El final de Oak Street

Barrio Jurásico
Se dice que hay películas que no dejan poso, pero en un momento en el que (casi) todo el cine comercial parece necesitado de un mensaje o una reflexión política y social -y esto muchas veces es una mera fórmula y no un indicativo de verdadera conciencia- habría que defender esas obras cinematográficas que dejan otro tipo de huella: el de haber disfrutado de un buen rato. Elevar la categoría del cine como entretenimiento. Un ejemplo perfecto es El final de Oak Street (2026), escrita y dirigida por David Robert Mitchell, dentro de los parámetros del cine de palomitas pero con un honesto fondo emocional.
El planteamiento, de ciencia ficción, es tan atractivo como sencillo: un barrio entero de una ciudad estadounidense es transportado a la prehistoria, a cuando los dinosaurios dominaban la Tierra. Los protagonistas, la familia Platt –Anne Hathaway, Ewan Mcgregor, Maisy Stella y Christian Convery– nos son presentados, al más puro estilo del cine de catástrofes, en sus conflictos y anhelos cotidianos, antes de que estalle la crisis. Y a partir de ese momento, la película se convierte en una serie afortunada de set pieces en los que la familia debe aprender a sobrevivir en su nuevo y hostil entorno. El tono es claramente spielbergiano, no en balde produce Bad Robot de J.J. Abrams, admirador y seguidor del director de Parque Jurásico (1993).
Tras la presentación del mundo cotidiano de los protagonistas, se plantea un misterio de ciencia ficción -en la línea de un Rod Serling o Nigel Kneale– que marca el inicio del relato que pronto se convierte en una historia de terror en la que los dinosaurios son monstruos muy efectivos, retratados como simples animales depredadores en busca de alimento, sin más, sin maldad ninguna. Mitchell saca provecho de lo aprendido en It Follows (2014) y juega con los espacios abiertos y con el fuera de campo para generar una continua sensación de inquietud y de amenaza, proponiendo continuos ejercicios de suspense, homenaje a Los pájaros (1963) incluido. Hay algo también de Stephen King en la ruptura violenta, salvaje y mortal de la normalidad en un sencillo barrio, pero también en los conflictos del matrimonio protagonista -la amenaza del divorcio marcó el cine infantil de los 80- y sobre todo en las aspiraciones literarias de la ama de casa a la que da vida Hathaway -cuyo personaje, el más jugoso, resuelve de forma fantástica-.
Estamos ante cine espectáculo con efectos digitales -bien utilizados- pero también ante un guión que cuida a sus personajes -y se beneficia del carisma de sus actores- que en su tramo final apuesta por lo emotivo y se convierte en un precioso homenaje a la figura del padre, que no por sencillo e inocente deja de ser profundo y emocionante. El final de Oak Street no busca coartadas ni se avergüenza de lo que es -el maravilloso deus ex machina en el tramo final- y es un estupendo ejemplo de cine comercial, bien hecho y honesto.