Caballeros artúricos que «cabalgan» chocando dos cocos; un niño ignorado por unos padres que nunca creerían en sus viajes a otras épocas; contables que se imaginan piratas; un barón que cuenta hazañas imposibles; un mendigo que dice ser un caballero medieval; un viajero del tiempo encerrado en un manicomio; un periodista y escritor que vive en un mundo alucinado provocado por las drogas; las películas de Terry Gilliam siempre han tenido como protagonista a un Quijote aunque la Mancha se transforme en escenarios de ciencia ficción o de fantasía desatada. Siempre la historia de un hombre que vive en la ilusión de salvar el mundo y que choca continuamente con la realidad. El mismo Gilliam se convirtió en un director quijotesco cuando fracasó en sus varios intentos de rodar esta película, con Jean Rochefort y Johnny Depp, en 1998. Entonces sus molinos fueron los elementos, los problemas de salud de Rochefort, y la financiación, todo ello recogido en el documental Lost in la Mancha (2002). Hoy, asistimos al estreno de una película que es un milagro. Porque lo lógico es que el Don Quijote de Gilliam hubiera acabado siendo otra película maldita, proyectada solo en la imaginación del director y de sus incondicionales, compartiendo filmoteca con el proyecto inacabado de Orson Welles.

El hombre que mató a Don Quijote, la película, es por tanto un molino derrotado finalmente por Gilliam tras 20 años de lucha. Bien podría ser el cierre perfecto de la carrera del cineasta de 77 años, ese que conocimos como miembro de los Monty Python. El film contiene todo su cine: sus personajes excéntricos, su sentido del humor amargo para criticar el estado de las cosas, su gusto por la mascarada y por la ficción dentro de la ficción, su sentido estético barroco y surrealista. Lamentablemente, para que los castillos de Gilliam se sostengan en al aire, hace falta un presupuesto generoso, actores de renombre y un torrente de energía creativa para reflotar unos guiones algo caóticos y deslavazados. De todo esto adolece la última película de Gilliam, pero creo que hay que entender las circunstancias y saber perdonar. Entender esto como el reencuentro con un viejo amigo, que ya no está en su mejor momento, pero que tiene cosas que decir. La historia retoma la idea de un personaje corrompido por el sistema, por el dinero y la fama, que ha matado sus sueños juveniles y su creatividad, tema ya presente en El rey pescador (1991). Toby iba para director de cine y acabó haciendo spots de publicidad. Lo interpreta un estupendo Adam Driver que se echa la película sobre los hombros. Por suerte, tiene a su lado nada menos que a Jonathan Pryce -el que fuera el héroe de Brazil (1985)- y que aquí es un Don Quijote soberbio, que sin embargo recuerda un poco al Barón Munchausen (1988). Alrededor de ellos, el reparto de secundarios baja un peldaño: Stellan Skarsgard, Olga Kurylenko y caras nuestras como Óscar Jaenada, Jordi Mollà y Rossy de Palma. España está muy presente en la película, pero no esperéis el cariño de Gilliam: en determinado momento, un guardia civil lee una noticia sobre terroristas islámicos, a los que acusa de «vivir en la Edad Media». Acto seguido, el agente debe detener la patrulla para que pase una procesión religiosa. Puro Gilliam.

¿Vale la pena ver esta película? Si has sido seguidor de la carrera del Monty Python americano, no lo dudes, es imprescindible. El autor demuestra que su capacidad para mezclar fantasía y realidad se mantiene intacta. Encima consigue algo tan bonito como decirnos que el espíritu de Don Quijote, lo quijotesco, es inmortal, y capaz incluso de infectar con su locura al propio Sancho Panza.