Como actor, guionista y director Leigh Whannell es responsable de terrores recientes de gran éxito como Saw (2004) y sobre todo la saga Insidious (2010), cuya tercera entrega supuso su debut tras la cámara –Insidious: Capítulo 3 (2015)- y que ahora se atreve con El hombre invisible, un monstruo clásico al que ya se han enfrentado nada menos que James WhaleJohn Carpenter y Paul Verhoeven. La operación que efectúa Whannell, bajo el paraguas de la productora especializada en terror Blumhouse –Déjame salir (2017), Nosotros (2019)- es una actualización radical del monstruo creado por H.G. Wells en 1897 y no solo porque aparezcan aquí teléfonos móviles y porque la coartada de ciencia ficción sea prácticamente real.

Whannell propone un terror lamentablemente cotidiano como la violencia machista y se vale del elemento fantástico como metáfora para expresar el terror de una mujer acosada por un maltratador. La idea de la invisibilidad es perfecta para visualizar la paranoia y el sinvivir que experimentan desgraciadamente muchas mujeres, cuyo final demasiadas veces acaba de una forma que parece inevitablemente trágica. El guión de Whannell es un thriller de giros imposibles pero aterradores que va aumentando la tensión progresivamente y que va acumulando todos los terrores de la violencia machista: el acoso, el aislamiento, la paranoia que impide descansar, los mensajes y la pérdida de la intimidad, el escepticismo social ante la gravedad de la amenaza, el peligro que corren los seres queridos de la víctima. Whannell plantea estas situaciones haciendo un uso muy eficaz del espacio vacío que se convierte en amenaza, del punto de vista que transforma a la propia cámara en el monstruo, y también de los efectos de sonido, al obligarnos a estar atentos a cualquier ruido.

El director de la estupenda Upgrade (2018) demuestra que ya sabe manejarse con la cámara. Como en las películas de fantasmas que escribió para James Wan, Whannell nos pone en una tensión constante ante cada plano y en cada movimiento de cámara, generando momentos de terror que en algunos instantes alcanzan una estupenda atmósfera Fantastique. Y delante de esa cámara fantasma, una estupenda actriz como Elisabeth Moss, a la que ya relacionamos con la mujer que debe crecer ante la violencia machista -en The Handmaid’s Tale-. La efectividad del terror que fabrican Whannell y Moss es innegable, y cuando parece que la película va a ser demasiado obvia en su mensaje, un giro final imprime una ambigüedad moral que hace más interesante un producto de entretenimiento puro.