James Gunn comenzó su carrera cinematográfica en la productora de serie Z, Troma, caracterizada por su irreverencia, por su humor y por el gore. Todo con presupuestos mínimos. Tras ello, Gunn demostraría su talento para el terror, con el guión de Amanecer de los Muertos (2004) de Zack Snyder, y con su ópera prima, Slither (2006), festín gore terrorífico, pero cargado de humor. En esa vena paródica afrontaba Gunn su segunda película, Super (2010), extrañísima aproximación a los superhéroes, que puede haberle dado crédito -o no- para afrontar el encargo de llevar a la pantalla a los estrafalarios Guardianes de la Galaxia (2014), en dos volúmenes, para Marvel Studios. Dos entregas que, más que un relato superheroico, son comedia y space opera. De hecho, el éxito de ambas ha permitido a los héroes de Marvel afrontar sus aventuras con mucho más humor, antes algo más contenido, lo que ha dado pie a films que son comedias románticas, como Ant-Man (2015), comedias adolescentes como Spider-Man: Homecoming (2017), o comedias puras, como la estupenda Thor: Ragnarok (2017).

Con este bagaje nos podemos explicar que Gunn esté detrás de una película como El hijo, –Brightburn en el original- que parece la reinterpretación en clave de terror de Superman (Richard Donner, 1978). Algo así como el cruce de esta con La profecía (1976) también de Donner. De alguna forma, el tono de El hijo me recuerda a la estupenda serie de Dark Horse, Black Hammer, creada por Jeff Lemire. En esta película, tenemos a Gunn produciendo un guión oscurísimo -firmado por sus hermanos Mark y Brian Gunn– que juega con la mitología del personaje creado por Jerry Siegel y Joe Shuster en 1938, para convertir el relato de su origen mítico en unos Estados Unidos idealizados, en la pesadilla de una pareja de clase trabajadora -Elizabeth Banks y David Denman- bienintencionados, pero paletos, que sufren el peor temor de cualquier padre: que su hijo descarrile, que vaya por el mal camino, que se convierta en un monstruo. El hijo del título tiene el típico nombre aliterado de los superhéroes, Brandon Breyer, y está interpretado por un aterrador Jackson A. Dunn.

La película, dirigida con buen pulso terrorífico por David Yarovesky, es inteligente y terrorífica, sin concesiones al espectador. El hijo destaca por su tono desesperanzado, incómodo, y por entender que entre el Superman de 1978 y Vengadores: Endgame (2019), el subgénero de los superhéroes ha madurado lo suficiente para permitir variaciones tan estimulantes cómo esta. Por cierto, hay precedentes de un Superman malvado, sin ir más lejos, Chronicle (2012), que también parecía inspirarse en el descontrolado Tetsuo de Akira (1988). En cómic, la mejor versión de esto puede ser la recomendable Irredeemable de Mark Waid.