

Mención aparte merece el último capítulo, dedicado a Washington D. C., intrigante e inquietante, donde fotos y textos conjuran una sensación de desasosiego espeluznante. Tipos trajeados, banderas. Cementerios. Luces fantasmagóricas… y poemas como Haciendo turismo, al sur del río –”La escuela está hecha una mierda, ¿no? ¿Te gustaría ir a esa escuela? […] Aquí está la Comunidad de la Esperanza. Aquí van a poner un Walmart”– o Para el Homo sapiens más viejo –”¿Qué Dios te mandó? Dime. ¿Hay un dios de nada y mucho?”– escupiendo preguntas cuyas respuestas no puedes, y lo que es peor, probablemente ni siquiera quieres, obtener. Porque probablemente ya las sabías. Y son terribles. Bravo por los artistas que se atreven a preguntar.